2 de mayo de 2016 16:09

Un niño perdió el miedo al terremoto y se metió al mar de Canoa

Un menor juega en la playa de Canoa, población afectada por el terremoto del pasado 16 de abril del 2016

Un menor juega en la playa de Canoa, población afectada por el terremoto del pasado 16 de abril del 2016. Foto: Armando Prado/EL COMERCIO

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Diego Puente
desde Canoa

Las heridas sanan. Son profundas y traumáticas. Están presentes como fisuras en las paredes de las casas y hoteles de Canoa y como recuerdos en la memoria de los moradores. Un niño protagonizó un acto de rebeldía contra el dolor. Se sumergió en las aguas del turístico balneario y chapoteó.

El desastre que dejó el terremoto de 7.8 grados que sacudió la Costa ecuatoriana el 16 de abril pasad todavía está presente en cada paso que se da en Canoa. Pero los turistas y residentes empiezan a retomar sus actividades.

Jean Pierre Méndez no aguantó más. Caminó hacia el mar y jugó con el oleaje. Le ganaba carreras a las olas que morían en la arena. Al principio mojó sus pies. Luego dejó que el agua lo cubriera hasta las canillas. Después, se sumergió. Fue el primero en hacerlo este domingo 1 de mayo, los vecinos que viven frente al mar dicen que es uno de los pocos que lo ha hecho desde que ocurrió el terremoto.

Fueron las primeras huellas de pies en la arena. Las otras son de botas de militares que patrullan la zona o de zapatillas de voluntarios que van a conversar en la playa.

Él caminaba junto con sus padres. Son oriundos de Santo Domingo y viajaron este fin de semana para visitar a familiares y amigos que perdieron sus casas y ahora están en una zona de albergues, dijo Jonathan Méndez, padre del niño.

Después de la visita, la familia fue a la playa. La intención no era ingresar al mar. Aún existe el sentimiento de culpa de divertirse en un lugar en donde murieron, oficialmente, 37 personas hace dos semanas.

Pero los niños viven las tragedias de forma diferente. Jean Pierre, de 11 años, jugó en el mar. “Me encantan las olas y quería meterme porque no todos los años venimos”, dijo el menor mientras controlaba el temblor que se produce al recibir una ráfaga de viento al salir del agua. Los padres lo vigilaban todo el tiempo desde la arena. Ellos no se metieron.

Méndez contagió a otras personas que se dieron el chapuzón minutos después. Rafael Manríquez, de Portoviejo, retomó el surf 15 días después de la tragedia. Expresó que la gente abandonó la playa por respeto a los muertos y por temor a la marea brava. "Desde el terremoto, el mar está raro. Las olas no son ordenadas, sino que se cruzan", reflexionó este deportista.

Este domingo hubo actividad turística mínima en Canoa, un balneario que es visitado frecuentemente por ecuatorianos que viven en la Sierra. Luis Freire, un residente de Canoa, oriundo de Ambato, pagó un viaje en paramotor. Pagó USD 30 por sobrevolar el poblado. Tomó fotos que enviará a los familiares en el extranjero.

Su viaje inició en la playa. El motor que está detrás de una estructura metálica en la que viajan dos personas hizo que el parapente se despliegue. En segundos, los dos tripulantes estaban en el aire. Freire tomó fotos para enviar al extranjero.

En Canoa se viven dos momentos. En la parte alejada del mar hay dramas humanos. Ahí están los damnificados en campamentos improvisados. En los parques cuelgan plásticos y se arman carpas que son el hogar de estas personas. El médico Ricardo Bermúdez, de una clínica particular, atiende pacientes de manera gratuita.

Él vive cerca del parque central. Recuerda que tuvo muchas emergencias por atender el día del terremoto. Mandó a su hija a la casa de su abuela en Portoviejo para que no sufra del difícil momento en el que pasa esta localidad. Él colaboró en una minga que se hizo este domingo en Canoa. No solo que recogió escombros con una pala, sino que brindó plátanos refrigerados a los voluntarios.

En los restaurantes, bares y otros negocios cercanos a la playa hay mayor optimismo. Trabajan personas en la remoción de estructuras o en el arreglo de fachadas. También la oferta turística hace esfuerzos. Hay cuatro hoteles en pie y otros hostales pequeños para recibir a los turistas que se aventuran a la zona. Los restaurantes bajaron las ventas, pero aún reciben pedidos.

El panorama de Canoa es desalentador. Por doquiera hay estructuras colapsadas. En la escuela William Fletcher Paraguay las paredes están caídas sobre los pupitres que ocupaban los niños. Los cuadernos de Shirley, Galo y otros niños permanecen en el aula en donde recibieron clases el viernes, un día antes del terremoto.

Los niños de la Costa empezarán con actividades educativas este lunes 2 de mayo. En Canoa se ubicará un campamento en el que se recogerá información de la situación de los menores y se brindará un acompañamiento profesional a los niños que lo requieran, dijo Paola Pabón, secretaria de la Política, encargada de coordinar acciones en este sitio. Todavía se valora el sitio ya que hay problemas por la falta de un terreno estable.

Los comerciantes estaban a la espera de que todo se normalice. No saben cuánto tomará eso. Mientras tanto, otro grupo de niños jugó fútbol en la arena de la playa, sin pensar en los problemas que se presentan a diario.

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