11 de octubre de 2017 00:00

Tejido de ponchos, en manos de pocos artesanos de Llangahua

José Mazabanda es uno de los cinco últimos artesanos en la confección del poncho en la parroquia Llangahua. Foto: Modesto Moreta / EL COMERCIO

José Mazabanda es uno de los cinco últimos artesanos en la confección del poncho en la parroquia Llangahua. Foto: Modesto Moreta / EL COMERCIO

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Modesto Moreta
Coordinador 
(F-Contenido Intercultural)

Los hilos rojos, verdes, negros y azules abundan en la casa de José Mazabanda. En su estrecho dormitorio funciona el taller artesanal donde teje ponchos, fajas y bayetas, principales prendas de vestir de los hombres y mujeres de su comunidad Escaleras de la parroquia Llangahua, en Ambato.

A este sitio se ingresa por un tramo de la carretera asfaltada de la antigua vía Flores y se toma un desvío a la derecha en el kilómetro 19, que es de tierra y piedras. El hombre, de 55 años, confecciona esas prendas en un antiguo y rudimentario telar que armó a un costado de su catre. Lo novedoso de este instrumento es que templa los hilos con su cintura hasta ajustarlos. Así permanece entre 6 y 8 horas diarias de trabajo.

Para tejer colocó dos troncos gruesos a un metro y medio de distancia cada uno; y de forma horizontal, en la parte inferior y superior, puso otros más delgados, que ató con cabuya. En estos maderos templa las hebras de lana de borrego principalmente rojo, negro y azul para dar forma a estas prendas que identifican a esta comunidad indígena de Tungurahua.

Su abuelo Mariano compartió esos conocimientos cuando tenía 15 años en su natal Simiatug, en la provincia de Bolívar. De joven migró a Llangahua, donde instaló su taller y contrajo matrimonio; desde entonces no ha dejado de tejer.

A la semana, Mazabanda confecciona hasta tres ponchos. “El color rojo solo utiliza en los ponchos de las autoridades como los cabildos de la comunidad. Nosotros podemos vestir el poncho azul que es el característico del pueblo”.

Tejer una prenda le toma entre dos y tres días de trabajo. Mazabanda también elabora los ponchos para los habitantes de Simiatug. Los vende los miércoles día de feria. Cada una de estas prendas se comercializa entre USD 40 y 60. “Todo depende del material y la calidad de la prenda, si es lana de borrego cuesta USD 60, pero si es la lana que producen en las fábricas el precio es 40”.

Con los ingresos costea los gastos de la alimentación, vestido y la educación de sus tres hijos, también trabaja en la agricultura. Se lamenta porque está en la lista de los últimos cinco artesanos de la confección de ponchos bayetas y chumbis o fajas en esta comunidad localizada a 30 kilómetros al suroeste de Ambato.

El artesano explica que los niños y los jóvenes ya no quieren aprender las técnicas del tejido, es por eso que esta actividad poco a poco se pierde en este pueblo. “No es una actividad rentable y nadie quiere seguir nuestros pasos. Las autoridades deben enseñar en las escuelas y colegios estas actividades prácticas para que no se pierdan. Nosotros podemos trasmitir esos conocimientos”.

El cabildo de Llangahua Abelardo Toalombo viste poncho rojo. Dice que la confección es una tradición de los pueblos indígenas de la provincia y del país. En Llangahua quedan pocos artesanos. Por eso plantea capacitar a través de talleres a más personas de la comunidad. “No queremos que esto se pierda, debemos mantener esta tradición y vamos a trabajar con los niños”.

A un kilómetro de la casa de Mazabanda está el taller de Ambrosio Poaquisa. El hombre de mediana estatura es otro de los artesanos que mantiene su taller de tejido. Cuenta que aprendió este oficio en el local de César Mazabanda. “Aprendí las técnicas del maestro cuando tenía 15 años. En el taller permanecí dos años y luego decidí instalar mi propio local”.

Compró madera y confeccionó el telar y algunas herramientas de madera para golpear y unir los hilos. Comenta que este oficio hay que rescatarlo, por eso intenta que los niños aprendan. Inició con sus sobrinos, quienes van al taller para tejer ponchos, bayetas...

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