21 de noviembre de 2015 00:00

Las costumbres de los tsáchilas llegan a los bares

En el bar Margarita se destacan las mesas amobladas con bancas  hechas de troncos. Foto: Juan Carlos Pérez/ EL COMERCIO.

En el bar Margarita se destacan las mesas amobladas con bancas hechas de troncos. Foto: Juan Carlos Pérez/ EL COMERCIO.

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Bolívar Velasco
Redactor
(F - Contenido Intercultural)

En Santo Domingo de los Tsáchilas los restaurantes y bares introdujeron un concepto diferente en sus fachadas, a partir de las costumbres de la nacionalidad tsáchila.

Hoy, esa premisa de la etnia ya no solo se observa en sus comunas, sino en los establecimientos más concurridos.
La paja toquilla, la caña guadúa y las especies maderables endémicas empezaron a aparecer hace tres años en cabañas, sillas, hamacas, paredes...

Los visitantes de estos lugares llegan fascinados por la arquitectura de aspecto antiguo y los retoques finos que sobresalen en sus superficies.

En la ciudad hay al menos seis lugares que acogieron este estilo, aunque también hay patios de viviendas en los que se han adaptado similares espacios. El café bar Margarita es uno de los referentes de esta tendencia, en la calle Pallatanga.

La construcción tomó forma hace dos años, bajo la asesoría del tsáchila Budi Calazacón. Él fue invitado por sus amigos Óscar y Juan Jácome para que les ayudara a montar la ­infraestructura, que hoy ocupa unos 600 m².

En el sitio no cabe espacio ­para otro elemento que no sea los que utilizan los tsáchilas. Calazacón recuerda que, por ejemplo, la choza de 12 m² fue construida con la madera de una de las casas que se demolió en una comuna tsáchila.

En sus costumbres, los maderos de muchos años de existencia atraen buenas energías y prosperidad en el entorno.

Una hamaca de caña guadúa es el ‘anzuelo’ que muestra la casa de Cristóbal Zambrano. Foto: Juan Carlos Pérez/ EL COMERCIO.

Una hamaca de caña guadúa es el ‘anzuelo’ que muestra la casa de Cristóbal Zambrano. Foto: Juan Carlos Pérez/ EL COMERCIO.

Juan Jácome cuenta que las relaciones con los nativos se han afianzado; que incluso se hacen tours para mostrar que su local es una referencia de la rica arquitectura tsáchila.

Cristóbal Zambrano montó una pequeña choza en el patio de su vivienda, ubicada en el km 6 de la vía Santo Domingo de los Tsáchilas-Quevedo.

Además de las covachas con paja toquilla, sobresale una hamaca elaborada con la caña guadúa que extrajo de la comuna tsáchila Chigüilpe.

Aunque no descarta en un futuro convertir el sitio en una pequeña hostería, el espacio lo acondicionó por lo llamativo que le parecieron los centros ceremoniales tsáchilas que visitó hace dos años.

Para Zambrano, se trata de una iniciativa amigable con el medioambiente y una forma de replicar la cultura de los nativos de Santo Domingo.

Y dice que en los próximos meses terminará de retirar las construcciones de cemento que tiene su infraestructura. En medio de estos cambios, Budi Calazacón encontró una oportunidad para comerciar los elementos necesarios para las construcciones.

Dentro de su etnia, él es el contacto con las personas que buscan, sobre todo, la paja toquilla para sus acabados. Cuando tiene un contrato, se organiza con las familias de su comuna para sacar del bosque el material suficiente que demandan los clientes.

Antes del uso, el producto debe pasar por un proceso de secado y de purificación.

“No solo sacamos de la planta y la entregamos. Debemos tener una autorización, que termina con un rito donde agradecemos las bondades de la madre naturaleza”, comenta. Clientes de estos locales, como Ivana Jines, dice que tomar un vino respirando el olor a madera es fascinante.

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