30 de December de 2009 00:00

La antidemocracia

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Sebastián Mantilla Baca

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El ideal democrático no tiene rival. No hay líder político que, en mayor o menor medida, lo reivindique. Sin embargo, esta apreciación cambia en la realidad. En pleno siglo XXI todavía prevalecen regímenes evidentemente antidemocráticos. Mencionemos  unos pocos ejemplos: Corea del Norte, China, Cuba y otros  en camino…

Cuando digo antidemocráticos no solo me refiero a la carencia de uno elemento principal de la democracia, elecciones libres y competitivas, sino fundamentalmente a la ausencia de condiciones que permitan un ejercicio pleno de derechos ciudadanos.

Y aunque  existen varios tipos y subtipos de democracia, la plena vigencia de estos dos elementos -elecciones libres y garantía de derechos- ya es bastante. Y digo bastante porque muy pocos países lo han logrado a cabalidad, al menos en lo  segundo.

En nuestra región, en lugar de ser algo plausible, se ha convertido en un ideal difícil de lograr, no tanto por la voluntad ciudadana sino por el  fracaso de la clase política y dirigente. Vemos con preocupación cómo la democracia pierde terreno frente a la antidemocracia.

El principal problema parece ser que los líderes  han perdido el sentido y la razón de ser de las cosas. La meta  es alcanzar el poder para servirse de él y, en ciertos casos, ejercerlo  sin escrúpulos n i  consideración.

La ‘democracia’, entonces, se ha convertido en una mera forma de gobierno que permite a las oligarquías (oligarquía entendida como gobierno de pocos) reinar a nombre del pueblo.
Como en el caso de Ecuador, se quiere arrebatar el libre ejercicio de los derechos humanos.

Ahora la libertad, a través de la creación de consejos, leyes y otro tipo de entuertos, no va a pertenecer a los ciudadanos sino al poder.

En efecto, aprovechándose de una especie de ceguera e inmovilismo colectivo, nos quieren imponer un nuevo sistema de dominación y control. Está en marcha la consolidación de un régimen (del cual hablaba claramente Foucault) donde la garantía y libre ejercicio de los derechos están mediados por el poder público. Tenebroso frankenstein de un modelo totalitario y controlador de todas las esferas de la actividad humana.

Da la impresión de que los ideales democráticos de pensadores como Rousseau, Montesquieu y Madison han trocado por otros.

Si antes la preocupación fue cómo proteger al individuo de las invasiones del poder público, ahora parecería que la intención es otra. Cuidado piensen lo contrario. Lo más seguro es que tengan la mala suerte de ser calificados por el ojo censor de neoliberales.

Penoso panorama de fin de año. El subdesarrollo no es socioeconómico sino mental. Talvez por aquí deberíamos comenzar.

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