9 de septiembre de 2014 10:14

'Leer poesía sólo es posible por exceso'

Léon Félix Batiista.  Foto cortesia: Pascual Borzelli.

Léon Félix Batiista. Foto cortesia: Pascual Borzelli.

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Redacción Cultura
Quito

A propósito de la publicación en Quito de su poemario ‘El hedor de lo real en la nariz imaginaria’, a cargo de la editorial Ruido Blanco, este Diario conversó con León Félix Batista (1964) sobre el pulso que toma él sobre la poesía del continente.

Nacido en Santo Domingo, República Dominicana, la trayectoria de Félix Batista se refleja en sus poemarios y antologías publicadas en más de diez países, contando con América y España. Junto a la poesía, sus otros oficios son de traductor, editor y crítico.

Además vivió alrededor de 18 años en Nueva York, lo que también lo llevó a traducir a poetas de habla inglesa. Por sus viajes ha conocido la producción poética de las Islas Caribeñas, Ecuador, Brasil, entre otros países de variadas tradiciones poéticas.

Actualmente, León Félix Batista reside en Santo Domingo, y dirige la Editora Nacional del Ministerio de Cultura de República Dominicana y la revista País cultural.

¿Qué impresiones tiene de la poesía actual en el continente? ¿Hay intercambios entre las poesías del continente?

Ciertamente. Hay un trasiego grande de lecturas y contralecturas, de amistades y diatribas, de confrontaciones y reflejos entre las regiones del continente (incluyendo Estados Unidos, Brasil y las múltiples islas caribeñas), los cuales están fundamentados en el quizás mayor impulso, o pulso, poético aparecido en mucho tiempo por estas tierras.

He traducido y conocido muchos poetas de lengua inglesa, he publicado en los últimos 15 años en Argentina, Brasil, México, España, Colombia, Uruguay, Paraguay, Perú y Ecuador, y he tenido la fortuna de estar en la mayoría de estos países y palpar por mí mismo la corriente poderosa de esta poesía que se lleva en su caudal la falsa apreciación de que la poesía ha muerto.

Con respecto a Ecuador y de su contacto con escritores de este país, ¿cómo siente el movimiento de esta expresión literaria?

Es sorprendente lo que está ocurriendo con la escritura ecuatoriana de hoy, específicamente en territorio de poesía. Y la sorpresa no se produce porque no hubiera una gran literatura ecuatoriana antes: todo lo contrario, y para demostrarlo están los clásicos contemporáneos que todos hemos leído y que nos siguen influenciando, entre ellos Carrera Andrade, Adoum, Dávila Andrade, Carvajal, Naranjo…

Lo que sucede es que nunca antes se había producido tal efervescencia de voces singularísimas y cada vez más leídas y reconocidas en el extranjero: Juan José Rodríguez Santamaría, Cristóbal Zapata, Luis Carlos Mussó, Edwin Madrid, Ernesto Carrión, Aleyda Quevedo, César Eduardo Carrión, Xavier Oquendo, Andrés Villalba Becdach y una serie de novísimas voces solidificándose. Es una nómina en verdad impresionante que en nada desmerece lo que se está escribiendo en otras esferas de la lengua.

León, al leerlo algunos se sienten sumergidos en un ambiente que descoloca cualquier referente. Las palabras en sus poemas parecen estar dispuestas en un viaje atómico (hay una lógica, hay una estructura, musicalidad y trabajo fuerte en el lenguaje pero también hay caos provocado). ¿Por qué cree que su lenguaje se ha construido de esa manera?

La verdad es que lo ignoro, pero puedo esperar y desear que este “caos” ordenado que se ve en mi trabajo sea un signo de los tiempos. Si la poesía consigue ser un espejo de la actualidad bajo la cual se escribe, entonces podrá calificarse de auténtica; qué más quisiera yo.

Cada vez hay menos modos de referirse a la realidad como un monolito sólido. Y, si es que acaso lo es, la poesía sólo puede (y debe) rodearlo, darle vuelta, derruirlo, darle martillo y cincel, re-moldearlo.

La referencia directa y cruda a los hechos, a las cosas, ha sido contaminada por el discurso político y publicitario, de ahí lo fallido del esfuerzo de la reproducción comunicativa directa, de la simple sanción del incidente, de la factura de la experiencia desde el yo. El Mercado y el Poder, las nuevas ideologías imperiales, se han apoderado de la referencialidad; es ya dominio suyo. Al poeta no le queda más alternativa que exprimir, demoler y deformar ese lenguaje en su máximo punto de putrefacción. Que le crezcan hongos, pues, setas de nuevos sentidos.

Su poemario 'El hedor de lo real en la nariz imaginaria' da la impresión de ser un poema de largo aliento. ¿Por qué eligió que el poemario sea, prácticamente, un solo poema?

A mí la verdad es que la poesía se me ha dado en bloque desde el principio. Es algo natural, fuera de mi control. ‘El oscuro semejante’, mi primer libro (1987) es un solo texto dividido y numerado arbitrariamente en 57 partes. No tiene que ver con un propósito, una intención. Es sólo un rumbo de mi lápiz, que se desliza por sí mismo, libérrimo de mí.

En el caso de este libro ecuatoriano (‘El hedor de lo real en la nariz imaginaria’), los editores me pidieron una antología, una muestra de varios libros míos. Al tratar de hacer la selección de entre 3 de mis libros más recientes, me fui dando cuenta de su unicidad, antes invisible para mí.

El libro se fue ordenando solo. Supe que hasta podían fundirse los textos como un centón, como una suma barroca, y así salió, y así se lee: como un poema único, con la característica rayuélica de que lo puedes leer como te dé la gana (o no lo leerlo, si no se quiere).

Por lo general a la poesía se le ha cargado de un estatuto superior frente al lector (como si este ha ignorado algo y ella le abriera los ojos), de modo que cuando se expresa así no dialoga y tan solo parece que se muestra. León, como poeta ¿qué diría del lector? ¿Espera algo de sus lectores?

Nada, la verdad: no espero nada de mi lector. Yo quiero ser su hipócrita escritor. Bueno, al menos no espero ninguna muestra de satisfacción y placer. Me gustaría, si algo, que el lector se molestara, irritara, disgustara cuando me lea. Que se estremezca, pues.

¿No es esa una revelación suficiente, que te descarrilen de la realidad? Un diálogo no fluido, sino que sea accidentado, habrá de extraer lo mejor de los interlocutores: uno pasivo (el texto fijo publicado) y el otro activo (el descodificador del texto), siempre sobre la base de que nada está definido, claro, cómodo. Yo estoy fuera del diálogo que ellos establecen, si es que dialogan: a lo mejor combaten, qué sé yo. Fungí de intermediario y nada más, pero no puedo arbitrar entre ellos.

Leer poesía sólo es posible por exceso.

León, al momento de escribir ¿cuáles son sus intereses, sus preocupaciones o indagaciones? Por ejemplo, cuando en 'El hedor…' hay un fuerte apego a lo terrenal, a lo primigenio, y sin metafísica.

Yo me nutro de todo, pero es cierto, que mis textos intentan hacer tierra (como los cables transmisores de electricidad). Procuro elevarme por lenguaje, pero muy cerca de lo que llamamos “realidad”, cosa que no se sabe bien qué es. Es mi manera de cuestionarla.

Por eso alcanzo a escribir poéticamente sobre la moda, las canciones populares o el porno hardcore, porque son aspectos que creemos cotidianamente tan cercanos que los volvemos innobles, vulgares, térreos, olvidando que en su esencia nos definen. Pero el poema está allí, como también en el Amor, en la Muerte y en la niebla metafísica, cómo no.

Aparte, como escribir va de la mano con leer, y yo leo de todo, pues imagina el resultado, la volcadura. Me gusta la imagen de la sentina, de las alcantarillas de la calle: cuando llueve hasta allí va a parar todo: tus desperdicios y los de tus vecinos, los frutos y las flores que el viento desprendió, las colillas y los vasos, los charcos de aceite de motor, la ropa íntima descartada, las ratas muertas, el excremento fresco y las botellas de licor bebido. Una boca de cloaca la poesía. Y como resultado, sale el arcoíris del lenguaje.

¿Cree necesaria la poesía en este tiempo de inflación de la palabra, de saturación de imágenes y pérdida de comunicación entre personas?

La poesía no es para nada necesaria. Necesario es saciar el hambre en Africa, sortear el terrorismo, las pandemias, evitar las muertes de niños cruzando las fronteras, eliminar la corrupción anidada en el Estado, controlar los feminicidios, destruir las dictaduras, subir los sueldos de los trabajadores, etc. Con poesía no se logra nada de eso.

Ahora bien: en la Era de la comunicación masiva, constante, impenitente en la que estamos insertos, donde se habla y escribe mucho más que nunca antes, la poesía aparece e insiste en recordarnos que perdimos hace tiempo el habla, el contacto con el Verbo genésico, la palabra original. Texteamos, sí, enviamos mil whatsapps al día, emails constantes, tweets y posteos de Facebook. Pero no decimos nada ni tocamos un sentido trascendente.

Todo se resume a un conteo X de caracteres vacíos que se van con “send” o “enter”. Ahí, entonces, sí que vale la pena sentarse en un banco de parque con un libro de poesía entre las piernas, y recobrar lo otro, ese logos que perdimos.

¿Qué poetas contemporáneos recomienda?

Hay que leer de todo, y poesía sobre todo, siempre y cuando quieras, claro. La poesía dominicana contemporánea es bastante bien consumible, y a la par de sus pares iberoamericanos: Alexis Gómez Rosa, Cayo Claudio Espinal, Soledad Alvarez, José Mármol, Martha Rivera, Plinio Chahín, Pastor de Moya, Neronessa, siempre se queda gente… nombres sólidos.

Los norteamericanos, siempre, prácticamente todos desde Withman, hasta caer en los poetas alrededor de L=A=N=G=U=A=G=E (uno de ellos, Charles Bernstein, traducido y publicado en Guayaquil por Fondo de Animal Editores), con Ashbery, Rothenberg, Eshleman, Antin y Wrigth, vivos y publicando.

Los latinoamericanos: muchos, en todos nuestros países. Brasil, ese mundo raro y tan cerca a la vez, tan explosivo. Ya hablé de la impresionante poesía ecuatoriana del momento: hay que bucear en los libros de estos chicos para pescar sus perlas. Y el resto, enorme, enorme: la poesía de estos días parece descansar en estas tentativas latinoamericanas.

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