29 de octubre de 2015 18:17

Washington Mosquera, un alquimista de la pintura realista

El cuadro 54  todavía reposa en un caballete que está en medio del taller del pintor. Foto: Armando Prado/ EL COMERCIO.

El cuadro 54 todavía reposa en un caballete que está en medio del taller del pintor. Foto: Armando Prado/ EL COMERCIO.

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Gabriel Flores

En el 2012, el pintor ecuatoriano Washington Mosquera viajó a España, Italia y los Países Bajos. En este periplo se dedicó a recorrer museos y galerías para estudiar la obra de tres de sus referentes: Diego Velásquez, Francisco de Goya y Miguel Ángel. Como resultado de este diálogo visual con sus maestros, Mosquera pintó las 53 piezas que forman la serie ‘A las cinco de la tarde’, que se exhibe hasta el 12 de noviembre en la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Una de las obras que más estudió fue ‘Las meninas’, de Velásquez. A esta obra a la que rinde homenaje en la pintura ‘Se pasean las infantas de Velásquez’, la diseccionó hasta el punto de encontrar en ella una pintura perfectamente geométrica. “A esta obra le quité toda su parte decorativa y descubrí que era una pieza llena de triángulos, pirámides y círculos.

Mosquera cuenta que el nombre de la muestra nació una tarde que salía del Museo de El Prado. Eran las cinco de la tarde y caminaba rumbo al parque de El Retiro, en el camino fue testigo de una escena que el cataloga como única. “A esa hora levanté mi mirada al cielo y vi como moría el Sol y nacía Luna en medio de un contraste de colores rojos y azules. En ese momento recordé el poema de García Lorca en el que habla de Ignacio Sánchez Mejía un torero que murió a esa hora”.

En muchos de los cuadros de ‘A las cinco de la tarde’ aparece lo que la crítica ha denominado la zoología de Mosquera. Un mundo compuesto por mariposas, caracoles, perros, cerdos pero, sobre todo, peces. Peces vivos que reposan en las manos de hombres y mujeres y a los que el autor rinde un homenaje.

Para Mosquera, otro de los objetivos de su viaje fue tratar de entender la técnica pictórica que utilizaron sus maestros. A su regreso convirtió su taller en el de un alquimista. Aquí experimentó con las cantidades de aceite, trementina y barniz para pintar sus nuevos cuadros. En principio iban a ser 54 piezas pero quedaron en 53.

El cuadro 54 todavía reposa en un caballete que está en medio de su taller. Esta pieza -dice- no salió porque sentía que no estaba lista para ser exhibida. Para terminar este cuadro Mosquera ha vuelto a sus orígenes artísticos siempre vinculados a la investigación y al acto de recordar. Sabe que para lograr el realismo que ha cultivado a lo largo de su carrera lo mejor es encerrarse en su taller y tomar las pausas que sean necesarias.

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