24 de marzo de 2017 00:00

Universidad de Cuenca investigó a saraguros, cañaris y otavaleños

Los otavaleños se instalaron en los portales del barrio de San Francisco, en el Centro Histórico de Cuenca. Foto: Lineida Castillo/EL COMERCIO

Los otavaleños se instalaron en los portales del barrio de San Francisco, en el Centro Histórico de Cuenca. Foto: Lineida Castillo/EL COMERCIO

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Lineida Castillo
Redactora
(F-Contenido Intercultural)

En el imaginario de los cuencanos no hay indígenas en la zona urbana de esta ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad, aunque están allí. A esa conclusión llegó una investigación realizada por el programa Prometeo de la Universidad de Cuenca.

El estudio se denominó Indígenas en el contexto urbano de Cuenca: cañaris, saraguros y otavaleños. Este reveló que los dos primeros grupos viven invisibilizados y los últimos -pese a ser una población menor que las otras- sí son identificados, pero como otavaleños y no como indígenas.

La razón es que -pese a mantener su atuendo típico y lengua nativa- siempre vivieron como ocultos en la ciudad, por eso pasaron desapercibidos. En cambio, los otavaleños se visibilizaron por su actividad comercial alrededor de la venta de la diversidad de textiles.

Los Yacelga, De la Torre y Santillán fueron las primeras familias que arribaron a Cuenca -desde las comunidades de Ilumán y Ágato hace 48 años- para vender textiles y se quedaron. Abrieron su mercado artesanal en los portales de la plaza de San Francisco.

Con el tiempo se agruparon en la Asociación de Tejidos Otavaleños, que tiene 28 socios. Ellos ocupan un espacio emblemático del Centro Histórico donde venden los más variados y coloridos tejidos.

Los tres grupos étnicos son kichwa hablantes y mantienen el principio de la vida en comunidad. Es decir, marcan territorio alrededor de una zona donde rentan casas y comparten cuartos para estar unidos, dice Piedad Vásquez, exdirectora de Derechos Humanos de la Universidad de Cuenca.

Para la investigación se entrevistó a 50 indígenas de la zona urbana, 15 agentes sociales vinculados a estos grupos y cruzaron información con las cifras socioeconómicas del último censo.
El resultado del estudio confirmó que los otavaleños que viven en Cuenca -posiblemente por su actividad comercial- no optaron por niveles superiores de estudios.

En cambio, los cañaris y saraguros llegaron a la capital azuaya a la par que los otavaleños, pero por estudios universitarios. Algunos alcanzaron niveles hasta de posgrado como docentes, médicos, arquitectos, investigadores, odontólogos… y laboran en instituciones públicas y privadas.

El saraguro Ángel Japón, por ejemplo, es profesor de filosofía en la Universidad de Cuenca, mientras que otros indígenas como Luis Vacacela, Luis González, Alonso Minga y William Sarango tienen consultorios particulares. Japón reconoce que esta ciudad les ofreció oportunidades laborales.

De allí que, dice Vásquez, la actividad económica desempeñada por cada grupo étnico jugó un papel importante en los niveles de visibilización.

Otros saraguros y cañaris se dedican a las ventas en los mercados. La cañarense María Baculima, de 47 años, es un ejemplo. Ella vive en Cuenca desde hace ocho años y labora como vendedora en la Feria Libre de El Arenal. Dos veces por semana recibe productos que cultivan en su tierra natal como papas, granos y legumbres y los comercializa.

En este mercado, el más grande de la ciudad, es común encontrar indígenas que laboran como informales y estibadores, principalmente.

Por eso, dice Vásquez, los mercados jugaron un papel central en la interacción de las poblaciones indígenas.Ellos rentan una suerte de ‘conventillos’ o bodegas grandes y viven en especie de comunidad porque comparten espacios, trabajos y hasta alimentos.

Por lo general, practican deportes como el fútbol o ecuavóley los fines de semana y así se mantienen unidos.

La investigación también determinó que desde hace pocos años -tras la lucha indígena- hay una reivindicación y una visión de orgullo de ser otavaleño, cañari o saraguro.

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