4 de febrero de 2018 00:00

El terror permite intuir lo distinto

Álvaro Alemán, en una de las bibliotecas de la Universidad San Francisco de Quito, en donde da clases en varias materias relacionadas con las humanidades desde hace 20 años. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

Álvaro Alemán, en una de las bibliotecas de la Universidad San Francisco de Quito, en donde da clases en varias materias relacionadas con las humanidades desde hace 20 años. Foto: Vicente Costales / EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán
Para EL COMERCIO (O)

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Es muy temprano en la mañana, el sol es deslumbrante y el cielo intensamente azul le hace juego (una pareja de postal, vista desde algún punto de Cumbayá).

El lugar donde nos sentamos a conversar huele a desayunos (varios) recién hechos.

En medio del trajín y la belleza del paisaje, nada indica que, acompañado de un capuchino, un jugo de naranja y un croissant, Álvaro Alemán hace una disección erudita y amena del terror.

¿El terror es una emoción de la que solo somos capaces los humanos?


Hasta que tengamos confirmación distinta, sí. A ver, el argumento tiene dos aspectos; hay uno que es más bien de índole biológica, en el que el terror está íntimamente vinculado con el miedo, y el miedo es uno de los afectos primarios, que tiene un corolario en la respuesta a él: la fuga o la pelea.

Ante un estímulo fuerte que amenaza la vida de un ser existen estas dos posibilidades de respuesta.

Es más una reacción de índole evolutiva, que tiene ver con la supervivencia. Y también hay una respuesta estética que ofrece en uno de los momentos elevados del Romanticismo la novela inglesa fundamentalmente, en donde se establece una relación directa entre el terror y lo sublime.

La idea, ahí, es que hay un vínculo entre el miedo y su derivación en terror y la experiencia de la belleza extrema.

¿Cómo?

Ann Radcliffe, una novelista británica, una de las iniciadoras del género gótico, señala que lo que caracteriza la experiencia humana es la experiencia de lo sublime.

(Rainer Maria) Rilke también hace una alusión a cómo la belleza es una especie de puerta de iniciación al terror. ¿Podrías desarrollar un poco esa idea?

El terror está, para Radcliffe y otros teóricos, vinculado con la experiencia de lo desconocido, el inminente contacto con algo asombroso pero todavía no experimentado. Y eso está directamente vinculado con la experiencia de lo bello.

No parecería que tienen relación, en todo caso.

Bueno, es que ahí directamente el asunto no es con lo bello sino con lo sublime. Y lo sublime se define como la imposibilidad de definir una experiencia íntima, sobrecogedora.

Freud hablaba de un sentimiento oceánico, lo que uno siente cuando está en contacto con las fuerzas de la naturaleza más asombrosas pero que literalmente se presentan como un límite a la expresión.

Entonces, uno no puede decir qué es pero lo siente, en las fibras, íntimamente. Pasa un asunto similar con el terror, que es esta anticipación, este momento de llegada antes del contacto con el ser. Ahí hay un vínculo muy interesante. Y para Radcliffe es precisamente eso lo que caracteriza la experiencia humana.

Sentimos miedo como un mecanismo de autoprotección; ¿para qué nos sirve sentir terror?, ¿tiene alguna función?

Bueno, está la función estética de lo sublime. Uno podría teorizar esto como la experiencia del umbral. El poder llegar al límite y entender por un lado la desproporción que existe entre la existencia del universo y la existencia humana. Y, claro, el debate siempre alrededor de la función estética es: ¿de qué sirve? No hay una respuesta, lo que existe es más bien una afirmación de esa experiencia como una característica básica de la especie, pero que no reporta utilidad necesariamente; utilidad entendida en un sentido biológico.

O sea que el terror es, definitivamente, una manifestación de la cultura.

Sí, evidentemente. Si uno lo piensa en términos evolutivos, ahí habría unos argumentos a largo plazo, ¿no? Tal vez no hay un aporte inmediato, pero a largo plazo posiblemente es una manera de intuir la presencia de algo distinto o más grande que nosotros.

¿Cuáles han sido las grandes fuentes de terror en la historia de la humanidad?

Ahí hay que diferenciar entre el terror como una construcción literaria o artística y el miedo extremo. Entonces, el terror propiamente es una elaboración cultural que empieza a ser teorizada en el siglo XVIII. Y el miedo extremo, yo diría que nos ha acompañado desde nuestros inicios por la condición vulnerable de la especie humana, antes de los desarrollos posteriores que nos llevan a emplear tecnología y de esa manera diferenciarnos de las demás especies, y en particular de los depredadores. Yo creo que la instancia fundamental de terror para nuestra especie es la memoria atávica de ser cazados y de ser víctimas de especies superiores que, en su momento, nos utilizaban como alimento. Creo que todavía hay una memoria de eso.

¿Y qué piensas de la religión como una gran fuente de terror? Tal vez se nota menos en este mundo recientemente secularizado, pero durante siglos fue así.

Claro, el terror está también conectado con lo sobrenatural y la religión. De alguna manera, aparece como un regulador de esos fenómenos, como una entidad que tiene la capacidad de dar cuenta de la presencia de lo sobrenatural, y legislar sobre él y manipularlo. Entonces, el terror sobrenatural es una extensión del terror material que uno siente ante amenazas inmediatas.

En la actualidad, ¿cuál identificas como una gran fuente de terror?

A mí me parece que en el mundo contemporáneo hay esta derivación del terror hacia el ámbito de lo político, ¿no? En la forma del terrorismo. De manera que en el mundo secular, urbano, contemporáneo, en gran medida absorbido por la comunicación tecnológica, el terror yo creo que está focalizado en la figura del terrorista, del terror como un instrumento político para provocar la inmovilidad del otro y poder imponer su propia voluntad. Esto se ha globalizado y la figura del terrorista ha desplazado otros modos de terror, se ha vuelto público en un sentido en que el terror literario nunca lo fue; más bien apuntaba al ámbito de la intimidad, de lo privado. Uno sentía miedo en su fuero interno, lo sentía como parte de su orientación existencial, lo sentía de manera privada, esto se manifestaba de manera más fuerte respecto del aislamiento individual del sujeto. El terror público, el terror político, es otra especie.

¿Por qué tendemos a asociar mucho el terror con experiencias paranormales, cuando el comportamiento humano puede ser realmente terrorífico?

Bueno, Fredric Jameson dice literalmente: estamos incapacitados de poder observar el presente. Hay un bombardeo de datos, de estímulos, y estamos además viviendo un período de transición cultural gigantesco, en el que pasamos del mundo impreso al digital. Hay tantas circunstancias simultáneas que tienen capacidad de modificar las relaciones existentes de forma radical, que literalmente no percibimos lo que está alrededor nuestro. No podemos pensar históricamente el presente.


¿Este es un fenómeno moderno?

Sí, y posmoderno en particular. Y esa incapacidad requiere que podamos penetrar en lo contemporáneo haciendo estas operaciones de desplazamiento imaginativo que nos permitan, con las distancias culturales y cronológicas respectivas, regresar a ver y entender lo que está pasando en este momento. Ese ejercicio del terror, donde nuestra incapacidad de entender lo terrorífico del presente nos impulsa a tratar de imaginarlo en el pasado o en el futuro.

O fuera de la sociedad.

Claro, o en una circunstancia por fuera de nuestra experiencia cotidiana.

¿Qué te aterroriza?

Chútica, un montón de cosas. Me aterroriza sobre todo la pasividad con que el mundo contemporáneo y las nuevas generaciones observan la inminencia de la catástrofe ambiental y no la conectan con el sistema económico. Es como si estuviéramos caminando lentamente hacia un abismo, y conocemos perfectamente cuál es la causa que nos lleva a ese abismo. Pero estamos aturdidos por una cultura de embobamiento, que nos ensimisma sobre lo inmediato, que no presenta visos de solución y no hacemos nada.

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