3 de septiembre de 2017 00:00

La última morada del mariscal Antonio José de Sucre

La Muerte de Sucre en Berruecos (1895), óleo de Arturo Michelena (1863-1898). Foto tomada en la Galería de Arte Nacional Venezuela. Foto: Wikipedia

La Muerte de Sucre en Berruecos (1895), óleo de Arturo Michelena (1863-1898). Foto tomada en la Galería de Arte Nacional Venezuela. Foto: Wikipedia

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Amílcar Tapia Tamayo* (O)

"Uno de los mayores errores de la humanidad es la ingratitud, cuya sombra pretende cubrir, sin conseguirlo, la grandeza de sus más prominentes hijos". Así se expresaba Madelaine Groseau, escritora francesa del ­s. XIX, menospreciada por la sociedad burguesa de París en 1829, debido a su condición de mujer.

Efectivamente, pronto nos olvidamos de nuestros héroes, y más aún de quienes nos dieron libertad a costa de su propia vida. Esto es lo que ocurre, sin lugar a dudas, entre otros, con la figura del mariscal Antonio José de Sucre.

Si bien es uno de los prohombres más próximos a la memoria social de los ecuatorianos, las nuevas generaciones, de forma paulatina, van olvidando su obra y sacrificio en bien de la libertad de nuestros pueblos. No pretendemos, por ahora, hacer un análisis de los antecedentes de su asesinato ni de sus victimarios, ocurrido el 4 de junio de 1830 en las selvas de Berruecos, lugar cercano a la actual ciudad de Pasto, en Colombia.

Nos interesa comentar sobre los hechos que permitieron que ahora sus restos descansen en la Catedral Metropolitana de Quito, lugar visitado por propios y extraños, sin mucha idea sobre la importancia del personaje que reposa en tan respetado catafalco.

Cuando el Mariscal de Ayacucho fue victimado por quienes veían en él un gran peligro para sus intereses personales y políticos, su cuerpo fue abandonado luego de que recibiera algunos balazos que destrozaron sobre todo su cabeza. Así lo señaló el cirujano del Batallón Vargas, Alejandro Floot, quien el 6 de junio de 1830 practicó el reconocimiento médico. “…resultó de él que el cuerpo tenía tres heridas: dos superficiales en la cabeza, hechas con cortados de plomo, y una sobre el corazón, que ­causó la muerte (fue del lado derecho), todo con arma de fuego” (Grisanti, Ángel, ‘Procesos contra los asesinos de Sucre’, p. 291).

El cuerpo de Sucre, tras su asesinato en el sitio La Venta, permaneció en media selva por espacio de 24 horas, debido a que los demás miembros de su comitiva huyeron buscando salvar sus vidas. Su fiel ‘negro Caicedo’, al “ver a su amo muerto, decidió buscar ayuda inmediata entre la gente de La Venta, cuyos habitantes tuvieron temor de ser también asesinados, razón por la que se negaron a prestar colaboración”. (Muriel, Joseph, ‘El crimen de Berruecos’, p. 72).

Al día siguiente, sábado 5 de junio, regresó Caicedo con dos vecinos, tomaron el cuerpo inerte y lo llevaron a otro punto denominado La Capilla, dentro del mismo bosque. “El negro le quitó un pantalón de encauchado y unas botas de montar, sin duda para que no fuesen robados(…) lo enterraron sacándole antes la chaqueta(…) Hubo una precaución: con dos palos verdes, cortados ese momento, hicieron una cruz y la clavaron sobre la improvisada sepultura” (Alfonso Rumazo González, ‘Sucre, gran Mariscal de Ayacucho’, p. 246)

Mientras esto sucedía, en Quito, su esposa Mariana Carcelén esperaba el arribo de su marido, quien debía llegar de Bogotá. Ella tenía 25 años de edad, dos de casada y una hija, Teresita, de 11 meses de edad. La infausta noticia le fue dada por el diputado José Andrés García, quien se hallaba en la comitiva del Mariscal cuando fue abaleado. “El alma delicada de Sucre, herida por la calumnia, amargada por la ingratitud, marchita por la traición, suspiraba por la paz del hogar doméstico; allí, el vencedor de Ayacucho esperaba encontrar reposo, dejando caer su cabeza dolorida en el seno de su noble y casta esposa” (Federico González Suárez, Discurso en la catedral de Quito, el 4 de junio de 1900 Cfr. Rumazo, p. 250).

De inmediato, la Marquesa de Solanda dispuso que un grupo de gente de su mayor confianza viajara para recuperar los restos de Sucre. Partieron Isidro Arauz, mayordomo de su hacienda llamada El Deán; Caicedo, el fiel asistente del Mariscal, y varios peones, quienes tenían la orden de traer su cadáver de la manera más reservada posible, para evitar la profanación de tan valiosos despojos.

Para ello viajaban solo por las noches. Sobre el cuerpo se regó cal viva para evitar la putrefacción, y así llegó al oratorio de la hacienda. Más tarde, Mariana Carcelén logra “que Fray Manuel Burgos, conventual de San Francisco, agilite el trámite para supuestamente enterrar los restos de Sucre en una de las bóvedas del convento (...) años más tarde, se comprobó que no hubo tal entierro; sin embargo, se mira la bondad de los religiosos para acceder a tan especial pedido…” (Fray Serafín Cartagena, ‘Relatos íntimos del convento quiteño’, inédito, p. 21. Ver biblioteca del convento de San Francisco).

Años después, la Marquesa traslada sus huesos de manera muy sigilosa al convento del Carmen Bajo, en Quito, en donde fueron sepultados delante del altar de la iglesia. La superiora de esa comunidad de monjas de clausura, María de la Concepción Jamesson, le contó a Federico González Suárez: “La señora Marquesa, la señora Marianita, solía venir acá, y aquí lloraba en silencio por Sucre, acordándose de él y de cómo lo mataron: mandaba a celebrar misas y hacer sufragios por su alma. La última vez que vino la señora, estuvo en mi celda y lloró más que otras veces” (Ibid. Rumazo, p. 251)

El padre Juan Frías, mercedario, deja sentada una nota en el sentido de que “…cuando estuve en Ibarra informé a S.E. el Sr. Obispo González Suárez de que Rosario Rivadeneira conoce los pormenores de la ubicación de los restos de S.E. el Sr. Mariscal Antonio José de Sucre, los cuales, según su versión, se hallan enterrados frente al altar de la iglesia de las Carmelitas del convento llamado Carmen Bajo de Quito, de lo que también saben los señores Dr. Alejandro Melo y César Portilla, quienes fueron informados por el mayordomo de la hacienda El Deán, de propiedad de la señora Marquesa de Solanda, fallecida el 15 de diciembre de 1861 y enterrada en el cementerio de El Tejar de nuestra comunidad…” (Archivo Histórico del Convento de la Merced de Quito. ‘Informes y varios de Convento Máximo. Año del Señor de 1899’. Hoja suelta. Nosotros la signamos con el número 76).

“El 24 de abril de 1900, a las dos de la tarde, es descubierta y puesta a la contemplación y veneración del público, la caja que contenía los restos del Mariscal Antonio José de Sucre, que hacía 70 años se ignoraba el lugar en que se encontraban”, (Federico Trabucco, ‘Síntesis histórica de la República del Ecuador’, p. 613)

Cuando Eloy Alfaro conoció del particular, y en común acuerdo con monseñor Pedro Rafael González Calisto, hizo que los despojos fueran ­trasladados en gran procesión desde El Carmen hasta la ­iglesia Catedral el 4 de junio, ani­versario de su muerte, en donde reposan hasta nuestros días, recibiendo los testimonios de gratitud y respeto del pueblo ecuatoriano. El poeta Manuel María Madiedo dice en uno de sus versos dedicados a Sucre: “Fuiste el amigo del sin par Bolívar./ El dios querido del soldado eras./ Bella esperanza de las almas nobles./ Templo de gloria”.  

*Doctor en Historia. Correspondiente de la Academia Nacional de Historia Militar.

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