10 de octubre de 2018 00:00

Barrios y quebradas se convierten en escombreras

En La Concordia, hay un espacio verde donde las volquetas arrojan los escombros en la noche o la madrugada. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

En La Concordia, hay un espacio verde donde las volquetas arrojan los escombros en la noche o la madrugada. Foto: Armando Prado / EL COMERCIO

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Evelyn Jácome

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Se asoma por la ventana de su cuarto y lo primero que ve es una montaña, pero de escombros. Rosa Játiva compró una casa en el 2008 en La Concordia, en el sur de la capital. Frente a la vivienda hay un espacio público que desde hace un año se convirtió en escombrera.

Poco a poco, en medio de la oscuridad y de la informalidad, la loma fue creciendo y hoy tiene más de 5 metros de alto. Játiva sabe que no es basura, no ha atraído a perros ni a ratas, pero genera molestias.

A veces, debido a la vibración que ocasionan los vehícu­los pesados al pasar, se despierta. Y tiene una preocupación adicional: la escombrera está ubicada cerca a la quebrada Calicanto, y como empezaron las lluvias y el material está puesto de manera antitécnica, puede desmoronarse, afectar al barranco, llegar a la vía o taponar los sumideros y causar una inundación.

Las calles de la ciudad, en especial del sur, empezaron a cambiar desde hace 10 meses. Luego de que el 5 de diciembre del año pasado, la escombrera El Troje (la más grande del Distrito) colapsara, el sur se quedó sin un lugar para depositar esos desechos.

Barrios y quebradas se convierten en escombreras


Actualmente funcionan dos escombreras en el Distrito: Semillero (en Cocotog, en el nororiente) y Santa Ana (en Los Chillos) pero no son suficientes para la cantidad de escombros que se generan. En el 2017, El Troje recibió 1,9 millones de m³. De esa cifra, 1,6 millones provenían del Metro, y cerca de 300 000 m³, del resto de barrios del sur.

Según la Empresa Pública Metropolitana de Gestión Integral de Residuos Sólidos (Emgirs), luego del cierre las volquetas comenzaron a ir a Cocotog y a Oyacoto, pero en junio, esta última (que recibía unos 15 000 m³ al mes) también se cerró. Jorge Sempértegui, gerente de la Emgirs, asegura que El Semillero suplió a las dos cerradas, y pasó de recibir 28 000 m³ en enero a 50 000 m³ en julio. Pero el gremio de volqueteros señala que cientos de m³ de escombros al día se disponen de manera clandestina.

Pablo Carlosama
, presidente de la Asociación de Transporte Pesado y Maquinaria de Quito, que acoge a unas 800 volquetas, indica que el cierre de El Troje marcó un antes y un después no solo en las calles de la ciudad sino en la vida de los volqueteros. El trabajo escasea, y sin este no hay facturas que se paguen.

Un volquetero se dedica básicamente a dos actividades: llevar materiales pétreos a construcciones, como arena y ripio, y a hacer desalojos de escombros y tierra. Hasta el año pasado, por ejemplo, podían hacer hasta 10 viajes de desa­lojos. Por cada uno cobraban en promedio USD 20. Como El Troje quedaba en el sur, el gasto de combustible no era mayor y las distancias eran cortas. Desde La Ecuatoriana hasta El Troje hay 12 km, pero hasta Cocotog hay 45 km, ello implica más recorrido y más gasto.

Un viaje hasta Cocotog debería costar unos USD 70, pero los clientes no pagan tanto. Ahí es donde juega un papel clave la informalidad. Los dirigentes admiten que hay compañeros que cobran USD 30, pero arrojan el escombro en donde sea.

Las zonas preferidas para lo que los volqueteros llaman ‘competencia desleal’ están en La Ecuatoriana, Guamaní, Cutuglagua y en la Simón Bolívar.

Alfonso Almeida es morador del barrio El Rocío, en Guamaní, y expresa que todos los días llegan volquetas a dejar material en lugares indebidos, sobre todo en las partes abandonadas, junto a la quebrada conocida como El Jardín. Empiezan a llegar -dice- a partir de las 18:00. Teme por la seguridad de los niños que juegan en los espacios verdes.

La Agencia Metropolitana de Control sanciona solo en flagrancia, es decir, si encuentra al camión depositando el material en el espacio público con una multa del 50% de una RBU (USD 193). Pero también son sancionados los propietarios que permiten que sus predio sean usados como escombreras, con multas de USD 772.

En el 2018 se han hecho 1 357 operativos por tema de espacio público y escombros. Y 61 personas fueron sancionadas por arrojar ese material en el espacio público.

El daño a la urbe al arrojar escombros es grave. No solo se afecta al paisaje sino a la naturaleza. Al recorrer la Simón Bolívar, desde El Troje hasta la Granados, se contabilizan 10 lugares en la quebrada donde se han arrojado escombros.

Verónica Arias, secretaria de Ambiente, explica que ese daño debe ser resarcido por la comunidad y por la autoridad, en un trabajo conjunto. El Municipio hizo un estudio en el que determinó que 30 de las 182 quebradas de Quito deben ser recuperadas. Se ha invertido más de USD 200 000 y se han rehabilitado 12.

La Emgirs dijo que el 19 de octubre se abrirá una nueva escombrera en La Gatazo (Ajaví y Cardenal de la Torre) con capacidad para recibir 267 000 m³, lo que permitirá operar por siete meses. También se iniciará una campaña de control.

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