30 de noviembre de 2014 12:36

Tangamandapio sí existe y le rinde tributo a la obra de Chespirito

Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, en su papel de “El chavo del Ocho”. Foto: Fototeca El Universal

Roberto Gómez Bolaños “Chespirito”, en su papel de “El chavo del Ocho”. Foto: Fototeca El Universal

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Diario El Universal de México

Desde el 25 de julio del año 2012, 'Don Jaimito, el cartero’ es el hijo pródigo de Santiago Tangamandapio, un pueblo del estado de Michoacán, que decidió elevar al personaje de televisión a la estatura de un héroe local por haber dado a conocer este municipio michoacano a lo largo y ancho de varios países latinoamericanos.

El principal mérito del personaje era la nostalgia que sentía por su tierra natal, aquel lugar de 'crepúsculos arrebolados’, tan bello que no aparecía en el mapa, 'aunque era aún más grande que Nueva York’.

Don Jaimito se hizo famoso con Tangamandapio y Tangamandapio con él, aunque muchos creían (y hasta la fecha creen) que el lugar no existe y que fue una invención del actor Raúl 'El Chato' Padilla, quien interpretaba a Jaimito y a quien le resultaba graciosa la palabra que remite a muchas cosas, menos a lo que en realidad significa el nombre.

Tangamandapio es un vocablo de origen chichimeca, una etnia casi extinta en Michoacán, que significa "tronco podrido que sigue en pie". El pueblo con su nombre fue fundado mucho antes que el imperio tarasco. En 1822 se le asigna el nombre de Santiago Tangamandapio, en honor del que ahora es su santo patrono.

Adoptado al azar

La anécdota se cuenta así: el actor que encarnaba a Jaimito, el cartero en El Chavo del 8, tomó el nombre del directorio telefónico. Apuntó su dedo regordete sobre la letra T, donde también se encontraba Tingüindín, otro municipio michoacano.

Los pobladores de Tangamandapio aseguran que 'El Chato" Padilla dudó entre quedarse con este nombre o el de Tingüindín y finalmente adoptó el primero, porque en su mente, 'tan dada al doble sentido, la palabra le hacía gracia y vaya usted a saber de qué se acordaba el cabezón", dice la señora Lucero Escamilla, oriunda de este municipio y quien está contenta de ver la estatua de Jaimito a la entrada del pueblo.

También cuentan los pobladores de este lugar, localizado a 160 kilómetros de la ciudad de Morelia, capital del estado, y con al menos 18 mil habitantes, que ‘El Chato’ Padilla fue una vez a Tangamandapio, en 1983, invitado por el alcalde Francisco Arroyo, para los festejos del Día del Niño.

En esa ocasión, dicen los que lo vieron, como don Artemio Nava, “lo festejaron tanto y lo agasajaron tanto que se quedó tres días a pesar de que tenía grabación para el programa". Todos recuerdan esa fecha como algo histórico y hasta heroico, como una gloria ya ida que 'le empañó a más de uno los ojos’, afirmó Nava.

Una deuda pagada con bronce

'El Chato’ Padilla no era, evidentemente, oriundo de Michoacán y mucho menos de Tangamandapio. 'Pero Don Jaimito sí, y eso es lo que importa’, dicen los del pueblo que están convencidos de que la efigie del noble cartero colocada a la entrada del municipio, como un guardián eterno con una carta en la mano listo para entregarla, será un detonante para acercar al turismo a este lugar.

El actual burgomaestre de Santiago Tangamandapio, Juan Campos González, asegura que rendir honores de esta manera a un personaje como Jaimito, el cartero, era ya un asunto impostergable.

“Era una deuda que tenía el pueblo con el personaje y con el actor, pero también con todos los carteros", un oficio que en la actualidad se encuentran a la puerta del olvido en la medida que gana espacios internet con correos electrónicos y redes sociales.

Como la mayor parte de los municipios de Michoacán, Santiago Tangamandapio vive sus problemas con optimismo. “Por eso el pueblo no dudó en cooperar voluntariamente con la causa y juntar la tercera parte del costo de la estatua que desde hace dos años se erige a la entrada del pueblo".

Fabricada en bronce puro, la estatua (o como decía El Chavo del 8: "el menumento") de Jaimito, el cartero, mide dos metros de alto y fue elaborada por Arturo Valencia, escultor zamorano, con un costo de cercano a los USD 20 000, incluyendo el pequeño jardín de flores.

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