2 de julio de 2017 00:00

Surge la Nación

Paisaje que recrea la fauna y la flora doméstica del Corregimiento de Quito, según Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1735). Foto: es.m.wikipedia.org

Paisaje que recrea la fauna y la flora doméstica del Corregimiento de Quito, según Jorge Juan y Antonio de Ulloa (1735). Foto: es.m.wikipedia.org

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Roberto Aspiazu Estrada * (O)

El surgimiento de Ecuador como nación, al igual que otros países hispanoamericanos, fue un proceso lento de identidad y pertenencia de sus habitantes a una patria distinta al imperio español que gobernó durante tres siglos. La pugna de poder entre la burocracia y clero peninsulares con sus contrapartes criollas blanco-mestizas, presente desde principios de la Colonia, condujo al movimiento de independencia basado en la proclama de un autogobierno que rompería todo vínculo con la metrópoli.

La segregación impuesta a los americanos sería tal que hasta el final del período colonial apenas cinco criollos ejercieron la titularidad en dos virreinatos, cuatro en Nueva España (México) y uno en Buenos Aires. En Quito tan solo uno llegó a ocupar la presidencia de la Real Audiencia a lo largo de 250 años.

La primera semilla de la independencia provino de la elección de superiores y definidores (supervisores) de las órdenes religiosas, en particular de agustinos, dominicos y franciscanos. Desde inicios del siglo XVII, los continentales comenzaron a ser mayoría de modo que prevalecían ante sus adversarios peninsulares, que optaron por impugnar el proceso ante la corona y el Consejo de Indias. Como fórmula transaccional se impuso la denominada Alternativa, que suponía una rotación de dignidades cada tres años.

El Consejo de órdenes fue el foro donde los criollos pudieron expresar por primera vez su preferencia con respecto a un gobernante. Cabe destacar que los jesuitas y mercedarios evitaron la pugna de facciones manteniéndolos intencionalmente en minoría.

Esta rivalidad se extendió a los cabildos civiles que elegían anualmente dos alcaldes ordinarios, uno de los cuales tenía que ser español. En teoría se exigía para el ingreso a estas corporaciones- al igual que sus semejantes eclesiásticos, consulados (cámaras de comercio), gremios de artesanos y universidades, etc.- “limpieza de sangre”, aunque el mestizaje penetraría casi todos los estamentos de la sociedad.

En su obra ‘La Tierra Siempre Verde’ el escritor Jorge Carrera Andrade refiere que la Real Audiencia de Quito estaba dividida en once clases sociales: la primera constituida por los blancos y la segunda por los mestizos; después venían siete clases de mulatos y cholos de distinto color de piel; la novena era de los indios, la décima de los negros y la última de los zambos, del cruce de estas dos últimas.

En la cúspide de la pirámide se encontraba la burocracia profesional de la Audiencia compuesta por el presidente, ministros superiores, fiscal, oidores, corregidores y oficiales reales.

Generalmente provenía de la baja nobleza, acaso hidalgos, aunque también gente ordinaria que encontraba en las colonias una posición social que le resultaba imposible obtener en España.

Muchos pretendían poseer títulos nobiliarios siendo prepotentes y arrogantes en su trato con los naturales, que los apodaron despectivamente “chapetones”, es decir, bisoños. No había ley que concediera el virtual monopolio de los principales cargos a los españoles, pero tal fue el uso y costumbre, con las excepciones de rigor.

El reducto de poder de los criollos fue el cabildo municipal conformado por los alcaldes y ocho regidores con derecho a la repartición de tierras y la propiedad de pulperías, aunque no podían disponer de la fuerza laboral indígena que era una prerrogativa audiencial. La corona permitió que puedan comprar sus cargos, de modo que su ejercicio reunió a los personajes más adinerados.

El número de mestizos que llegaron a ocupar cargos de regidores, encomenderos y ministros fue en aumento, motivando la protesta de la comunidad española en Quito. En 1601 el rey Felipe III dispuso que no se puede otorgar ni vender estos cargos a los mestizos “porque son alborotadores descontentadizos”. La respuesta fue la misma que con la mayoría de Leyes de Indias, según el dicho popular de época: “Obedezco pero no ejecuto”.

La primera rebelión contra la autoridad se produjo en 1592 con la Revolución de las Alcabalas, producto de un impuesto al 10 por ciento de las ventas en beneficio del Virreinato del Perú que la población quiteña se negó a aceptar. Estuvo capitaneada por personajes del cabildo, criollos y mestizos. Siglo y medio después en 1765 la imposición del monopolio del aguardiente en favor de la corona motivó la Revolución de los Estancos que, en medio de una violencia salvaje, obtuvo como satisfacción que los jóvenes “chapetones” solteros abandonen la ciudad para que no disputen el favor de las mujeres a los nativos.

Dos instituciones, la encomienda y la mita fueron instrumentos fundamentales de la política de dominación colonial. Ambas tenían como denominador común el cobro del tributo de vasallaje a los indígenas.

La encomienda era una cesión feudataria que hacía el rey para el cobro de dicho impuesto, a cambio de ocuparse de la evangelización e instrucción de los indios, a la vez de conformar milicias en el evento de alguna amenaza a la paz. No suponía la concesión de tierras propiamente.

La mita en cambio, como indica el significado de la palabra quichua, turno, tanda, tiempo, en lo que a trabajo se refiere, no fue empleada en explotaciones mineras que fueron escasas, sino en el funcionamiento de obrajes textiles, cultivo de granos así como crianza de ganado vacuno y caballar.

En Quito llegaron a funcionar tres universidades durante el período colonial: San Fulgencio (agustinos), San Gregorio (jesuitas) y San Tomos (dominicos) que otorgaban grados de filosofía y teología.

Los jesuitas fueron los más influyentes en el método educativo basado en la filosofía escolástica de la Contrarreforma, cuya doctrina era la unidad de fe y ciencia, que cuestionaba el método empírico de observación de la naturaleza a través de los sentidos. Recién en 1757 permitirían liberar la doctrina del movimiento de la tierra alrededor del sol.

La obra del fraile español Benito Feijóo tuvo una notable influencia en las generaciones quiteñas formadas entre 1730 y 1780, al introducir el pensamiento ecléctico que cuestionaba la rigidez de las “autoridad establecida”, civil o eclesiástica, así como la idea de la pretendida inferioridad de los aborígenes americanos frente a los europeos.

El médico mestizo Eugenio Espejo sería la figura más emblemática de la época que recibió el poderoso influjo del pensamiento de la Ilustración y el enciclopedismo francés, con sus ideas de libertad e igualdad entre los hombres y de formas republicanas de gobierno. Incluso jóvenes criollos que provenían de casas con títulos nobiliarios otorgados por la corona, participaron de la corriente crítica de donde fue surgiendo el sentir antimonárquico.

Las reformas borbónicas implantadas a inicios del siglo XVIII que favorecieron el libre comercio con Europa, significaron la pérdida del mercado cautivo que tenían los obrajes quiteños en el Virreinato del Perú, con el consiguiente empobrecimiento de la población. A la vez medidas restrictivas para el comercio del cacao a fin de favorecer la producción de Centroamérica y Venezuela, no hizo sino acentuar el creciente malestar.

La expulsión de los jesuitas en 1767 significó un punto de quiebre por la poderosa influencia que la orden ejercía en el sistema educativo colonial. Desde su exilio en Italia, los sacerdotes americanos profundamente nostálgicos de su añorada tierra, censuraron el decadente estado de las colonias alentando una transformación.

En Quito la universidad confesional fue unificada y a la vez secularizada en 1787, como un reflejo de la demanda social por una mayor adaptación de las instituciones al espíritu de modernidad que conmovía al Nuevo Mundo. De sus aulas surgirían muchos de los líderes del Primer Grito de la Independencia del 10 de agosto de 1809, hito fundacional de la nación ecuatoriana.

* Periodista

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