21 de agosto de 2014 23:54

Yarina define un sonido indígena sin fronteras

Yarina
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Luis F. Orquera.
(F - Contenido intercultural)

Este sábado y domingo –en los parques La Carolina y Qmandá, respectivamente– tendrá lugar el Full Folk Festival como parte de la agenda del Verano de las Artes Quito de este año.

Dentro de ese cartel, uno de los nombres más atractivos para ambos días es Yarina, un grupo otavaleño que cuenta con 30 años de trayectoria y que se ha convertido en una de las piedras angulares de la música indígena del Ecuador.

El ensamble se originó en el sector de Monserrat (Cashapamba). Ahí se estableció un proyecto de preservación de la música tradicional indígena ideado por José Manuel ‘Manicho’ Cachimuel y tres de sus hijos –hoy lo integran 11 hermanos Cachimuel AmaguañaSEnD. Entonces, el ensamble se llamaba Yahuar Wauky (hermanos de sangre) y estaba ligado a la organización política indígena.

“Lo político nunca se ha desligado, no desde lo partidista sino desde el servicio a la comunidad para difundir un pensamiento intercultural”, asegura Ixca Nazim Flores, percusionista del grupo, quien junto con su esposa y también integrante de Yarina, Ana Cachimuel, son los únicos miembros que residen en Ecuador.

Desde 1991, el grupo se radicó en EE.UU. ya que tras los estudios del director musical, Roberto Cachimuel, en el Berklee College of Music de Boston, sus hermanos (también con estudios formales de música en el Instituto Luis Ulpiano De la Torre, de Cotacachi) lo acompañaron para buscar mejores días en Norteamérica. Al inicio lo hicieron en los parques de Boston; con una mesita para vender discos y un estuche de guitarra para recibir monedas.

“Cuando tocas en la calle debes ser excelente. La gente tiene un billete para comer y no piensa en comprar un disco al pasar. (Con Yarina) acabábamos una caja de discos diaria”, asegura Flores, quien cree que parte del gancho entonces era, en primer lugar, las improvisaciones en violín eléctrico de Roberto y, en segundo, interpretar música propia. “Cuando tocas lo tuyo te conectas más con la gente”, dice.

Esa conexión les ha permitido vivir de su arte “cómodamente, aunque sin lujos”, según Flores. El músico reconoce que la catapulta al reconocimiento norteamericano tuvo lugar en el 2005, cuando Yarina se llevó el premio de mejor grabación de música del mundo en los Native American Music Awards por su disco ‘Nawi’.

A partir de entonces, el grupo ha recorrido EE.UU. de costa a costa, con presentaciones de hasta cinco veces por semana en teatros, salas de concierto y sobre todo en escuelas. Sin embargo, Yarina se ha mantenido dando pre­sentaciones en ­Ecuador. Es en este ir y venir frente a las audiencias estadounidenses que se han percatado que aquí su público es indígena.

El mestizo no nos conoce. Si conoce la música no sabe que es de Yarina. Grupos de danza presentan recitales con Jilguerito y orquestas tocan Rosalía, una canción que mi suegro escribió hace más de 35 años, pero no se asocia a Yarina”, reflexiona el único mestizo del grupo, quien cree que tal fenómeno pudiera ser reflejo de una división visible en todo ámbito. “En Otavalo tenemos una pared que divide el cementerio indígena del mestizo”, sentencia.

Así como Yarina ha tenido la apertura de incluir en su familia la interculturalidad, la música del grupo acoge diversas influencias del mundo globalizado, como la improvisación del jazz, el bajo melódico del blues o escalas diferentes a la tradición pentatónica (cinco tonos) del mundo indígena. De hecho, un proyecto alterno de Yarina es Los Nin, un ensamble de hip hop en quichua liderado por Sumay Cachimuel.

El grupo también reconoce la influencia de otros ‘taitas’. Son pupilos de Ñanda Mañachi con su concepto de recreación del mundo indígena, del grupo Peguche o del grupo Charijayac, que habría introducido, según Flores, la idea de contrapunto en lo indígena. Queda entonces la invitación para sumergirse en una propuesta que no pretende recuperar algo perdido sino reivindicar y proyectar el sonido de la música nativa ecuatoriana.

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