3 de junio de 2018 00:00

Yoko Ono: talento y aceptación incesantes

Yoko Ono cumplió 85 años en febrero pasado; su vida creativa ­sigue muy activa. Foto: AFP

Yoko Ono cumplió 85 años en febrero pasado; su vida creativa ­sigue muy activa. Foto: AFP

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Ivonne Guzmán
para EL COMERCIO (O)

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Encantadora, imponente y misteriosa, así la describe una nota de The Guardian. Se llama Yoko Ono, es una de las artistas conceptuales importantes del siglo XX, música tan inquietante como influyente pero muy poco reconocida abiertamente, cuya obra participativa ‘Resurgiendo 2013-2018’ estará en el Centro Cultural Metropolitano, Quito, a partir de este 23 de junio.

“Llegué muy temprano”, dice ella cuando habla de su música. Es decir, sabe que es una adelantada. Sabe, por ejemplo, que hizo y grabó música punk antes de que el término siquiera existiera; o al menos eso creía el mánager de los Sex Pistols, Malcolm McLaren, quien dijo alguna vez que el sencillo que Ono grabó en 1969, ‘Don’t Worry, Kyoko (Mummy’s Only Looking for Her Hand in the Snow)’, fue el primer disco punk de la historia.

No ha sido el único en hablar de su influencia en la escena musical. Como recoge Edward M. Gomez, en una nota para The New York Times, la cantante de los B52, Kate Pierson, reconoce que el “poder emocional y terapéutico de sus gritos y todo lo que hacía con su voz” pavimentó el camino que luego transitarían el punk, el new wave, el noise rock… entre otros estilos. Los más conocedores sostienen que la música que Ono ha hecho los últimos 50 años, se lo reconozcan o no, ha marcado referentes en la creación musical pop.

Aunque Ono no es solo música, su primera formación académica fue musical. Era una actividad vital en su familia; su padre, a quienes todos conocen más como un acaudalado banquero japonés que perdió su fortuna en la Segunda Guerra Mundial, tocaba el piano. En Estados Unidos, adonde se mudó en 1953, Ono estudió un tiempo composición musical en el Sarah Lawrence College. Antes, en 1952, según un perfil suyo publicado en Rolling Stone, Ono fue la primera mujer en ser admitida para estudiar Filosofía en la Universidad Gakushuin, en Japón. Los caminos de la filosofía y la música la fueron preparando para su siguiente parada: el arte conceptual.

Ono fue parte de Fluxus, el afamado colectivo que buscaba un “arte total”, por fuera incluso de la materialidad, por tanto desligado de la idea del arte como objeto y mucho menos como mercancía. En esta etapa, que tuvo lugar en la década de 1960, compartió espacios de creación con artistas como George Maciunas, La Monte Young, Diane Wakoski, Walter De Maria o John Cage (de quien más que su música -que ella encontraba familiar por las referencias asiáticas que esta tenía- le impresionaban sus cualidades de cocinero, según dijo en una entrevista reciente a El País). 30 años después, en un reencuentro, Ono describió al movimiento así: “Fluxus es Fluxus; Fluxus es lo que haces de él”.

De esa época son sus performances. Una de los más conocidos es ‘Cut Piece’ (1964), en el cual se sienta en la mitad de un escenario con un vestido negro y unas tijeras y pide al público que vaya cortando como quiera pedazos de tela del mismo con la tijera. Un video registra cómo Ono, inmóvil, casi como si estuviera ausente, deja que la gente haga lo que quiera con el vestido y las tijeras, o sea, con ella. Recuerda mucho al aclamado y archifamoso performance de Marina Abramovic titulado ‘Rhythm 0’ (1974), en el que al artista serbia -más extrema- invitaba a los espectadores a hacer lo que quisieran con su cuerpo usando diferentes objetos, incluyendo una pistola cargada.

Con el tiempo, ‘Cut Piece’ empezó a leerse en clave feminista, sin embargo Ono reconoce que entonces su referente, para ese performance específico, era el budismo. “Yo estaba pensando en Buda, en como él renunció a todo”, le dijo a The Guardian en el 2014. Pero esa rendición ascética, para ella, también estaba relacionada con las condiciones de vida de las mujeres y pensó la pieza como una recreación de esa aceptación de la realidad. Y dice que lo hizo sin rabia; tampoco era una reivindicación; era aceptación pura.

Esa parece ser la filosofía de Ono hasta ahora, o lo fue por mucho tiempo. Como cuando a finales de los años 60 convirtió una ruptura amorosa en una instalación titulada ‘Half-a-Room’. En ella, la desaparición abrupta del amante se traduce en varias piezas de mobiliario cortadas por la mitad y arregladas como en un apartamento, el mismo que ella descubrió vacío una mañana en Londres. El disco que lanzó apenas seis meses después del asesinato de John Lennon, en 1981, titulado ‘Season of Glass’ y con una imagen de los lentes ensangrentados de su esposo captando la atención en la portada, pudiera leerse como otra muestra de esa aceptación con la cual la artista japonesa recibe los golpes de la vida.

Porque la vida no ha sido fácil para Ono ni en lo personal ni en lo profesional, dos espacios que para ella han sido uno solo. De su primer matrimonio (con Toshi Ishiyanagi) le quedó una temporada en una institución mental, a la que llegó presa de una depresión severa; en su segundo matrimonio (con Anthony Cox) perdió a su hija, Kyoko, que fue secuestrada por su exmarido contradiciendo los términos de la custodia de la niña tras su separación; y de su tercer matrimonio ha quedado una animadversión de proporciones mundiales por ser supuestamente la culpable de la separación de los Beatles, lo cual también ha incidido en una especie de desvanecimiento de ella como artista y como música.

Aunque no del todo. Porque Ono ha continuado creando, otra vez, aceptando las circunstancias como han ido ocurriendo. Y sigue vigente. De hecho, el siglo XXI le ha sentado bien, con varias retrospectivas y exhibiciones alrededor del mundo y un reconocimiento tan importante como el que hizo la Bienal de Venecia en 2009 a su trabajo, otorgándole el León de Oro y, finalmente, el crédito de ser una de las pioneras del arte conceptual de la posguerra. En una entrevista concedida a la revista Art, a propósito del galardón, Ono se mostró sorprendida y agradecida porque la Bienal no se haya atemorizado ante los posibles ataques que recibiría al reconocer su trabajo, pues considera que ya se ha convertido en una “tradición” criticar su arte.

“En su música, su poesía, sus películas y su arte conceptual, transgrede constantemente las formas y permite que muten”, dice la curadora Alexandra Munroe, quien fue una de las encargadas de la primera retrospectiva de Ono en el año 2000 en Manhattan, y añade que la artista tiene muy claros los referentes y las tendencias actuales, pero que siempre “opera fuera de ellos”. Quizá, si no fuera así, Ono ya hubiera desaparecido o sería apenas la viuda de un famoso. Por el contrario, con 85 años está activa; en el 2016 se develó su primera obra de arte público en EE.UU., ‘Sky Landing’, en Chicago, y ese mismo año tuvo proyectos en Islandia. Estuvo con una exhibición en Buenos Aires en 2017. El fin de semana pasado cerró una exposición en Toronto, titulada ‘Yoko Ono: The Riverbed’. No para.

Gomez dice que Yoko Ono siempre sonó a futuro. Tal vez sigue siendo futuro. Porque como ha dicho ella misma: llegó antes y por eso, a veces, ha costado entenderla.

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