26 de noviembre de 2017 00:00

Los últimos días de González Suárez

El monumento a González Suárez se levantó inicialmente en la plaza de San Francisco. Estuvo ahí hasta 1944. fotografianacional.gob.ec

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Enrique Ayala Mora

El 1 de diciembre de 1917, hace cien años, murió el arzobispo de Quito Federico González Suárez. Había sido el más notable e influyente ecuatoriano de su tiempo.

“Nadie ha tenido en el Ecuador mayor fuerza moral, ni los estadistas, ni los militares, ni los hombres de ciencia. Con una sencilla carta desbarataba una revolución, con su consejo al pueblo alejaba los horrores de la guerra civil, con una amonestación congregaba a todos los ecuatorianos para la defensa del suelo de sus mayores”, decía Luis Felipe Borja, hijo. “Y esto lo hacía un sacerdote humilde desde su humildísima vivienda, sin otras armas que la sabiduría y la virtud”.


Para llegar a ello había tenido una niñez de pobreza extrema en su nativa Quito, una sacrificada formación humanística y religiosa, el esfuerzo de producción de la mayor obra histórica del país y una serie de luchas y enfrentamientos político-confesionales.



Activo hasta el final


Desde que se posesionó como arzobispo de Quito en 1906, González Suárez había llevado una vida intensa.

Reorganizó la Iglesia frente la implantación del Estado Laico, apoyó la educación católica y la organización artesanal, reeditó sus escritos y publicó nuevos, impulsó a sus discípulos de la Sociedad Ecuatoriana de Estudios Históricos Americanos y estuvo atento a la política nacional.
Pero a sus 73 años, para entonces ya una edad avanzada, la afección al estómago que había tenido toda su vida se agravó.

Por prescripción médica rebajó el ritmo de trabajo, pero el fin era inevitable. La uremia avanzaba. Consciente de ello, se dedicó a reformar su testamento y a ordenar papeles importantes.

Se interesó porque se dieran ejercicios espirituales al clero y que se avanzara en el proceso de coronación de la Virgen de La Merced.
Su secretario, el presbítero José Ignacio Jarrín, autor del relato de la muerte del prelado que seguiremos en este artículo, dice que el 3 de octubre pidió el sacramento de la extremaunción, que le administró Carlos María de la Torre, obispo de Loja, antes de emprender viaje a su diócesis.



El testamento


Pese a su debilidad, el Arzobispo hacía esfuerzos para vestirse y dar unos pasos a su estudio. Allí, el 9 de octubre, firmó su testamento ante el escribano y lo entregó al Dr. Alberto Acosta Soberón, notario eclesiástico. Le dijo a su secretario: “He querido que Usted presencie este acto para que, como a Secretario, le conste que el Arzobispo de Quito ha cumplido la obligación de ­hacer testamento”. Desde el 10 de octubre ya no abandonó su lecho.


El 12 de octubre declaró que quería morir en la fe católica. “Pronto compareceré, añadió, ante Dios, Juez Supremo, y declaro solemnemente que no tengo que arrepentirme de mi conducta en lo político…”. Dijo también: “Siempre, y en todos mis actos, no he tenido sino la gloria de Dios y lo que creí mejor para el servicio de la Iglesia”. Pidió que su entierro fuera sencillo, sin coronas fúnebres ni luz eléctrica. 
Dos veces al día se rezaban las oraciones del Ritual Romano; se turnaban los obispos de Cuenca, Manuel María Pólit, y de Ibarra, Alberto María Crespo, canónigos y miembros de las órdenes religiosas.

De Ibarra vino su querido amigo, que había sido su vicario general en Ibarra, Alejandro Pasquel Monge. Por especial deferencia, se alojó en el Palacio y lo acompañó todo el tiempo.



La agonía


Durante el mes de noviembre, el deterioro de su salud se aceleró. Tuvo ataques de tos, ahogos y vómitos. Hablaba poco. Pero el 27 por la noche halló fuerzas para recomendar que se le buscara servicio doméstico al obispo de Ibarra, de modo que no sufriera como él cuando ejerció esa función.

También tuvo energía para decir: “Por justicia, declaro que en mi enfermedad al corazón mucho influjo tuvieron los sufrimientos que me proporcionaron mis enemigos. Sufrí callado, sin decir nada a nadie, pero ahora la conciencia me obliga a manifestarlo claramente y dejo todo a Dios”. 
El 29 recibió la comunión por última vez.

El 30 tuvo una leve mejoría. Preguntó si se le había enviado telegrama de felicitación por su onomástico al obispo de Guayaquil. A las diez de la noche preguntó si ya había llegado a Loja el obispo de la Torre. Le informaron que no y dijo que lo compadecía por el viaje en malos caminos.


A las dos de la mañana del 1 de diciembre estaba en agonía. Acudieron a su cuarto varias personas y el Obispo de Cuenca le dio la bendición papal. El enfermo besó la cruz balbuciendo palabras que no se entendieron. El obispo Pólit empezó una misa en la capilla del palacio. Quedaron en la habitación del agonizante, el padre Jarrín, el canónigo Pasquel y el padre Martínez.


A la cuatro de la mañana se precipitó el fin. Jarrín, que rezaba en su oído, dice: “Al último añadí: ‘Cúmplase, Señor, tu santísima voluntad’ y le di la absolución. Lo propio hicieron el señor canónigo y el P. Martínez”. No había concluido la misa en la capilla cuando el Arzobispo estaba muerto.



El duelo


El hecho impresionó a quienes lo presenciaron. Pasquel escribió: “Uno de mis anhelos había sido siempre ver cómo es el morir de un hombre de veras grande. Lo he visto ya… He contemplado a González Suárez en el acto solemne de partir a la eternidad…”.

En pocas horas, por telégrafo, la noticia llegó a toda la República y llovieron las condolencias.
Al comunicar el hecho al presidente de la República, Alfredo Baquerizo Moreno, el vicario dijo: “El Ilmo. Sr. González Suárez ha sido el más sabio entre nuestros compatriotas”. El Presidente respondió que el fallecimiento del “sabio historiador y eminente ciudadano” era motivo de duelo nacional, ya “que priva a la República de uno de sus más preclaros hijos”.

En acto excepcional, pese a que no había relación Estado-Iglesia, se hizo presente en el velatorio del prelado. 
Todas las diócesis y parroquias, instancias públicas, cuerpo diplomático, municipios, establecimientos educativos, gremios de trabajadores y el común del pueblo expresaron su pesar y quienes estaban en Quito acudieron al multitudinario funeral en la Catedral Metropolitana, donde fue sepultado y luego se levantó un cenotafio al arzobispo fallecido.


La memoria 


Federico González Suárez tuvo una larga y dolorosa agonía. Conservó la conciencia hasta los últimos momentos. Tuvo tiempo para prepararse para el hecho y dejar en regla muchos asuntos personales y eclesiásticos. Quizá se ­ima­ginó que el país conservaría su memoria.


En efecto, se lo declaró Símbolo del Maestro Nacional, se levantaron varios monumentos suyos en toda la República. Apenas si hay poblado donde una calle no lleve su nombre. Su obra y sus discípulos son referentes de la disciplina y orientan el contenido de la enseñanza. Su mayor legado es la defensa de su criterio histórico y su capacidad de ejercer la crítica, incluso de la Iglesia y del clero de los que fue parte.

* Enrique Ayala Mora, historiador, profesor universitario, presidente del Colegio de América, Sede Latinoamericana.

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