8 de October de 2014 21:00

Dos visiones guayaquileñas de su ciudad

La cronista Marcela Noriega y el historiador Emilio Hidalgo comparten sus testimonios y visiones sobre Guayaquil. Fotos: Mario Faustos/ El Comercio.

La cronista Marcela Noriega y el historiador Emilio Hidalgo comparten sus testimonios y visiones sobre Guayaquil. Fotos: Mario Faustos/ El Comercio.

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Redacción Guayaquil (O)
cultura@elcomercio.com

Bajo ese sol intenso que caracteriza el clima de Guayaquil, entre el fluido y ruidoso tránsito de la ciudad, el historiador Ángel Emilio Hidalgo y la cronista Marcela Noriega dan una mirada más profunda de esta ciudad que hoy (9 de octubre) cumple 194 años de independencia.

Su cultura, costumbres, la bohemia, las calles bullendo con gente; o la regeneración y/o degeneración, en medio de una sociedad de grupos muy marcados son aspectos fundamentales a la hora de tratar de retratar a Guayaquil, la ciudad más poblada del país.

En las miradas de Hidalgo y Noriega, en la ciudad de ahora se acentúan la multiculturalidad y el arte, que por décadas la caracterizaron. En los últimos años, arte y cultura han vuelto por sus fueros.

Lo aseguran mientras caminan, por separado, por dos sitios emblemáticos de la urbe: el Parque Lineal (el historiador) y el puente Zigzag (la cronista), ambos sobre el estero Salado, un ramal conocido como Estero Cobina que se une al río Guayas por medio de un canal de esclusas.

Pero a la ciudad en la que viven, ellos, se la imaginan aún mejor. En continuo crecimiento, extendiéndose como un pulpo. Y es que Guayaquil, cada vez más, va en pos del mundo.


‘A Guayaquil hay que vivirlo a pie y/o en bicicleta’- Marcela Noriega

Para mí hay un Guayaquil antes y uno después de recorrerlo en bicicleta. Empecé hace dos años. La bicicleta te permite mucha más interacción con la gente, en los carros notas mucha agresividad, aunque a veces también solidaridad… la gente te da paso, a mí me han tratado muy bien como ciclista, aunque ahora he dejado un poco la bicicleta y estoy caminando mucho y esa es otra realidad.

Dicen que Guayaquil no es una ciudad para caminar y eso es falso, porque si no caminas y siempre estás en un carro nunca vas a descubrir nuevos caminos. Hay varios guayaquiles, según como te transportes, que influyen en tu calidad de vida. La Metrovía y un bus son el peor transporte.

Mi nueva visión sobre Guayaquil es otra. Cuando he vivido en otros lugares -Argentina y España- he dicho: “Esto es mejor, me siento un poco más cómoda porque puedo caminar y no me roban”, pero Guayaquil también se está transformando en eso.

Mucha gente está volviendo a la ciudad, también extranjeros, y cada uno aporta con algo en la cultura; hay una explosión en la creatividad, mucha efervescencia en el teatro, en el cine; ahora no podemos decir que no tenemos nada que hacer.

Yo he ido a fiestas aquí como las que hay en Argentina o en España, y ya hay muchas opciones en Guayaquil, pero la ciudad no cambió, sino que cuando el observador cambia, el objeto también lo hace.

No existe una forma de guayaquileño, incluso por estas exposiciones a las que estamos sometidos. Hay como una pluriculturalidad, Guayaquil se está volviendo mucho más cosmopolita, pero no porque estamos mirando hacia afuera, sino que ahora fuimos, volvimos e integramos. Un escritor ya no es solo un escritor, ahora cada uno está explorando en otros dones y talentos.

¿Degeneración? Hay una visión en el tema de cultura del Guayaquil anterior que pertenece a cuando se creó la Zona Rosa, cuando estaba Palo Santo, El Gran Cacao, todos estos bares que dieron inicio en ese momento, y ahí me parece que había un estancamiento mental. Lo que había era la chupa y la joda, y eso no es la cultura, eso ha cambiado en Guayaquil y es muy importante.

Ya no hay degeneración, ahora hay apertura hacia nuevas formas de arte, de vivir la vida más sana, estamos comiendo mejor, estamos andando en bicicleta, estamos yendo al teatro, la cultura ya no está asociada a la bohemia.

Me gusta esto de las comunidades, los veganos tienen con quién reunirse, los que hacen bicicleta también, los que rescatan los animales… ya todos están bien organizados y en algún momento se vuelve esto representativo porque todos son parte de una nueva forma de sociedad. Hay una integración entre nosotros.

En el futuro veo una ciudad llena de sinergias; eso pasa cuando las personas se reúnen por una causa común y logran cosas importantes. Antes era una ciudad de paso, pero ahora ya se puede vivir aquí, y Guayaquil te prepara para ir a cualquier parte del mundo y que te sientas ‘canchero’, te sientas como en tu casa porque también es una ciudad hostil. Tienes que ser sabido, tienes que actuar como guayaco en el exterior.


‘Guayaquil es un híbrido de tradición y modernidad’-Ángel Emilio Hidalgo

En Guayaquil yo percibo mucha tropicalidad, un modo de ser abierto, que es parte de la acumulación de una serie de elementos históricos, culturales, sociales, que forman el modo de ser del guayaquileño.

Siempre hay espacio para la cultura, pero tenemos que preguntarnos qué tipo de cultura es la que se está reproduciendo en esta ciudad. Guayaquil, como ninguna ciudad del mundo, no puede escapar del impacto de la globalización, y es lo que está ocurriendo… Hay una mezcla a partir de los elementos propios de la cultura local y algunos con lo nacional. El impacto de la globalización obviamente nos cambia en las prácticas culturales, que nos vuelven ciudadanos del mundo.

El guayaquileño del siglo XXI es un ciudadano que vive los procesos globales y al mismo tiempo es parte de una tradición histórica de la cual se siente orgulloso. Guayaquil jugó siempre un papel importante en la historia del Ecuador.

La regeneración urbana es una obra importante para Guayaquil, sin ninguna duda, pero ese cambio físico del centro no determina el cambio de actitud del ciudadano. Hay una gran diferencia entre ser un ciudadano y ser un habitante, y creo que los guayaquileños necesitamos madurar en nuestro ejercicio ciudadano, en el compromiso de ser parte de una ciudad que hay que cuidar.

Yo puedo hablar de mi Guayaquil bohemio, que evidentemente es diferente al de otros. La ciudad es como un rompecabezas, es el resultado de una serie de fragmentos sociales, culturales, espaciales, que nos indican que si algo tiene de particular esta sociedad, es su hibridación, su mezcla, ese ámbito de gran diversidad cultural. Guayaquil está dividido en múltiples espacios sociales que muchas veces son contradictorios, y la diferencia radica en esa diversidad sociocultural.

La sociedad guayaquileña actual es múltiple; grupos sociales, étnicos, pero también nuevas identidades urbanas, se agrupan y conviven aquí. Su carácter mercantil capitalista, que viene desde hace siglos, ha hecho que se convierta en un destino favorito para muchos extranjeros.

Para conocer bien Guayaquil hay que ir al barrio La Peñas, a la Isla Santay y la Bahía, donde se concentra mucho de su espíritu mercantil.

Hace unos 100 años experimentó, desde el último ‘boom’ cacaotero, en la época del 20, un crecimiento descomunal. Es una ciudad pulpo que está extendiendo sus brazos hacia todos los puntos cardinales y esto es una constante en su historia.

Es interesante ver cómo se mantienen las costumbres relacionadas con ciertos actos festivos, que forman parte de la tradición ecuatoriana, como quemar el monigote en fin de año, asistir a la procesión de Cristo del Consuelo, ser parte de las actividades cívicas de julio y octubre. Existe una serie de prácticas sociales que forman parte de la tradición y que permanecen y lo seguirán siendo en el futuro, porque Guayaquil es una mezcla compleja de tradición y modernidad. Siempre ha estado abierta a los cambios, pero ha conservado algunas tradiciones que la marcan como una ciudad diversa.

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