4 de junio de 2019 00:00

Actividades y visitas ayudan a ejercitar al adulto mayor en los centros del MIES

La psicóloga Fabiola Morocho, en el Centro Esperanza de Vida, en Tenguel (Guayaquil), que atiende a 45 usuarios. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

La psicóloga Fabiola Morocho, en el Centro Esperanza de Vida, en Tenguel (Guayaquil), que atiende a 45 usuarios. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Elena Paucar

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Los juegos están sobre la mesa. Antes del almuerzo, los terapistas del centro Esperanza de Vida motivan a los asistentes a ejercitarse un poco. Hay rompecabezas y pequeñas pelotas, legos, dominós, etc.

Esa es solo una de las actividades que desarrollan 45 adultos mayores en este centro diurno del Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES). Aquí funciona la misión Mis Mejores Años, enfocada en promover el envejecimiento activo y saludable.

“Son actividades para la recuperación motriz y cognoscitiva; realizan terapias físicas, así como acciones de la vida diaria, tienen atención de trabajo social, psicología y nutrición”, resume Edwin Feijoo, director distrital del MIES.

Y parte del abordaje se complementa con otros ministerios. Educación, por ejemplo, colabora con la alfabetización; Salud se encarga de los chequeos cuando detectan enfermedades (generalmente hipertensión arterial y problemas traumatológicos); y desde abril del 2019 se aplican fichas de vulnerabilidad para detectar situaciones de maltrato.

En Ecuador, el 7% de la población pasa de los 65 años (1,2 millones). De ellos, 80 402 acceden a servicios en 1 549 unidades del MIES distribuidas en el país, bajo distintas modalidades de atención, con el apoyo de 3 420 técnicos. Existen centros diurnos, espacios activos y visitas a domicilio.

Esperanza de Vida es un centro diurno, que abre sus puertas de 08:00 a 16:00, de lunes a viernes. Para la mayoría de sus asistentes esta es su casa. Sus fotos adornan las paredes, hay mecedoras en los pasillos y un pasamano de madera conecta casi todos los espacios.

El centro está en la parroquia rural Tenguel, una zona agrícola que pertenece a Guayaquil, aunque se ubica a 146 km de la ciudad. Como la mayoría de sus habitantes, José Moreno laboró en las bananeras que dominaban esta tierra.

“Con los años ya nadie me dio trabajo. Si no estuviera aquí no sabría qué hacer”, dice el hombre de 81 años. Ahora sus manos resecas y curtidas entretejen paletas de helado que dan forma a sutiles lámparas y otras creativas artesanías.

Maricela Celi es una de las responsables de cuidado y ha sido testigo del cambio de los usuarios del centro. “Muchos llegaron con baja autoestima, se sentían rechazados por su familia o pasaban solos en casa. Aquí están activos y han creado una comunidad”.

El aislamiento puede llevar a la demencia, que cada año suma 10 000 nuevos casos en el mundo. Este síndrome no es precisamente una consecuencia inevitable del envejecimiento. Para mitigar sus efectos, la Organización Mundial de la Salud recomienda optimizar la salud física, la cognición, la actividad y el bienestar.

Cuando en una de las salas de teatro La Bota suenan boleros, pasillos y valses, Rosa Perdomo siente que vuelve a vivir.

“A esta hora estaría en la casa, viendo televisión. Hacen falta más de estos espacios para despejar la mente”, cuenta la mujer de 66 años.

Ella acude a los Martes Dorados, una iniciativa de los artistas Alcira Mugica y Andrés Vivar, respaldada por la Fundación Malecón 2000 del Municipio de Guayaquil. Cada martes, de 17:00 a 18:00, en el Malecón del Salado, más de 100 adultos mayores asisten gratuitamente a una función de canto, danza y poesía.

“Con el canto hay un ejercicio de memoria -dice Mugica-. Y han creado una comunidad porque asisten en grupos. Son estímulos afectivos e intelectuales que, indirectamente, aportan a la salud mental”.

La familia es pieza clave en el envejecimiento activo. Por eso, desde el MIES se enfocan en la corresponsabilidad de la atención, a través del asesoramiento. Y esto es más evidente en las visitas domiciliares que reciben 32 498 personas.

Los esposos Mariano Ayllón y María Quituisaca pasan el día en una vivienda oculta entre los cultivos que rodean la vía del recinto San Rafael, en Tenguel. Los dos pasan de los 80 años. Llegaron desde Azuay a esta zona costera, para dejar su juventud en los campos.

Una vez al mes se alejan por dos horas de las plantaciones para esperar la visita de Rosanna Cañar, la promotora del MIES que llega en su moto. En el último encuentro les enseñó a identificar figuras pares, como una mecanismo para ejercitar la memoria.

Las sombrías paredes de bloque cobran vida con sus manualidades. Yaritza, su nuera, casi siempre está atenta para recibir las recomendaciones de alimentación y salud.

Mariano y María reciben una pensión no contributiva de USD 100 cada uno, un beneficio al que acceden 106 025 usuarios del programa Mis Mejores Años. Otros 286 212 reciben USD 50 mensuales.

Algunos usuarios del centro Esperanza de Vida se quejan porque ya no reciben esa bonificación. Pero Irene Gutiérrez, responsable zonal de Atención Intergeneracional, explica que se suspendió el pago por la actualización de datos dentro del Registro Social. “Con la actualización se reactiva, dependiendo de las condiciones de pobreza y pobreza extrema”.

El pasado miércoles, tras la sesión de gimnasia con música relajante hay una pausa. La mayoría decidió que la hora de TV en el centro sería para ver el partido de la Selección Sub20. Hubo gritos, emoción, instrucciones desde los asientos y recuerdos de la juventud.

En contexto

A mediados del año pasado se aprobó la Ley del Adulto Mayor. En el país, un total de 467 144 adultos mayores son atendidos por el Gobierno en servicios y entrega de pensiones. El presupuesto para este 2019 es de USD 60,4 millones con este fin.

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