4 de febrero de 2018 00:00

Mario Vargas Llosa siempre es un autor ideológico

Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, en 1936. Es el único representante vivo de la generación del ‘Boom’.  Es premio Cervantes, Rómulo Gallegos y Nobel. Foto: Archivo / AFP

Mario Vargas Llosa nació en Arequipa, en 1936. Es el único representante vivo de la generación del ‘Boom’. Es premio Cervantes, Rómulo Gallegos y Nobel. Foto: Archivo / AFP

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Santiago Estrella
Editor (O)

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Muchas cosas se pueden decir de Mario Vargas Llosa. Pero nadie puede poner en duda que es uno de los mejores escritores que ha dado América Latina. Y quizá es de los pocos escritores de quien se puede decir, casi sin titubear, que tiene, no una y ni siquiera dos, sino al menos cinco novelas que podrían tener el carácter de perdurables.

Quizá de nadie más de la generación del ‘Boom’ se pueda decir eso.

¿Gabriel García Márquez? ¿Julio Cortázar? Se puede discutir. Tienen libros extraordinarios, pero quizá no tantos con ánimo de perdurabilidad, como ocurre con Vargas Llosa.

‘La ciudad y los perros’, ‘La casa verde’, ‘Conversación en La Catedral’, ‘Pantaleón y las visitadoras’ y ‘La guerra del fin del mundo’ son la muestra de la gran obra novelística de este autor peruano.

De la narrativa de Vargas Llosa se ha destacado siempre su destreza técnica: intercalación de las voces narrativas, los puntos de vista, las alteraciones temporales. Y lo hace de un modo que, salvo en ‘Conversaciones en La Catedral’, no implica una lectura excesivamente compleja.

Conocer los procedimientos de un escritor siempre será interesante, y más aún cuando es el propio escritor el que se dedica a aclararlos.

Esta es una discusión eterna: ¿por qué un autor lo hace? ¿No bastaría que la obra se explique por sí misma? ¿Por qué tiene que hacerlo? Hay quienes creen que estas aclaraciones son innecesarias y hasta fatuas.

Con el último libro de Vargas Llosa, ‘Conversación en Princeton’, cuya primera edición data de septiembre del año pasado, Vargas Llosa da pautas para entender su obra en su diversa magnitud.

Se trata de las clases que dio en esa universidad estadounidense, en donde además reposan sus manuscritos, ante un reducido grupo de estudiantes, con el profesor Rubén Gallo.

El tema era Literatura y Política en América Latina. Y se dedicaron a desentrañar cinco novelas suyas: ‘Conversación en la Catedral’, ‘Historia de Mayta’, ‘¿Quién mató a Palomino Montero?’, ‘El pez en el agua’ y ‘La fiesta del Chivo’.

Los estudiantes, además, tuvieron el privilegio de encontrarse con poemas escritos en la infancia, sus primeras crónicas periodísticas (de box o de corrupción en las farmacias), que el autor ya había olvidado y hasta sentía cierto pudor de que se los haya descubierto.

Si bien no se puede decir que Vargas Llosa ocupa un lugar prominente en la crítica (a pesar de ‘La orgía perpetua’ o ‘Historia de un deicidio’), llama la atención cómo va revelando los recursos que debió emplear pensando en un hipotético lector, las omisiones necesarias, las tres versiones que cada novela suya tiene.

Quizá lo más destacado para entender la técnica está en el capítulo dedicado a ‘Conversación...’ Fue escrita para revelar la descomposición del Perú con la dictadura de Manuel Odría (1948-1956) y el periodismo frívolo que se ejerció en ese tiempo como una política para evitar que los ciudadanos ejercieran una actitud crítica.


Pero también cómo se fue construyendo la novela: fragmentos que se iban uniendo pero que carecían del hilo conductor que le diera sentido. Pasó años buscando ese elemento, hasta que apareció el que da el título: la conversación en una cantina llamada La Catedral.

Algo interesante es un elemento común en su literatura. Si bien siempre dijo que el estadounidense William Faulkner fue otro de sus grandes maestros, será de Ernest Hemingway de quien tomó un recurso permanente: el dato escondido, que quiso destacar en ‘La fiesta del Chivo’: “El dato siempre está ahí, pero como una ausencia que marca profundamente su entorno, que está más presente de lo que ocurriría si saliera a la luz”.

En el libro se revela una constante en el Vargas Llosa de izquierda y en el Vargas Llosa de derecha. Fiel a la influencia del maestro de sus lecturas juveniles, Jean-Paul Sartre, no deja de escribir una literatura comprometida.

“Sartre demostró que la literatura no era un placer gratuito sino un instrumento que arma al lector para entender la realidad, porque le abre una visión ética, una visión moral. Por eso la literatura en particular y la cultura en general resultan indispensables”.


Vargas Llosa es un escritor ideológico en sus novelas. En el caso de las estudiadas en el seminario de Princeton, devela cuáles son sus preocupaciones de hombre que adhiere a las ideas liberales.

Las conversaciones conllevan toda una idea de la importancia de las democracias, aunque imperfectas, siempre serán mejores que cualquier dictadura.

Y si de algo sirven las dictaduras y los regímenes corruptos, es, precisamente, que dan paso a una literatura más interesante, más beligerante, con mayores retos que escribir cuando se vive en países prósperos. Sabe bien que desde Joyce o Faulkner, la literatura -la novela en particular- no es algo ingenuo.

El Vargas Llosa político resulta menos interesante que el literato. No encuentra ninguna dificultad en comparar los países cultos de los países incultos, por ejemplo, o civilizados e incivilizados. Es que este gran escritor peruano, como buen sartreano, sabe que la literatura es también un compromiso.

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