6 de September de 2009 00:00

Ausencia de gobierno

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Claudia López

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A pesar del enorme esfuerzo por concentrar la atención en los enemigos externos, las  realidades internas nos estallan en la cara, obligándonos a no olvidarlas.

Luego de tres años sin información, volvieron los datos oficiales sobre pobreza. La noticia es que, después de siete años de crecimiento económico y confianza inversionista, hay 12 millones de colombianos sumidos en la pobreza y 8 millones en la miseria,  literalmente pasando hambre. En estos años,  la pobreza se redujo, la miseria se incrementó y la inequidad se mantuvo. 

Sorprendentemente, la mayor seguridad rural no produjo mayor bienestar rural. En conclusión, la confianza inversionista, una vez más, no alcanzó para los pobres y volvió a quedarse entre los ricos y la clase media urbana.

Dentro de los más pobres están los negros y los indígenas. Como si ya no bastara con que los afecte desproporcionadamente la pobreza, también los afecta la guerra. Los pueblos indígenas son solo el 3,4% de la población, pero son el 12% de los desplazados, cuatro veces más que su población. Aunque el homicidio del resto de colombianos viene disminuyendo, el de aquellos sigue creciendo y el último año se duplicó. Dos terceras partes de homicidios en persona protegida se cometen contra indígenas.

Las Naciones Unidas han reconocido que los “miembros de las FARC  son las responsables de la mayor parte de asesinatos, pero también han cometido estos crímenes miembros de grupos paramilitares o grupos posdesmovilización”.

Los awas, de Nariño, han sido el centro de la tragedia este año. 

La masacre de 12 indígenas awas ocurrió en casa de Tulia Sixta Rodríguez, y varios de los niños asesinados eran sus hijos. Tulia había denunciado  que hombres que vestían prendas militares asesinaron a su marido luego de acusarlo de ser miembro de las FARC. Sin embargo, hombres armados y vestidos con prendas militares pululan en el área precisamente porque el Ejército no controla el territorio. Las primeras investigaciones indican que en el momento de la masacre no había en la zona presencia ni de las FARC ni del Ejército. Pudo ser cualquier banda narcoparamilitar.

 Mientras la miseria crece,  la balacera no para y los negros e indígenas siguen esperando que la seguridad democrática llegue, en Bogotá los congresistas y ministros hacen piñata con el presupuesto  para comprar la segunda reelección de Uribe.

Esos colombianos del Pacífico, lo suficientemente afortunados como para tener TV, seguramente vieron en directo, como le gusta al Presidente, que mientras ellos apenas sobreviven, sus ilustres representantes se concentran en un espectáculo grotesco de compraventa de votos en el Congreso y una victoria pírrica del Presidente en Unasur. Ni lo uno ni lo otro les mejoró la vida. Pero no faltarán quienes les digan que pueden seguir comiendo patriotismo.

El Tiempo, Colombia, GDA

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