12 de September de 2009 00:00

La antipoesía se alimenta de pasión e ironía

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Rubén Darío Buitrón

No todos los días un poeta cumple 95 años en plena lucidez creativa. No todos los días un poeta antipoeta de 95 años se mantiene vigente. Y joven.

EL HOMBRE IMAGINARIO
El hombre imaginario/
vive en una mansión
imaginaria/
rodeada de árboles imaginarios/ a la orilla de un río imaginario/ (...).
Sombras imaginarias/
vienen por el camino
imaginario/ entonando
canciones imaginarias/
a la muerte del sol imaginario./
Y en las noches
de luna imaginaria/
sueña con la mujer imaginaria/ que le brindó
su amor imaginario./
Vuelve a sentir ese mismo dolor/ ese mismo placer imaginario/
y vuelve a palpitar/
el corazón del hombre
imaginario.

El tímido profesor de matemáticas y hermano de Violeta, la dulce y rebelde trovadora, es mucho más que eso: es Nicanor Parra, un irreverente y solitario, admirado y odiado por Pablo Neruda y ganador de premios nacionales de poesía  a pesar de  la furiosa crítica conservadora.

Nicanor siempre tuvo claro lo que significa ser poeta más allá del cliché romántico y etéreo.
Para él la poesía es  vida concreta, sentimiento, rabia, percepción  de lo inmediato, grito de lo profundo.

En su ‘Manifesto’, escrito en 1968, la definición de su  poética es tan lúcida como consecuente:

“(…) La poesía fue un objeto de lujo./ Pero para nosotros/ Es un artículo de primera necesidad./ No podemos vivir sin poesía./  (...)/ El poeta es un hombre como todos./ Un albañil que construye su muro,/ un constructor de puertas y ventanas./ Nosotros conversamos en el lenguaje de todos los días”.

En 1969 ganó el Premio Nacional de Literatura. La  izquierda rompió con él por tomar té en la Casa Blanca con la esposa del presidente estadounidense Richard Nixon, pero   se declaró ecologista y continuó creando.

“Artefactos” (1972),  “Chistes para desorientar a la policía” (1983),  “Poesía política” (1983) y   “Poemas para combatir la calvicie” (1993), son algunas de sus obras más relevantes.

Nicanor es dueño de un largo trajín poético del que alguna vez se declaró agotado: “Ya no me queda nada por decir,/ todo lo que tenía que decir,/ ha sido dicho no sé cuántas veces”.

Y ahora, a una edad en la que muchos están muertos y otros coquetean con el más allá, no solo escribe sino que debuta en el cine con el documental ‘Retrato de un antipoeta’, de Víctor Jiménez, que busca mostrar su  sencilla magnitud humana:

“De estatura mediana (...).  Con un rostro cuadrado en que los ojos se abren apenas y una nariz de boxeador mulato (...). Ni muy listo ni tonto de remate. Fui lo que fui. Una mezcla de vinagre y aceite de comer. ¡Un embutido de ángel y bestia!”.
Nunca se ruborizó  por usar el lenguaje cotidiano.  Nunca permitió que  la solemnidad profesoral  llenara de sombras una poesía que debía, tenía que ser clara y transparente.

Por eso fue que la aparición de su emblemático libro ‘Poemas y antipoemas’, en los años cincuenta,  proyectó tanta luz, porque a  partir de Parra, o por su culpa, muchos poetas descubrieron que era posible hablar sin adornos ni sortilegios:

“Según los doctores de la ley este libro no debería publicarse:/ La palabra arco iris no aparece en él en ninguna parte,/ Menos aún  la palabra dolor,/  Sillas y mesas sí, figuran a granel,/ Ataúdes, ¡útiles de escritorio!/ Lo que me llena de orgullo/ Porque a mi modo de ver,/ el cielo se está cayendo a pedazos”.

Sin prever la potencialidad creativa y pagana de Nicanor, muchos creyeron que con los años cambiaría su poética y se volvería serena o convencional. 
 
No fue así. Por el contrario, cada vez es más  nuevo, más temerario y desafiante, cínico y  tierno, irónico y desgarrador. Ahora  prepara dos nuevos libros  absolutamente nicanorianos: ‘Cacha la hueá’ y ‘El Marica de Shakespeare’.

Y prepara la apertura de su ‘Anti Museo’ en Isla Negra, el mítico lugar donde vivió Neruda.

Nacido el 5 se septiembre de 1914 y hermano mayor de una familia de nueve artistas, Nicanor estudió Física en Santiago y  en Inglaterra siguió un doctorado de Cosmología en Oxford.

El hombre que revolucionó la poesía con ‘Poemas y Antipoemas’ lo hizo convencido de que durante 50 años “la poesía fue el paraíso del tonto solemne’.

Por algo él fue  capaz de escribir algo que nadie más se atrevería: “Yanquis sí, Cuba también”.

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