18 de diciembre de 2016 00:00

Velasco Ibarra vuelve como personaje de dos novelas

José María Velasco Ibarra impulsó la vialidad en el país. En la foto, recorre los páramos de la Cordillera Occidental donde se construía la carretera Tulcán-Maldonado, en 1954. Foto: Archivo / EL COMERCIO

José María Velasco Ibarra impulsó la vialidad en el país. En la foto, recorre los páramos de la Cordillera Occidental donde se construía la carretera Tulcán-Maldonado, en 1954. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Santiago Estrella
Editor (O)

De las tantas definiciones que existen de la literatura, una posible es aquella que la considera como la historia que cuenta lo que la historia no cuenta. Es decir, se escribe sobre las pasiones, los sentimientos y las ideas de quienes habitaron un tiempo y una región. La literatura permite que un autor del siglo XVIII, Pierre Choderlos de Laclos y sus ‘Amistades peligrosas’, hable en la intimidad al lector de cómo fue la Francia de la época a través de la intriga epistolar.

La literatura histórica demanda una exigencia mayor: el escritor debe tener claro ese límite entre la ficción y la realidad, así el lector no debiera preocuparse si lo que lee es historia, politología o sociología, sino simplemente ficción, literatura a fin de cuentas. ‘La Guerra y la paz’, de Tolstói, considerada por muchos como la gran novela histórica, va mucho más allá de la invasión napoleónica a Rusia: importa el enorme tejido social ruso de aquellos años, con la carga de sus dramas interiores en más de 1 000 páginas.

Llamaba la atención, entonces, que, pasados los años, la literatura no se hubiera ocupado de Velasco Ibarra como personaje. Y seguramente fue mejor que así ocurriera. Quizá fue necesario que el tiempo transcurriera para que esa figura tan propia de la política ecuatoriana, que deriva en pasiones irreconciliables, no tuviera un sesgo político tan evidente y que la ficción se volviera creíble.

Este 2016 termina con dos novelas que tienen como eje a Velasco Ibarra. Y las dos tienen orígenes y también suertes distintas que se pueden vislumbrar desde sus títulos. La primera es de Diego Araujo: ‘Los nombres ocultos’, publicada por Rayuela Editores. Contiene el atractivo de lo desconocido. La segunda es de Raúl Vallejo: ‘El perpetuo exiliado’, editada por Random House. Inevitablemente remite a “El Gran Ausente”, la expresión para Velasco que sirvió a Robert Norris para escribir su extensa biografía.

Ya hubo intentos anteriores. En 1964, en Buenos Aires, Alfredo Pareja Diezcanseco publicó ‘Los poderes omnímodos’, en el que aparece Velasco Ibarra bajo el nombre de Alarico Zaragata, pero, como había señalado Edmundo Ribadeneira, era una alusión porque el personaje principal de la novela es el país. También en Buenos Aires, en 1976, Pedro Jorge Vera publicó ‘El pueblo soy yo’, que ya tiene a Velasco Ibarra como protagonista con el nombre de Manuel María González Tejada. En ambos casos, podría suponerse que no escribir su nombre verdadero se debe a que aún seguía vivo.

Las novelas de Araujo y Vallejo se sustentan en una investigación seria. Los autores se empeñan en demostrarlo al publicar también la bibliografía. Es algo muy secundario porque al lector podrían importarle muy poco las fuentes pero sí, y mucho, que el texto sea verosímil. Vallejo incluso llega más lejos, cuando aclara al lector que “el Velasco Ibarra de estas páginas no pertenece a la Historia sino a la Literatura”. En el caso de Araujo, con mucha más modestia, ese límite se convierte en una problemática, no solo para el narrador sino también para el periodista que busca la verdad en torno a una aparente conspiración destinada a matar al Presidente.
Araujo elige un narrador sobrio y fuera de la historia; tiene mucho de crónica histórica y de reportaje periodístico. Si bien nunca se nombra a Velasco Ibarra -será “el Presidente”, “Excelentísimo”- hay capítulos destinados a indagar la soledad del poder, la política y el gobierno en el pensamiento de Velasco, las conspiraciones y hasta su visión desgarradora del amor en un nivel de complejidad y desesperanza. Pero la historia fundamental es la investigación que hace un periodista, Manuel Romero, sobre la muerte de Antonio Leiva, chofer del Presidente, cuyo auto se desbarrancó en la curva de Santa Rosa mientras viajaba a Ambato para traer a Quito a la amante de Velasco, en su primera Presidencia.

Predomina la idea de que fue un asesinato, a pesar de que el poder -como cualquier poder- prefiere dilatar el juicio, que quede como suicidio o, por último, un accidente. Velasco afirma que fue un magnicidio frustrado. Una demorada justicia sentenciará que fue un asesinato, pero no hay autor, no se conoce su nombre. Está oculto y siempre presente, como Velasco flotando en el aire como un eterno presente.

La novela de Vallejo es la historia del amor invencible entre Velasco y Corina Parral a lo largo de las desventuras del exilio o cuando volvía a gobernar en medio de conspiraciones y paranoias. La novela se inicia con la muerte de la mujer que será el anuncio de la próxima ‘muerte por pena’ del expresidente.

El autor califica esta novela como un collage hecho de retazos de textos precedentes. El narrador principal (hablarán varias personas) es el nieto de César Moisés Corral Villafuerte, gobernador de Manabí, quien le entrega unos manuscritos, origen de esta novela.

Tiene algunos momentos que dificultan la lectura: es una novela adjetivada y con aire de aquel que habla como si desconociera la duda (a diferencia de la de Araujo, que es una constante interrogación). Salvo las partes del desencanto de la izquierda por la traición sentida luego de La Gloriosa, es de un velasquismo exacerbado. Padece de momentos cursis, término que el autor no desestima y hasta presiente que así se considerará. Pero su carácter interviniente se convierte incluso en arrogante cuando imagina al lector “con su sonrisa falsa, alistando la parrafada sobre la falta de originalidad de este autor”. Y defiende el recurso del manuscrito encontrado, recuerda que así se escribieron ‘El Quijote’, ‘El Nombre de la Rosa’, etc.

Más desconcertante es el encuentro con Borges. En el diálogo aparecen forzadas todas las frases que son el lugar común cuando se cita a Borges, como la democracia como estadística o el carácter incorregible de los peronistas… Finalmente, recurre a palabras que hacen inverosímil el relato como cuando Velasco y su gente califica como “poderes fácticos” a la prensa o el uso de la palabra ‘pelucón’, que no corresponden a la época.

Altratarse de Velasco, difícilmente se puede hacer una lectura apolítica del texto. De hecho, en ambos libros hay escenas que nos traen a la política actual, por citar dos ejemplos: la imperiosa necesidad de defenestrar a la prensa que no comulga con el ideal, en el caso de Vallejo; o el insólito pedido de Velasco para que lo mataran, en el de Araujo. Y esa relación pasado-presente en una historia política como la ecuatoriana ocurre en la literatura y en las ciencias sociales.

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