30 de octubre de 2015 00:00

Las víctimas de explotación laboral y sexual sí pueden tener un final feliz

Las jóvenes reciben talleres de manualidades, joyería, tejido y otros, para adquirir habilidades para sostenerse en el futuro. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

Las jóvenes reciben talleres de manualidades, joyería, tejido y otros, para adquirir habilidades para sostenerse en el futuro. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

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Ana Cristina Alvarado
Redactora (I)

Unas 6 000 personas son víctimas de la trata de personas en el Ecuador anualmente, según cálculos del Ministerio del Interior. Sin embargo, por la negativa a denunciar el delito, la cifra puede ser mucho mayor.

Desde hace cuatro años, la Fundación Alas de Colibrí trabaja en la promoción y defensa de los derechos humanos. Entre sus proyectos está la atención integral antitrata, que ha permitido que 60 niñas y adolescentes, que fueron explotadas laboral o sexualmente, hayan sido reinsertadas en la sociedad.

Pamela (nombre protegido) fue una de las primeras residentes en el nido de protección. La adolescente de 14 años fue víctima de explotación sexual y presentaba un cuadro postraumático agudo. Hipatia Toapanta, psicóloga clínica del centro, explica que muchas de las chicas que llegan al hogar no entienden el acogimiento y pueden sentirse retenidas.

Esto es lo que le sucedió a Pamela, así que decidió irse de esa casa. La preocupación de los administradores, profesionales y voluntarios fue indescriptible. Fueron a buscarla por lugares cercanos y en la terminal, dieron las alertas a la Dinapen, al juez que dio la medida y a otras autoridades. Después de una noche sin descanso para quienes la protegían, Pamela regresó con su mochila, aceptó que estaba confundida, pidió perdón por el malestar que causó y reconoció que la estadía en el nido era necesaria por la amenaza que ella tenía.

La adolescente estuvo en el nido durante seis meses. En este tiempo, siguió un proceso de estabilización psicológica, recibió instrumentos y educación para que no vuelva a ser víctima de ningún tipo de explotación y elaboró un plan de vida. Ahora, está cerca de cumplir la mayoría de edad, fue reinsertada exitosamente en el sistema educativo y todavía mantiene contacto con la fundación.

En el proceso de restitución de derechos, la amistad se cultiva como una fortaleza. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

En el proceso de restitución de derechos, la amistad se cultiva como una fortaleza. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO.

Daniel Rueda, Rodolfo Pozo y Verónica Supliguicha formaron la institución pues no existían espacios de protección y restitución de derechos a las víctimas de trata. Rueda explica que era necesario crear un lugar que brinde las garantías necesarias para proteger la vida de las adolescentes que fueron explotadas laboral y sexualmente, pues son uno de los grupos de mayor vulnerabilidad.

Plantearon el proyecto y consiguieron el apoyo del Ministerio de Inclusión Económica y Social. Esta entidad no es la única financista de Alas de Colibrí. Se realizan eventos de autogestión, se involucra a la sociedad civil, a la empresa privada, a voluntarios y pasantes.

Al momento, voluntarias y pasantes se han unido al grupo de profesionales que trabaja en la Fundación. Heike Koch y Annika Kilb son dos alemanas que dan talleres de culturas del mundo, gastronomía, inglés, manualidades y juegos. Esta vinculación es muy importante para las ahora 13 residentes de la casa, pues tienen la oportunidad de establecer relaciones saludables y aprenden a confiar de nuevo en las personas.

José Muñoz y María Isabel Salazar son estudiantes de Psicología en la Universidad Católica. Cursan el noveno semestre y eligieron trabajar en la fundación para cumplir con sus prácticas preprofesionales. Al inicio -cuentan- la imagen que tenían de una fundación que trabaja por la restitución de derechos no se parecía ni un poco a la realidad.

Los casos de estas niñas y adolescentes parecen sacados de películas de terror, dicen. Esta experiencia les ha abierto los ojos, ya que la trata de personas, la explotación y la violencia sexual suceden a diario, pero la sociedad tiene miedo de hablar de estos temas.

Pero el paso por el nido de protección es parte de una historia con final feliz. Génesis (nombre protegido) está tres meses en la fundación y está próxima a salir. Durante su estadía, fue incentivada a reactivar los lazos con sus familiares y ellos también aprendieron de los errores que cometieron y que permitieron que la adolescente de 17 años sea víctima de maltratos por parte de su conviviente.

La normalización del abuso, la ignorancia y el silencio de familiares y allegados contribuyen a que estos casos se sigan dando. Por ello, la Fundación realiza talleres de capacitación y concienciación con grupos vulnerables.

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