11 de abril de 2017 00:00

El yachak tiene su primogénito que hereda sus conocimientos

Virginia Chilinquinga (der.) enseña a su hijo los saberes de un yachak en Salasaka

Virginia Chilinquinga (der.) enseña a su hijo los saberes de un yachak en Salasaka. Foto: Modesto Moreta / EL COMERCIO

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Modesto Moreta
Coordinador
(F-Contenido Intercultural)

Joaquín Masaquiza mira cómo su madre, Virginia Chiliquinga, una de las yachaks del pueblo Salasaka, realiza el ritual de sanación usando hierbas, puro (trago), flores, pétalos y una vela encendida. El niño, de 7 años, aprende de su progenitora para ponerlos en práctica.

El niño conoce los beneficios de la ruda, la santamaría, el sauco y otras plantas que se usan para curar a los pacientes que llegan de diferentes partes de Tungurahua. También, sabe de los rituales de purificación y de sanación. Él será el sucesor de esta mujer de 50 años.

Chiliquinga coloca sus manos sobre la cabeza de su hijo y luego de una oración se inicia una ceremonia. Cuenta que los abuelos, bisabuelos y padres fueron los más reconocidos sanadores de este pueblo. La sabiduría y conocimientos los heredó a través de su espíritu. “Los yachaks no se hacen, sino nacen, es decir, vienen de los genes de sus ancestros que también fueron sabios respetuosos y amantes de la naturaleza, por eso tenían contacto con la Pacha Mama (madre tierra en español)”.

Dice que la atención en su consultorio cuesta USD 2. Su misión no es hacer fortuna sino ayudar a la gente que requiere de su apoyo. Es por eso que durante los cuatro días de luna llena duerme en el cerro Teligote, en el Chimborazo o en las lagunas para recolectar las flores y plantas medicinales. Antes de arrancarlas pide permiso a los espíritus de estos lugares sagrados.

Con las hierbas prepara los remedios que entregará a las personas que asisten a su consultorio ubicado cerca al coliseo de esta parroquia indígena. “Siempre camino sola y duermo en estos lugares para alcanzar sabiduría. Puedo comunicarme con la naturaleza que me da esa fortaleza para sanar a quien lo requiere”.

Las flores y plantas recogidas son maceradas con miel en un pondo de barro que entierra durante seis meses, luego saca el líquido y utiliza como lociones en las ceremonias.

De los cinco hijos de Chiliquinga, solo Joaquín fue escogido para ser el sabio del pueblo Salasaka. Raymi Rafael Chiliquinga, estudioso de esta cultura milenaria, explica que para ser un yachak se requiere de un proceso hereditario que viene desde la cuarta generación y en los códigos genéticos. Luego se van formando a través del entorno, de la naturaleza, el ensayo y los saberes que reciben de sus padres y abuelos. “Eso le ayudará a llegar a ser un sanador”.

Asegura que la investigación sobre la naturaleza, los intercambios de saberes y conocimientos con otros yachaks también fortalecen. Ellos se preparan en los días de luna, caminando a los lugares sagrados o huacas y en la selva amazónica, apoderándose de los conocimientos de las plantas, del cuy, de las piedras, de la Pacha Mama, de las velas y, especialmente, de los rituales con pétalos de rosas.

“En medicina ancestral hay yachaks, chamanes, hierbateros, parteros, limpiadores y videntes. Y sus hijos se forman en estas técnicas. Cada uno es especialista y hace diferente trabajo. Son las nuevas generaciones que seguirán con estas prácticas ancestrales”.

Según Chiliquinga, el 3% de la población de niños y jóvenes salasakas es hijo, sobrino o pariente de los sanadores, pero no todos son los escogidos. “El yachak es el maestro que tiene los conocimientos y la técnica de cómo enseñar a las otras personas y difundir sus saberes. Yo soy amauta, la persona que crea textos, conocimiento e investiga para obtener resultados”.

Joaquín Gilberto Calvopiña también heredó los saberes de su padre Juan Punina. De pequeño miraba cómo limpiaba con el cuy, las hierbas y el licor. También, acostumbra a caminar hacia las lagunas o poglio (ojos de agua) para bañarse en la madrugada. Esos conocimientos y el contacto con la naturaleza le ayudan en el ­momento de sanar.

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