10 de febrero de 2017 00:00

El tejido de 25 cuencanas obtuvo un reconocimiento

Las azuayas Ana Fernández y Dora Orellana dominan el tejido de la paja toquilla. Aprendieron el oficio de sus madres. Foto: Lineida Castillo/EL COMERCIO

Las azuayas Ana Fernández y Dora Orellana dominan el tejido de la paja toquilla. Aprendieron el oficio de sus madres. Foto: Lineida Castillo/EL COMERCIO

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Lineida Castillo
Redactora
(F-Contenido Intercultural)

Sidcay es una de las parroquias cuencanas reconocida por el tejido de la paja toquilla. Por esa labor, el Concejo Cantonal otorgó en diciembre pasado la presea Cuenca Patrimonio Cultural de la Humanidad a la Asociación Manos Tejedoras de esta zona.

El reconocimiento se entregó a propósito del aniversario 17º de Cuenca como Patrimonio Cultural de la Humanidad. Esta asociación está integrada por 25 mujeres dedicadas a rescatar el arte del tejido de sombreros de paja toquilla, que también es parte de la identidad cultural del Austro.

Ana Fernández tiene 57 años y aprendió a tejer a los 7.
Con el tiempo, ella hizo de ­este arte su sustento de vida. Sus seis hijos y su nuera Diana Chiqui también aprendieron a tejer.

En su pequeña casa, que está ubicada en el sector de San José, Fernández trabaja con esta fibra natural. Elabora un promedio de dos sombreros por día y según la presidenta de la Asociación Manos Tejedoras, Dora Orellana, Fernández es experta en tejidos más finos.

Entre las socias suelen reu­nirse una vez a la semana para tejer juntas, compartir nuevas puntadas e intercambiar conocimientos. “Lo importante es transmitir los conocimientos a las nuevas generaciones para que este arte no se pierda”, dice Nube Sotamba, vocal de la Junta Parroquial de Sidcay.

Cada semana, la Asociación adquiere la paja toquilla y de allí vende a las socias para abaratar los costos. Orellana reconoce que la presea les ayudó a posesionarse en el mercado y ser tomadas en cuenta para participar en las ferias locales y de la provincia.

A principios de enero, un estadounidense hizo un pedido de 180 sombreros que los deben entregar hoy, sin los acabados finales. Ese volumen fue distribuido entre las socias, de acuerdo con su capacidad de trabajo. Fernández, por ejemplo, entregó 20.

Orellana dice que a las socias no se les exige cantidad sino calidad en el tejido y el diseño. Las socias han asistido a talleres organizados por el Centro Interamericano de Artesanías y Artes Populares, el Municipio de Cuenca y otras entidades. Aprendieron sobre puntadas, teñido de la fibra, acabados, sistema de organización…

Iván Rea trabajó con Manos Tejedoras en algunos talleres y destaca el empeño que ponen las socias por conservar el tejido del sombrero y repotenciar la tradición.

Los tejidos de Sidcay se destacan por la variedad de puntadas y los que sobresalen son los denominados caramelo, rayado, ventilado y plumilla. En los pedidos, dice Orellana, el cliente escoge el tipo de sombrero, el tamaño de ala, el tipo de puntada y otros detalles.

María Sanisaca es otra socia. Según ella, el reconocimiento revalorizó su trabajo. En la actualidad, participan en las ferias y sus obras tienen demanda. Ella lamenta que disminuyó el precio del sombrero. Se redujo de USD 9 a 4 la unidad. “Los intermediarios imponen el precio”, asegura.

Para Ana Fernández, eso desmotiva a las tejedoras, pero prefieren seguir en el oficio porque les encanta. “Cuando me despecho por la parte económica dejo de tejer unos dos días, pero me sobra el tiempo y cuando menos pienso ya estoy tejiendo otra vez”.

En la actualidad, Manos Tejedoras gestiona ante las en­tidades públicas la donación de máquinas y herramientas para realizar los acabados y así abaratar costos en las obras y comercializar a precios mayores. Esos trabajos se realizan en ­talleres particulares y deben pagar de sus ganancias, ase­gura Orellana.

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