29 de abril de 2018 00:00

¿La tecnología llega a deshumanizarnos?

Imagen referencial. En la era del ser tecnológico, los dispositivos que utilizamos crean constantemente información nuestra que, muchas de las veces, pasa inadvertida. Foto: Pixabay

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Diego Ortiz
ortizd@elcomercio.com (O)

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En la actualidad ya no podemos pensar en la tecnología como una mera aliada de la humanidad. Los celulares, las computadoras, los drones, los escáneres digitales... En fin, toda aquella instrumentación que nos permite descubrir el mundo, sea este físico o virtual, forman parte de la esencia de lo nos define como humanos en el siglo XXI.

En ese sentido, el ser tecnológico es una categoría que establece claramente que cada acto que hacemos en el mundo físico tiene también su efecto en el digital. ¿Cómo? Pues basta observar con el mero hecho de querer telefonear a un amigo o familiar, lo cual implica no solo marcar su número y conversar, sino, además, generar una huella digital que contabiliza, en este acto tan simple, la cantidad de minutos que pasamos conectados por medio de un artefacto tecnológico.

Ni siquiera la muerte nos deja escapar de esta idea del ser tecnológico. Días atrás, en un polémico caso en los Estados Unidos, dos detectives de la Policía de Clearwater, Florida, entraron a un funeral para desbloquear el teléfono del finado y poder acceder a su información digital y crear un esquema de su comportamiento. Aunque el intento fue fallido (el dedo no fue suficiente para liberar el dispositivo), la respuesta de uno de los oficiales del caso fue clara: no se da una expectativa de privacidad después de la muerte.

En la era del ser tecnológico, los dispositivos que utilizamos crean constantemente información nuestra que, muchas de las veces, pasa inadvertida. Cuando por las mañanas el teléfono muestra el clima de la ciudad, lo que hace es, básicamente, alertar sobre el atuendo más adecuado para sobrellevar cualquier condición climática de la jornada. Esto condiciona la decisión de salir a la calle con un paraguas o con un look más veraniego. Algo sobre lo cual el filósofo canadiense Marshall McLuhan reflexionaba: “Nosotros moldeamos nuestras herramientas y nuestras herramientas nos moldean”.

Con una brecha de tres décadas, el pensamiento de McLuhan es más actual que nunca. Sobre todo en los últimos cinco años, cuando la humanidad ha logrado desarrollar supercomputadores, inteligencia artificial, chips incrustados debajo de la piel, es decir, todo lo que pueda darnos una verdadera identidad tecnológica.

En efecto, desde el vientre materno comenzamos a moldear lo que será posteriormente nuestro ser tecnológico. Los primeros ecos, el video del alumbramiento o las selfies con los recientes padres son manifestaciones reales de cómo vamos creando esa huella digital que, en un futuro, aparecerá como un ‘recuerdo’ en Facebook o servirá para conocer nuestros orígenes.
Detrás de todo esto, como lo sostiene Antonis Case en su ensayo ‘Losing ourselves to technology’, hay que preguntarse constantemente en qué nos convierte toda esta tecnología que utilizamos a diario.

Jugando con la idea de una mujer que en la mañana ha visto televisión, revisado su teléfono celular, contestado sus correos electrónicos y visto fotos y videos en su computadora, Case se pregunta quién es verdaderamente Millie y quién es la Millie 2.0.

Su preocupación nace de una de la lectura del filósofo William James, para quien el arte de recordar es el arte de pensar. ¿Y acaso podemos recordar todo ese bombardeo diario de imágenes, sonidos, datos e información al que estamos diariamente sometidos con las nuevas tecnologías?

En la actualidad, esas relaciones tecnológicas que creamos van más allá de los perfiles de Facebook o las búsquedas de Google. La hipertecnologización nos ha llevado a pensar que resulta más fácil tener una aplicación inteligente para mantener una relación virtual, o que resulta placentero el ‘sexting’ antes que darse al acto del cortejo y todo lo que esto conlleva. Poco a poco nos vemos tentados por la ‘deshumanización’, por alejarnos de ese ideal de ser-social para optar por el paradigma de los placeres de los algoritmos, de las fórmulas perfectas basadas en nuestros intereses sin siquiera preocuparse del otro.

A pesar de las críticas, resultaría atemporal y vano pensar que podemos escapar de esta realidad. Como nunca, gracias a las alertas tempranas que llegan al celular se han podido salvar vidas antes de un terremoto o erupción volcánica. Sin embargo, como lo señala el escritor británico Tom Chatfield, “nuestros mejores deseos de progreso se mantienen engañosamente familiares: comprendernos a nosotros mismos”. Para él, es indiscutible que el factor tecnológico nos define como seres en el mundo; que a través de un teléfono celular o tableta podemos comunicarnos más rápidamente y mejor con los otros. Pero no hay que perder de vista que la esencia de cada persona escapa a las generalidades de los algoritmos; que resulta imposible predecir por computadora las reacciones sentimentales frente a hechos dolorosos.

La relación entre el mundo físico y digital de una persona escapa más allá de que la segunda sea una extensión de la primera. En pleno siglo XXI, debemos volver la mirada a la lectura clásica de la ‘téchne’, sobre ese producir sapiente que convierte al objeto creado en un reflejo de su creador.

En este siglo hemos llegado a ser tecnología y humanidad. Y es por ello que urge la comprensión de esa doble realidad de la condición humana, ya que el entorno inmediato se construye de esos ‘me gusta’ y de los comentarios positivos o negativos que publicamos.

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