16 de diciembre de 2018 00:00

Andrés Vallejo: 'El país vive un destape con riesgo de que se desplome'

Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

Andrés Vallejo, exministro de Estado. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Geovanny Tipanluisa

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Entrevista a Andrés Vallejo, exministro de Estado.

Policías y agentes civiles agredidos; una turba que termina con tres vidas en Posorja; en Azuay y Santo Domingo se queman carros y se ataca a sospechosos de secuestrar a niños. ¿Qué sucede?

Creo que esto es parte del proceso de desinstitucionalización que vive el Ecuador, porque las instituciones se han resquebrajado. La gente no tiene confianza en sus autoridades. No tiene confianza en la administración de Justicia, que es lo más grave de todo y lo más evidente en este momento. Entonces suceden cosas como las de un grupo de gente que decide tomar justicia por mano propia o alevosos que no aceptan la autoridad de los agentes. Todo eso se va contagiando de un ciudadano a otro y provoca una situación generalizada de desconfianza, de irrespeto a las autoridades, una cosa que es gravísima.

¿Qué hacer frente a esto?

Este es un proceso en el que también se pierde la solidaridad. La gente empieza a preo­cuparse solo por sus intereses, desde las cosas pequeñas hasta las grandes. El conductor de un vehículo se cree autorizado para insultar al policía o para agredirle, el joven malcriado que se toma unos tragos se inventa que es pariente de un general de la Policía para evitar que le sancionen. Entonces, lo peligroso es que se generalicen las cosas. Si aquello ocurre, los ciudadanos creerán que es normal actuar así y eso no puede suceder y no se puede tolerar.

¿Cómo hacer respetar el estado de derecho?


El respeto se gana, el respeto no se legisla. Las autoridades tienen que ganárselo. Pero cuando suceden procesos como el que creo que está viviendo el Ecuador, los gobernantes empiezan a perder autoridad. Si las cosas se generalizan, el caos será evidente.

Cuenca comenzó una campaña para frenar las agresiones a la autoridad. ¿Esa experiencia se debería replicar en todo el país?

Sí. Todo esto tiene que venir como parte de la educación desde niños. Ellos tienen que ser educados para respetar a la autoridad y ahí los padres tienen una enorme responsabilidad. Fíjese la indisciplina en la conducción. La mayoría circu­la por el carril que no le corresponde y si alguien prende las luces o pita para que se mueva la respuesta es el dedo.

De ese tipo de cosas pasamos a las turbas y muertes.

Lo de Posorja es especial, es la indignación injustificada de la gente ante la proliferación de abusos contra los niños. Llega un rato en que la reacción es irracional y se producen hechos tan lamentables y tan censurables como este. Otra vez, creo yo, que esto es parte de una situación que se viene atravesando. Fíjese el caso de Quito, que está viviendo una desmoralización. La gente está con la guardia baja, negativa, insatisfecha con todo. Eso se generaliza y nos lleva a lo que estamos viviendo, que es un pesimismo generalizado. Eso no es bueno, porque influye en el comportamiento de la sociedad y en la posibilidad de resolver problemas.

¿Pesimismo general?

Sí. Hay que recobrar la esperanza en la autoridad. Hay que recuperar el optimismo, la posibilidad de resolver los problemas que existen.

En la práctica las cosas son diferentes. En el sector rural del Guayas, por ejemplo, la gente pide armarse.

Un poco es el contagio de otros lares; es una propuesta irracional. La historia demuestra que esas no son las maneras de solucionar los problemas. Cuando la violencia empieza a ser de ida y vuelta los conflictos se complican más.

El país también mira cómo ahora todos quieren protestar. Los conductores paralizan dos provincias, los lecheros detienen actividades en Machachi.


Este es el riesgo de irse de un extremo al otro. Diez años después de que no se permitía protestar por nada, la gente intenta irse al otro extremo. Ninguna de las dos cosas son buenas: ni el extremo de protestar por todo y de ser indisciplinados para conseguir a la fuerza las cosas, ni el otro extremo de no permitir que nadie opine.

Entonces, ¿el ecuatoriano está atravesando una especie de destape?


Es un destape con riesgo de que eso se desboque si es que las autoridades, con la energía y la prudencia necesarias, no controlan esas cosas y las evitan con diálogo permanente.

¿Esa necesidad de los ciudadanos del país de liberarse y de pronunciarse puede provocar una ingobernabilidad?

Si no hubiera gobierno sí, pero no creo que sea ese el caso.

¿Cuánto tiempo puede tardar esta transición entre un período en donde nadie podía protestar a otro donde todos hablan?

Una etapa de concentración de poder como el que vivió el Ecuador no puede ser desarmado de la noche a la mañana; requiere un proceso para que eso suceda. Estamos viendo que hay muchas cosas que suceden, de las cuales nadie se enteraba. Entonces es un esfuerzo en el que debemos colaborar todos los ciudadanos.

¿Esta transición durará cuatro años o más?

Ojalá sea lo menos posible.

¿Qué pasa si se prolonga?

Que se compliquen las cosas y que no se pueda gobernar adecuadamente.

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