24 de enero de 2021 00:00

Los artesanos dejaron los talleres para dedicarse a la agricultura

Elsa Moposita trabaja en su chacra cubierta de plantas de apio, que cosechará en tres semanas. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Elsa Moposita trabaja en su chacra cubierta de plantas de apio, que cosechará en tres semanas. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Modesto Moreta
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La crisis económica provocada por la pandemia del covid-19 hizo que muchos artesanos dedicados a la zapatería, sastrería, al aparado y a la confección de jeans abandonaran sus talleres.

Desde octubre del año pasado encontraron en el campo su salvación. Están ocupados en la producción agrícola y frutícola, y en la crianza de cuyes. Esto ocurrió especialmente en las parroquias de Puerto Arturo y Unamuncho, en Ambato, y en los barrios Santo Domingo y Jesús del Gran Poder, en Cevallos, en Tungurahua.

El taller de zapatería de Elsa Moposita está abandonado. La llegada del SARS-Cov-2 redujo por completo las ventas de su producto hasta que se quedó sin ingresos económicos. La mujer, de 40 años, encontró en la agricultura la manera de mantener a sus dos hijos y a su madre.

Los terrenos abandonados volvieron a florecer con la producción de legumbres, hortalizas y hierbas que son comercializadas en los mercados. También construyó un invernadero de 800 metros cuadrados, donde cultiva tomate riñón.

La familia de Moposita vive en el barrio San Francisco de la parroquia Puerto Arturo, ubicada en el norte de Ambato. En el lugar, 80 de las 200 familias que se dedicaban a la zapatería, sastrería, aparado y a la confección de jeans -a través del sistema de ­ma­quila,- ahora se ocupan de las la­bores del campo, cuenta Ángel Garcés, un vecino del sector.

El hombre, de 48 años, laboraba en el armado de pantalones para ternos, pero con el virus los clientes dejaron de llegar; el taller donde guarda dos máquinas de costura en overlock y una recta cerró y buscó otro empleo.

En un inicio laboró como estibador en el mercado. Cargaba quintales con papas, zanahoria y otros productos, pero temía contagiarse con el covid-19 y dejó esa actividad. Ahora sembró apio, col, lechuga y papas en su terreno, ubicado en Unamuncho.

Guido Ramírez, en Cevallos, ayuda a sus padres en la agricultura. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

Guido Ramírez, en Cevallos, ayuda a sus padres en la agricultura. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

En diciembre del año pasado plantó col y papas en sus tierras. Invirtió USD 280 en la compra de las plántulas de col, abono y semilla de papa. Por ahora, retira la mala hierba del cultivo y aguarda el tiempo de cosecha para sacar su producción al mercado; espera vender a buenos precios para recuperar lo invertido.

Garcés regresó su mirada al campo porque, además de vender las legumbres y hortalizas en el mercado, parte de esa producción también la emplea en la alimentación de su familia.

El jueves pasado, Moposita caminó hacia el invernadero para regar agua con ayuda de una bomba. Comentó que las 3 000 plantas de tomate riñón ya no están marchitas. “Contraté un agrónomo para que me ayudara, no sabía de agricultura, pero la necesidad me hizo aprender. La primera cosecha la perdí, pero la de ahora está mejor. Espera pagar el crédito de USD 8 000 con la comercialización”.

Según los técnicos del Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) en Tungurahua, la gente que se quedó sin trabajo en la ciudad regresó, en su mayoría, a trabajar en la agricultura, porque es uno de los sectores que no se paralizó con la pandemia.

“No hemos levantado los datos en el campo, pero hubo más gente que se dedicó a la producción agrícola, porque sus actividades artesanales fueron las más afectadas por el coronavirus”, explicó Francisco Chávez, técnico del MAG. Hay familias que se dedican en un 80% a la agricultura y un 20% a la artesanía, mientras que otros producen para subsistir.

Comentó que una vez que la pandemia pase y los mercados se recuperen, ellos retornarán nuevamente a sus actividades artesanales.

En el barrio Santo Domingo, del cantón Cevallos, está el taller de calzado de Laureano Valencia, quien no ha tenido pedidos para fabricar zapatos.

Recordó que cada semana elaboraba tres docenas y entregaba en Quito y en Guayaquil. Su taller está cerrado desde que se inició la crisis. Para subsistir trabaja en la crianza de cuyes y sembró maíz y papas. Tiene más de 200 cuyes, que vende cuando tiene una urgencia económica.

También invirtió USD 350 en la siembra de una cuadra de papas. Es la segunda producción que tendrá y espera cosechar en abril.

Luis Barona, alcalde de Cevallos, dijo que de las 2 500 personas que laboraban en la confección de calzado, al menos 1 200 se quedaron en la deso­cupación. El 40% de ellos regresó a recuperar sus plantaciones de frutas y a sembrar hierba para la crianza de animales menores. “Estamos por aprobar una ordenanza para rebajar los intereses por mora en el pago de predios, de patentes municipales y de otras tasas, como una forma de a­yudar al sector productivo”.

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