4 de junio de 2017 16:56

La teoría de la evolución nació en Argentina

El Beagle, la embarcación que capitaneaba Fritz Roy y en el que viajaba Charles Darwin, en Tierra del Fuego, Argentina. En ese mismo barco llegó a las Islas Galápagos. Foto:  Imagen: Pinterest

El Beagle, la embarcación que capitaneaba Fritz Roy y en el que viajaba Charles Darwin, en Tierra del Fuego, Argentina. En ese mismo barco llegó a las Islas Galápagos. Foto: Imagen: Pinterest

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Santiago Estrella
Editor (I)


A los ecuatorianos, de niños, se nos enseña, casi como un orgullo nacional, lo importante que fueron para Charles Darwin las islas Galápagos. Y de verdad se lo aprendía con orgullo. Poco, sin embargo, se sabe de si tuvo alguna influencia en el mundo intelectual de estas tierras en ese momento. Porque ese mismo orgullo lo sienten también los argentinos.

Antes de llegar al archipiélago, en el Beagle pasó por Tierra del Fuego, la Patagonia, en donde comenzó a hacer sus primeros registros y coleccionar objetos para su estudio. Y en Argentina se dice –también con orgullo- que fue allí donde todo comenzó para que escribiera ‘El Origen de las especies’.

Y es cierto. Pero hay algo más. Darwin fue influyente en la vida política argentina, quizá sin saberlo y aún más probablemente sin quererlo. Se lo leía y se lo discutía. Se replicaban los debates. Se era darwinista o no. Se escribía de él. Mantenían incluso correspondencia con él. Y los nombres de quienes lo hacían son importantes dentro de la historia del pensamiento argentino: William Henry Hudson, Francisco Javier Muñiz, Domingo Faustino Sarmiento, Florentino Ameghino, Leopoldo Lugones, Germán Burmeister, Francisco P. Moreno, Eduardo Holmberg, José Manuel Estrada, José María Ramos Mejía, Carlos Bunge, José Ingenieros.

Estos nombres que discutieron y escribieron sobre la teoría evolucionista, más la correspondencia con Darwin, se pueden encontrar en un libro que titula: ‘La piedra del escándalo, Darwin en Argentina’ (1845-1909), cuya edición en inglés lleva por título ‘Darwinism in Argentina, Major Texts’.

Leila Gómez, profesora de Literatura latinoamericana de la Universidad de Colorado, fue la encargada de editar este libro que reúne los textos que tratan sobre todas las posibilidades que ofrecía el desafío de considerarse un darwinista, un evolucionista o, como dice Ameghino, un “transformista”.

Resulta por demás interesante saber lo que significó para los argentinos la llegada de Darwin a sus tierras. Fue Sarmiento, considerado el escritor que permitió la construcción nacional argentina y Presidente de ese país, quien con su prosa extraordinaria definió que Darwin fue “la piedra del escándalo”, en una conferencia en homenaje a su muerte, en el Teatro Nacional el 30 de mayo de 1882 ante el círculo médico y en el que se definió como darwinista.

De esta conferencia deriva quizá lo más importante: la Teoría de la Evolución nació en Argentina, dirá Sarmiento.

La repercusión de Darwin no solo fue en el campo científico naturalista. Gómez nos permite conocer que para los argentinos fue importante “el darwinismo social, entendido como una interpretación del evolucionismo que sustentaba ‘la supervivencia del más apto’, es decir de la élite criolla, en el terreno social y económico”.

Y aquí es donde uno se puede quedar con la tercera parte de estos ensayos, a quien la editora la denominó “Darwin y la conformación de la identidad argentina”.

Tal fue la repercusión del inglés en esas tierra, que Holmberg escribió y publicó una ficción humorística, satírica incluso, pero sobre todo con esa vocación tan argentina de sentirse el centro del mundo.

En su relato ‘Dos partidos en lucha’, Darwin, desesperado, acude a donde la reina de Inglaterra para pedirle que le financie un viaje a Buenos Aires. La razón: en Argentina se realiza el Congreso Científico en donde se definirá si aceptan o no su teoría. Para Darwin será vital este congreso porque de avalarlo, el mundo entero reconocerá la validez del Origen de las especies.

Es un texto hilarante y que bien vale la pena leerlo y releerlo. Dos partidos, los rabianistas (creacionistas) y los transformistas (darwinistas) disputan acaloradamente sus convicciones.
Si triunfan los darwinistas, “como es de esperar, pues para eso represento el partido en Buenos Aires -dice un tal Griffritz-; si triunfan los Darwinistas, decía, es incuestionable que tiene que alterarse por completo la norma social y, o estalla una revolución filosófica de una trascendencia incalculable, o llega la indiferencia hasta el extremo de no saber apreciar la influencia científica en la marcha de una sociedad”, se lee.

Gómez afirma que el darwinismo social “se alió a la idea del progreso” porque “cada estadio de la sociedad humana es una consecuencia lógica de un estadio anterior y siempre mejor”. Pero también se ve cómo sirvió como sustento para una “operación ideológica” con “la supervivencia del más apto en la campaña de la modernización nacional” argentina.

No es un dato menor. Ramos Mejía escribe ‘Las multitudes argentinas’. “Aborda el problema de la gobernabilidad de las masas en un recorrido histórico. Para el autor, en las multitudes del gauchaje y la inmigración se alienan las potencias racionales y el individuo se primitiviza”, dice Gómez.

Ramos Mejía apunta fundamentalmente al inmigrante italiano, que tiene una dócil plasticidad. “Llega amorfo y protoplasmático a estas playas y acepta con profética mansedumbre todas las formas que le imprimen la necesidad y la legítima ambición”. Y como son tantos, “todo lo inundan (...) siempre que sus actividades un poco zurdas y elementales se lo permitan”. Pero sobre todo ve en ellos que adhieren mansamente a todos los fervores patrióticos, como cantar con pasión el himno.

Y esto resulta profético. Convertidos algunos italianos en “burgueses áureos”, “en multitud, será temible si la educación nacional no lo modifica con el cepillo de la cultura y la infiltración de otros ideales que lo contengan en su ascensión precipitada al Capitolio”. Algo que los argentinos bien pueden decir en la Casa Rosada.

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