3 de diciembre de 2019 00:00

La autonomía permite incluir a chicos con discapacidad

Los chicos de Fundación El Triángulo, con Verónica Villegas, en la terapia canina. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Los chicos de Fundación El Triángulo, con Verónica Villegas, en la terapia canina. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Yadira Trujillo Mina y
Valeria Heredia. Redactoras (I)

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Anahí peina al perro, luego de bañarlo, junto con sus compañeros. Es parte de la terapia canina que reciben los chicos de 11 años, en la Fundación El Triángulo, de Quito.

Finalizada la tarea se sientan, se ponen las medias y los zapatos y van aprendiendo sobre autocontrol. Así se educa en esta organización a las personas con discapacidad intelectual. Desde la niñez los preparan para una vida autónoma.

El objetivo -reitera Isabel Muñoz, directora de El Triángulo- es que desarrollen un comportamiento adecuado para cada situación. Eso, a la larga, se torna en un puente que facilita la inclusión.

El Triángulo considera dentro de su ‘proyecto de vida’ a las artes escénicas, como una estrategia para alcanzar el máximo desarrollo integral.

Niños, jóvenes y adultos con discapacidad intelectual, de entre 3 y 56 años, desarrollan cualidades artísticas, con danza, teatro y música.

Pero esa es solo una parte de la formación. Desde los 3 hasta los 13 años, en su período preescolar y escolar, se explota en los chicos procesos cognitivos de atención, memoria y lectoescritura, de ser factible.

A los 13 llega la etapa de transición a la vida adulta. Esto, “para no hacerlos eternos niños sino jóvenes y adultos capacitados para vivir lo más independientemente posible”, explica la directora Muñoz. Se trata de una etapa de entrenamiento prelaboral. A los 16, la mayoría de muchachos está incluida laboralmente.

Antes, dice la Directora de la fundación, se pensaba que estos chicos solo podían dedicarse a las manualidades. Enfatiza en que son capaces de prepararse para hacer trabajos reales en empresas.

Para lograrlo, la formación es desde la niñez. Los chicos trabajan en archivo y oficina, categorización y almacenamiento de alimentos, mensajería interna, envío de correos, en la cafetería de las empresas o en liquidación de cuentas.

Para cumplir con tareas se pasa por una modificación conductual. Eso los convierte en personas con la madurez para desempeñarse laboralmente y ser parte de un equipo de trabajo, dice Muñoz.

Este 3 de diciembre es el Día Mundial de las Personas con Discapacidad y en el país están registradas 475 747 personas con alguna limitación, según datos del Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades (Conadis), con corte a noviembre.

De ellas, 221 913 tienen una discapacidad física y 106 102, una de tipo intelectual. Los demás tienen dificultades auditivas, visuales y psicosociales.

Para quienes tienen discapacidad neurológica (la intelectual es una de ellas) el trabajo se enfoca en que logren hacer, al menos, cosas de la vida diaria.

En Triada, otra fundación, entre 60 y 80 personas también aprenden -o reaprenden- a encender un interruptor de luz, a abrir llaves de agua, a diferenciar texturas caminando sobre madera, plástico.

María Isabel Ortiz, directora y fundadora de Triada, ofrece terapia ocupacional. En esa organización existen espacios para que las personas se acerquen a las actividades que parecerían muy simples, como tender una cama.

Además de la preparación cognitiva y sensorial que se ofrece en estas fundaciones, la creatividad es el camino para la inclusión en otros espacios.

Danny y Javier disfrutan cada pincelada en el papel. Se concentran, sonríen y pintan paisajes o mezclan colores. Ambos tienen una discapacidad que supera el 50%, pero que no ha sido obstáculo para hacer lo que más les gusta.

Cada día, estos jóvenes veinteañeros aprenden junto a Teflor Pozo, experto en artes plásticas y música. Él ha trabajado por más de 20 años con personas con discapacidad intelectual y otras patologías en lo que denomina ‘arteterapia’.

“Les ayuda a mejorar la motricidad, creatividad y su estado de ánimo”, comenta.

Pozo visita a los chicos en su domicilio. La clase dura una hora, con una metodología basada en procesos. Cada trazo es un paso gigante que dan los chicos. “Lo importante no es el tiempo que se demoran sino el resultado final. Sus cuadros son increíbles”.

Los jóvenes no solo usan pintura sino otros materiales como granos de maíz, lenteja o fréjol para sus cuadros.

Además, obtienen un ingreso económico. El fin de semana presentaron una exposición con sus mejores obras. Campos de flores amarillas y mariposas coloridas fueron parte de su presentación.

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