9 de julio de 2020 06:28

La agonía de las viudas de Srebrenica, 25 años después del genocidio

La mujer musulmana bosnia Mejra Djogaz, de 71 años, sobreviviente de la masacre de Srebrenica de 1995, besa las lápidas de sus hijos. Foto: AFP

La mujer musulmana bosnia Mejra Djogaz, de 71 años, sobreviviente de la masacre de Srebrenica de 1995, besa las lápidas de sus hijos. Foto: AFP

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Agencia AFP

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Fatima Mujic recita varias veces al día la plegaria de los muertos, por sus hijos y por su marido, asesinados en el genocidio de Srebrenica.

Pero cuando piensa en Refik, su hijo mayor, la asaltan las dudas porque 25 años después de la masacre su cuerpo todavía no ha sido encontrado.

“Todavía pienso que está vivo en alguna parte. Para los demás ya lo sé, pero cuando rezo por él las manos me tiemblan, no sé qué hacer”, dice esta viuda de Srebrenica, en Bosnia oriental.

Dos de sus tres hijos y su marido, cuyos restos fueron hallados en fosas comunes después de la guerra, fueron enterrados en 2010 en el Monumento del Genocidio de Srebrenica.

El Monumento, construido cerca de Srebrenica, es un memorial y también un cementerio donde reposan 6 643 víctimas de la matanza del mes de julio de 1995.

Las fuerzas serbias del general Ratko Mladic, condenado a cadena perpetua por la justicia internacional, mataron a más de 8 00 hombres y adolescentes bosnios (musulmanes).

La masacre, ocurrida cinco meses antes del fin del conflicto que dejó 100.000 muertos entre 1992 y 1995, fue calificada de acto de genocidio por la justicia internacional.

Doscientas treinta y siete otras víctimas fueron enterradas fuera de Bosnia. Todavía están desparecidas más de mil personas.

Fatima Mujic, de 75 años, vive en Ljesevo, un pueblo cerca de Sarajevo. Asegura vivir esperando “la llamada” que le anunciará que han sido encontrados los restos de Refik. Tenía 25 años, una hija e 18 meses y un niño de 40 días.

Pero las últimos de las 84 grandes fosas comunes fueron descubiertas en 2010.

“Mamá, no me dejes” 

Desde julio de 2019, “solo se encontraron los restos de trece víctimas ” , dice Emza Fazlic, portavoz del Instituto de Personas Desaparecidas, y lamenta “ la falta de información” que permitiría encontrar los restos desaparecidos.

A pocos días del 25 aniversario de la masacre, el sábado, Fatima se acuerda de su “ combate ” frente a las fuerzas de la ONU en Potocari, cerca de Srebrenica, donde hoy está el memorial, para salvar a su hijo más joven, Nufik, de 16 años.

Miles de mujeres, niños y viejos se reunieron allí el 11 de julio de 1995 con la esperanza de obtener la protección de los soldados holandeses.

Los soldados serbios separaban los hombres y los adolescentes de los demás y se los llevaban para ejecutarlos.

Nufik “se pegó a mi y me dijo 'Mamá, no me dejes'. Le acaricié su pelo rizado y le dije 'No te dejaré'. Se lo llevaron, les seguí. No sé donde me pegaron, no me acuerda de nada”, cuenta Fatima.

Sus otros dos hijos y su marido, que habían huido por las colinas boscosas, fueron capturados.

Ni odio ni reconciliación 


Otra viuda, Mejra Djogaz, de 71 años, decidió pasar el resto de sus días en el lugar donde su vida “se detuvo” hace 25 años.

Vive en una casa junto al memorial. Cada mañana, cuando sale a regar las plantas de su patio, ve miles de estelas blancas.

Omer y Munib, sus dos hijos que murieron en la masacre, reposan allí. Tenían respectivamente 19 y 21 años.

“Ya no tengo razones para vivir. Me ocupo de las flores para no volverme local pero las flores están en la tierra negra”, dice.

Su tercer hijo, Zuhdija, de 20 años, y su marido Mustafa habían muerto tres años antes, en 1992, durante el asedio de Srebrenica.

“Mis hijos no hicieron daño a nadie, no cerraron el paso ni a una hormiga. Me pregunto ¿por qué mataron a mis hijos? Eran mis vecinos”, dice en referencia a los militares serbios que vivían en su pueblo.

Ramiza Gurdic, de 67 años, también se pregunta “ quiénes son esos hombres ” que mataron a sus dos hijos y a su marido. “¿Tenían hijos, cómo era su alma?”.

Mehrudin tenía 17 años y Mustafa 20 años. Con su padre había huido a través del bosque. Mustafa temía lo peor.

“La separación fue difícil. El mayor tenía un cigarrillo en la boca y ya se preparaba otro. Dijo: 'Madre, no te veré nunca más'. El pequeño no dijo nada”, explica Ramiza.

Sus restos fueron encontrados pero solo “ la mitad de Mehrudin ” . Ramiza tiene esperanzas en que encontrará la otra mitad.

“Su madre no lo trajo al mundo sin cabeza ni brazos. Los tenía y era un niño bonito”, dice.

Sin embargo no tiene rencor contra sus asesinos. “Que Dios les dé lo que merecen (...) Ni odio ni maldad, pero tampoco reconciliación”, dice.

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