17 de abril de 2017 12:26

El teclado que guarda millones de sonidos

El cuarteto alemán Kraftwerk|, precursor del llamado synthrock. Foto: www.clubber-mag.com.

El cuarteto alemán Kraftwerk|, precursor del llamado synthrock. Foto: www.clubber-mag.com.

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Alejandro Ribadeneira
Editor de Vida Privada

El rock siempre fue guitarra eléctrica, guitarra baja, batería y un cantante con energía nuclear. El piano era un complemento. El órgano era más bien para los jazzistas. Pero el día en que a alguien se le ocurrió poner por delante al sintetizador y dejar la guitarra en la esquina, el mundo del pop conoció un verdadero cisma.

Una anécdota que ilustra estas confusión la vivió Queen, el mítico grupo británico que siempre colocaba este letrero de repudio en sus primeros álbumes: “Nadie usó los sintetizadores”. Pero el enorme poder de este instrumento, o mejor dicho, su versatilidad, fue más seductor y Queen terminó usándolo regularmente desde la banda sonora de Flash Gordon de 1980.

El japonés Ikutaro Kakehashi, fallecido hace dos semanas a los 87 años, fue parte de esa ruptura gracias a sus enormes contribuciones en la creación y mejoramiento de los sintetizadores, que en realidad no nacieron para ser parte del rock sino de la gente sencilla.

El sueño de Kakehashi, al igual que el de sus colegas inventores, fue el que la creación musical estuviera al alcance de todos. No bastaba con fabricar pianos y órganos eléctricos, ni tampoco módulos de efecto. El cambio consistía en que el aparato permitiera una creación musical más intuitiva, incluso para los niños.

Kakehashi incluso se asoció con otro de los pioneros, Laurens Hammond, inventor de los órganos del mismo nombre, para crear el ya mítico Hammond Piper Autochord, un sintetizador que creaba progresiones de acordes de forma automática, a partir de notas simples. Con este eslogan se vendía este milagroso aparato: “Para los que nunca acabaron sus clases de música”.

El japonés se separó de Hammond y en 1972 fundó la Roland Corporation, firma que volvió popular la caja de ritmos (¡estaba jubilando a los bateristas!) pero también impulsó el lenguaje MIDI, siglas de Musical Instrument Digital Interface, que desde 1983 se convirtió en el estándar de la industria tecnológica.

Gracias a MIDI, es posible que varios instrumentos se conecten a una o varias computadoras, y no fue casualidad que la llegada de este interfaz coincidiera con el aparecimiento de la computadora personal. En términos prácticos, esto permitía prescindir de orquestas completas porque los sonidos de viento o trompeta (o de lluvia o de motor de auto) podían ser imitados en la elaboración de las maquetas.

Por eso, en los 80 abundaron los grupos cortos de personal, como Tears for Fears, Erasure o a-ha, de solo dos integrantes; aunque el colmo de la ironía fue la aparición de OMD, siglas de Orchestral Manoeuvres in the Dark, algo así como Maniobras Orquestales en la Oscuridad. Fundado en 1978, también tenía dos integrantes, Andy McCluskey (voz y bajo eléctrico) y Paul Humphreys (sintetizador y voz). Con los sintetizadores, dos podían ser una orquesta entera.

Aunque nos hemos adelantado un poco. Kakehashi fue parte pero no el único que aportó a este cambio, que en el aspecto industrial permitió la fabricación de diversos sintetizadores, baratos y versátiles, que cada temporada eran mejorados por la innovación.

Hammond no era un músico de talento, pero este estadounidense (1895-1973) era un convencido de que el arte era beneficioso para la gente e impulsó la fabricación de órganos eléctricos, más baratos que los instrumentos analógicos de las iglesias. El Hammond se usó para el jazz y tuvo su espacio entre los roqueros.

También está el neoyorquino Robert Moog (1934-2005), co-creador de un sintetizador pionero que en 1973 podía reproducir más de siete millones de sonidos. El llamado rock progresivo de los 70 fue un usuario permanente de los Moog, aunque también fue el preferido de los exponentes del rock psicodélico.

El público latinoamericano (¡todos saben esto!) han oído permanentemente el sonido de un Moog tanto en El Chavo del 8 como en El Chapulín Colorado, los dos programas de Roberto Gómez Bolaños que usaban para sus entradas la música de Jean-Jacques Perrey, autor del álbum ‘Moog Indigo’. De ahí, Chespirito se apropió de una versión de La Marcha Turca de Beethoven, mientras que de ‘Kaleidoscopic Vibrations’ se tomó la pieza ‘Baroque Hoedown’. Dicen que fue sin querer queriendo.

El rock progresivo tomó todos los sintetizadores que salían al mercado. Hubo virtuosos como Keith Emerson, que deslumbraba (y abría posibilidades y mentes) con la exploración de su Moog en el grupo Emerson, Lake & Palmer. Y Rick Wakeman, que reemplazó en el grupo Yes a un testarudo Tony Kaye, empeñado en no desprenderse de su Hammond. Wakeman usaba todo, Roland, Hammond, Casio, Yamaha, Fender Rhodes e hizo de Yes un grupo memorable.

Otros grupos no incorporaron el sintetizador, sino que lo hicieron el instrumento único. Cuando los alemanes Kraftwerk publicaron su álbum ‘Autobahn’ en 1974, prácticamente inauguraron el synth-pop. El trío (luego cuarteto) de Düsseldorf era divertido, original (apenas hicieron covers) y fueron admirados por artistas como Michael Jackson y David Bowie, tanto por su osada música para la época como por sus presentaciones. Son los papás de Human League, The Buggles, Joy Division y Ultravox. Y los abuelos de Erasure, Depeche Mode, Devo y Pet Shop Boys, entre otros.

El sintetizador también permitió la aparición de músicos aún más pretenciosos y solemnes. Uno es Vangelis, el griego que compuso la banda sonora de Chariots of Fire, y otros es el francés Jean-Michel Jarre, el primer artista de pop occidental en grabar en China.

Todos, desde el más refinado artista hasta el más pequeño alumno que aprieta el botón de ‘On’ de su teclado, le deben algo al gran Kakehashi.

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