10 de mayo de 2018 00:00

Testimonios conservan la oralidad montuvia

Selidenia Rezabala, Gertrudis Sornoza y Enrique Cañas son tres manabitas que componen versos y chigualos. Una universidad recopila sus conocimientos. Fotos: cortesía El Diario Manabí.

Selidenia Rezabala, Gertrudis Sornoza y Enrique Cañas son tres manabitas que componen versos y chigualos. Una universidad recopila sus conocimientos. Fotos: cortesía El Diario Manabí.

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El Diario (Manabí) 
(F-Contenido Intercultural)

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Decenas de cuentos, canciones y chigualos están en la memoria de mujeres y hombres manabitas que se sienten orgullosos de estos conocimientos tradicionales.

Docentes y estudiantes de la Unidad de Cultura de la Universidad Técnica de Manabí (UTM) recogen estos versos y experiencias de vida para el Archivo de la Memoria, que tiene esta institución.

Para obtener los registros se realizan entrevistas a los conocedores en sus viviendas. Durante las grabaciones, muchos cuentan que la composición de versos aún les resulta sencilla, pese a su avanzada edad.

Este es el caso de Enrique Cañas, de 82 años. El hombre -que se identifica como montuvio- nació en Mocora Grande, del cantón 24 de Mayo. Es un abuelo amigable y risueño que hace gala de su coquetería.

Cada capítulo de la vida de Cañas es una novela de cuentos que alimentan la tradición oral de su sector.

Desde niño, este montuvio de cepa colecciona historias en su mente. Algunos cuentos, según él, se le han borrado, pero su certeza queda desvanecida cada vez que narra un nuevo relato. A la memoria de Cañas viene todo tipo de historias del campo, animales y hasta relacionadas al diablo, que jura se le presentó hace años.

Algunos de sus cuentos son ‘La onza, el tigre y el león’ y el del ‘Pollito con el baulito de plata’. Con estos relatos, Don Enrique se va de largo.

El gusto por contar historias, acompañadas de melodías, también caracteriza a Selidenia Rezabala, de 72 años. Ella se siente orgullosa de ser montuvia y de su don para componer amorfinos, chigualos, tonadas, versos y canciones.

Entre risas, ella recuerda cómo conoció a su esposo (que ya falleció) y cómo se enamoró de él. “En los bailes”, dice, aunque recuerda que ya le “había pegado el ojo” cuando trabajaba en la casa del padre de él.

Los chigualos y las rondas fueron después una forma de demostrar el gusto mutuo, como parte de esa identidad manabita que la ha acompañado toda su vida. Ella recuerda que él la sacaba a bailar y que se enviaban cartas, porque en los bailes no podían conversar.

Ese romanticismo que la ha caracterizado desde siempre es tan innato como el talento que tiene para componer. “Cuando estoy haciendo los oficios se me ocurre algo y lo voy anotando en la carpetita”.

Gertrudis Sornoza no guarda sus composiciones en escritos, sino en su mente. La mujer, nacida en El Empalme, recuerda un sinnúmero de versos que recita de forma natural. Pero si alguien le pregunta quién le enseñó a hacerlos o a recitarlos, ella responde que nadie ni siquiera su mamá.

Ese talento se lo atribuye a su buena memoria, de la que considera, muchas personas carecen actualmente. “Ahora la gente no aprende nada. Si saben algo son malos vicios, pero ya no. Antes no era eso”.

Sornoza se considera experta para las rimas y no pierde la oportunidad para demostrar su habilidad con las palabras en cualquier conversación. En cada respuesta, ella recita una estrofa costumbrista de alguna de sus vivencias, en la que predomina la galantería y sucesos de la cotidianidad que resume en varios versos.

Lo mejor para Sornoza eran los chigualos y la temporada navideña, cuando predominaban los pesebres y rezos para honrar el nacimiento del niño Jesús. “Cantábamos todas las tardes, de noche, y el que era divertido hacía hasta una fiesta. Bailábamos bastante”.

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