13 de octubre de 2015 00:00

Yachaks piden el cuidado de los espacios sagrados

Ceremonia andina para homenajear a los cuvivíes, aves que cada año mueren -después de un largo viaje- en Ozogoche. Foto: Cristina Márquez/ EL COMERCIO.

Ceremonia andina para homenajear a los cuvivíes, aves que cada año mueren -después de un largo viaje- en Ozogoche. Foto: Cristina Márquez/ EL COMERCIO.

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Cristina Márquez
(F- Contenido intercultural)

El agua que brota naturalmente de una vertiente subterránea, junto a un árbol de capulí, es el símbolo de que una pradera de Shobolpamba, en la parroquia San Juan, situada a 40 minutos de Riobamba, es un sitio sagrado. Así piensan 12 yachaks puruháes de Chimborazo.

Ellos piden que sitios como este sean regularizados por una normativa municipal que impida la destrucción de los espacios utilizados para ceremonias, rituales curativos y la celebración de las fiestas sagradas del calendario indígena.

El Cabildo de Riobamba inició un estudio técnico para identificar y proteger estos espacios ceremoniales con un plan de
salvaguarda. Entre tanto, los yachaks, los dueños de los predios y los comuneros contribuyen a evitar actividades que estropeen la energía de los sitios.

“El agua es uno de los cuatro elementos sagrados. Donde nace una vertiente, hay una conexión directa con la Pacha Mama (Madre Tierra). Por eso hay una energía especial y muy poderosa que debemos respetar y cuidar”, explica Valeriana Anaguarqui, durante una ceremonia andina en Shobolpamba.

Según ella, ese lugar es especial no solo por el ‘pogllo’ donde nace el agua, sino también por el árbol de capulí que está junto a la vertiente. Esta es una planta sagrada según la cosmovisión andina; incluso se utiliza para predecir la cosecha del año según la cantidad de frutos en un racimo.

“Cuando hay menos de siete capulíes, significa que será un año austero. Pero si hay más, significa abundancia”, cuenta Anaguarqui.

Pero este no es el único espacio utilizado para ritos y ceremonias en Riobamba. En la cima de un cerro de la parroquia Cacha está el mirador Pucaratambo, un sitio que fue un templo indígena.

Eso se sabe por la energía que sienten los yachaks en la parte más alta del cerro. Allí dibujaron sobre la tierra un círculo con cuatro entradas: norte, sur, este y oeste. Cada punto cardinal representa a un elemento sagrado, viento, agua, fuego y tierra.

Allí se realizan ceremonias, rituales y celebraciones, como bodas andinas y cortes de pelo, una ceremonia similar al bau­tizo, donde se bendice a los niños pequeños en su primer corte de cabello y uñas.

“Tememos que la gente utilice mal y dañe estos espacios que son sagrados. Por eso pedimos que se protejan y se respeten. Se debe controlar el ingreso de turistas a los sitios que
son abiertos al público, la construcción, infraestructuras, la ganadería y agricultura”, explica el taita Manuel Puma Quero.

Los yachaks presentaron su pedido en una reunión del Concejo Municipal del Cabildo. “El tema de los espacios ceremoniales es muy subjetivo; por eso, antes que una normativa, proponemos un plan de salvaguarda”, explicó Fernando Barreno, presidente de la comisión de Cultura.

La idea es que se puedan proteger los espacios rituales de nuevas construcciones y usos indebidos, pero con el aporte de los dueños de los predios privados. En la caso de los espacios
públicos, con la colaboración de los yachaks y comunidades.

Un estudio técnico, que se inició el mes pasado (septiembre), será el insumo que analizará el Cabildo antes de diseñar este plan. “No contamos con un catastro de sitios ceremoniales. En el momento estamos levantando la información que necesitamos. Esperamos concluir en diciembre”, afirmó Barreno.

En Chimborazo hay otros espacios ceremoniales situados en los páramos y en áreas protegidas por instituciones gubernamentales, como el Ministerio del Ambiente. Una muestra son las lagunas de Ozogoche, en Alausí.

“El agua de esta zona, a las 04:00, es caliente, por eso la utilizamos para baños curativos. La energía de este espacio sagrado se mantiene intacta a pesar de la llegada de los turistas, porque hay más conciencia de la comunidad”, afirma Beatriz Cubi, yachak de Alausí.

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