27 de octubre de 2019 00:00

El arte de Trude Sojka comunica El gozo del Nacimiento

El tosco cemento adquiere categoría de símbolo puesto al servicio de un mundo rutilante, de un mundo decantado después de dolorosos procesos. Su pensamiento podría sintetizarse en la relación historia-naturaleza. Foto: Archivo EL COMERCIO

El tosco cemento adquiere categoría de símbolo puesto al servicio de un mundo rutilante, de un mundo decantado después de dolorosos procesos. Su pensamiento podría sintetizarse en la relación historia-naturaleza. Foto: Archivo EL COMERCIO

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Julio Pazos Barrera

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‘Un constante renacer’ es el título de la exposición retrospectiva de las obras de Trude Sojka (1909-2007). Las organizadoras son Ana Steinitz, (hija de la artista), Gabriela Fonseca (nieta) y Norma G. Báez. Tres capítulos componen la muestra:

‘Holocausto y maternidad’, ‘Encuentro de dos mundos’; ‘Expresionismo y plenitud, se cierra el círculo’. El primero se exhibe, en estas fechas, en la sala Miguel de Santiago de la Casa de la Cultura ‘Benjamín Carrión’.

En el año 2000 conocí a la artista Trude Sojka, con ocasión de la entrega del libro conmemorativo de sus 90 años. En esa oportunidad aprecié algunas de sus obras, las que se reprodujeron con excelentes fotografías en el libro aludido, una semblanza sucinta de la vida de Trude Sojka.

Allí constan los datos biográficos y las dramáticas experiencias de una vida que de la felicidad pasó a la tragedia y que se rehizo en nueva felicidad, porque Trude, en 1948, en Quito, se casó con Hans Steinitz. La pareja tuvo tres hijas. Matrimonio y arte originaron vida creativa, misión humana opuesta al reguero de sangre y dolor que causan las horribles manifestaciones del mal.

Para apreciar mejor el arte de Trude Sojka hay que remontarse a 1919, a Weimar, ciudad en la que Walter Gropius fundó la Bauhaus, en español ‘Casa de la Construcción’. La Bauhaus pregonaba el retorno a la unidad de las bellas artes, puesto que desde el Renacimiento, la escultura y la pintura se desligaron de la arquitectura. Paralelamente, el expresionismo, tendencia artística de comienzos del siglo XX, se manifestó en las diversas artes.

La Bauhaus se disolvió en Berlín en 1933, a causa de la presión del partido nazi. Trude Sojka fue testigo de este hecho, porque sus estudios en la Academia de Bellas Artes de Berlín se iniciaron en 1928 y concluyeron en 1936. Para entonces, el nazismo se encontraba en ascenso. En 1939, Trude y su primer esposo se trasladaron a Praga; poco tiempo después ella y toda su familia fueron enviados al campo de exterminio de Auschwitz. En 1945, Trude fue liberada por los rusos y retornó a Praga; en estos años se alejó de la creación debido a las trágicas circunstancias que soportó. En ese año, Jean Dubuffet y Jean Fautrier iniciaron el informalismo, tendencia artística que centró su atención en la alianza de pigmento de color, arena, polvo de mármol, metal, cristal, etc.

En 1946 emigró al Ecuador. Poco a poco se insertó en el país y en el arte que por entonces se hacía. Era el expresionismo indigenista de Kingman, Diógenes Paredes y del primer Guayasamín. Se sabe que en el taller de su hermano, Walter Sojka, trabajó artesanía con motivos autóctonos, ejercicio manual que poco a poco le condujo a retomar su trayectoria artística interrumpida.

En 1960, el grupo de pintores ecuatorianos VAN propuso otra expresión, no en vano Aníbal Villacís y Enrique Tábara emigraron a España y conocieron el arte de Antoni Tàpies. Trude Sojka, por sus antecedentes académicos y por la necesaria actualidad, adoptó la técnica de la textura coloreada que también los del grupo VAN presentaron a los observadores. En efecto, algunas obras de Sojka contienen reminiscencias de las culturas precolombinas. Los críticos denominaron ‘precolombinismo’ al arte que sin dejar de lado los motivos andinos se expresó con materiales hasta entonces inusuales en la plástica.

De hecho, los antecedentes se encuentran en la Bauhaus y en el informalismo. Este último término es apenas referencial, porque tanto las obras de los del VAN como de Trude Sojka sugieren formas de cuerpos, aves, decoraciones de cerámicas arqueológicas, etc.; pero conviene señalar que de las tendencias europeas mencionadas se reprodujo el uso de los materiales industriales como arena, yeso, cristal, etc.

El cemento portland fue el material escogido por Trude Sojka. Una vez resuelto un problema técnico con la ayuda de su hermano Walter Sojka, químico profesional, en lo posterior surgieron docenas de obras modeladas con cemento sobre madera y esculturas. Los altos relieves sobre madera se cubrieron con acrílicos azules, amarillos y rojos que alternaron delicados grises.

A primera vista, la ríspida índole del cemento sorprende al observador, pero luego la percepción remite a evanescentes signos y a formas abreviadas que danzan y vuelan. Cuerpos humanos, pájaros, peces, plantas y barcos se aligeran y configuran un mundo luminoso. En realidad, adquiere categoría de símbolo el tosco cemento puesto al servicio de un mundo rutilante, de un mundo decantado después de dolorosos procesos; el arte de Trude Sojka comunica el gozo del nacimiento. El frío mundo del cemento que le tocó experimentar en un período de su vida sirve de instrumento para comunicar inocencia, ternura y fuerza creadora.

Las obras aluden al movimiento de figuras humanas entregadas a una permanente danza aérea. La idea no es la de proyectar los cuerpos en una perspectiva orientada a un punto de fuga, es la de liberar las formas en el espacio, tal como lo hacen las ordenadas gaviotas marinas. Los movimientos representados simbolizan el sentimiento de la liberación muy caro para quien soportó la cruel disciplina impuesta por la barbarie y la estupidez.

Si fuera posible extraer el pensamiento de la artista, este podría sintetizarse en la binaria relación de historia y naturaleza. Los motivos del Tahuantinsuyo y los habitantes andinos se asimilan a la historia; del componente judío hay una obra que se refiere a la pareja bíblica del Edén; las plantas, las aves, el mar, el bosque, las flores representan la naturaleza. Pero más allá del intelecto, la obra exhala sentimientos envolventes: el amor materno, el amor fraterno, el abrazo, la frustración de ­Orfeo, la sombra de la muerte, la incertidumbre del viaje, la alegría de la danza, la ternura del nido, etc.

Pero es la textura la protagonista del arte de Trude Sojka. Ella es áspera, opuesta a la tersura; ella es tosca, contraria a la lisura; ella es bronca, enemiga de la sutileza. Las capas de acrílico aumentan la irregularidad. ¿Por qué Trude Sojka prefirió esta insuave expresión? La respuesta es evasiva y misteriosa.

¿Será tal vez porque las huellas del horror se marcaron para siempre? ¿Funcionó esa textura como un velo adherido a las formas y colores del mundo recuperado? En todo caso, la originalidad de su arte mucho debe a la textura del cemento. Su obra no fue una fácil acomodación de estímulos. La artista no cedió al gusto estereotipado de la mayoría.

En el caso de Trude Sojka, es innegable su aporte al arte ecuatoriano ya sea por su actualidad en relación con el arte europeo, ya sea por su vigoroso tratamiento de los signos del pasado andino, ya sea por la exaltación de los sentimientos humanos. Cabe decir que en los actuales días estamos en capacidad de celebrar el arte de Trude Sojka y de ubicarlo en el sitial al que pertenece.

*Escritor, miembro de la Academia de la Lengua.

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