15 de diciembre de 2017 00:00

Surf, pesca y arte urbano, entre los encantos de puerto Engabao

Las fachadas del poblado acogen una decena de murales, un proyecto de arte urbano liderado por Liset Abarca. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Las fachadas del poblado acogen una decena de murales, un proyecto de arte urbano liderado por Liset Abarca. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor. agarciav@elcomercio.com
(F - Contenido Intercultural)

La pesca artesanal marca el ritmo de la vida de puerto Engabao, un pueblo que reivindica un pasado ancestral, ubicado a 15 kilómetros al noreste del cantón General Villamil Playas (Guayas), que explota su gastronomía a base de mariscos y sus grandes olas como atractivos turísticos.

Dos veces al día -al rayar el sol y cerca de las 14:00- la playa se llena de decenas de pescadores que empujan al agua unas 300 embarcaciones de fibra de vidrio, apoyados en cilindros de madera. Las lanchas salen a grandes acelerones de la pequeña ensenada, saltando las olas como si se tratara de una rampa.

La fama de esas olas bravas ha hecho de puerto Engabao un lugar privilegiado para la práctica del surf. Hasta la playa, abrigada apenas por la punta de un cerro, que opera una leve curva en la línea costanera, llegan surfistas nacionales y extranjeros. En los bajos del cerro, entre rocas oscuras, se encuentra el ‘point’, el lugar desde donde salen los surfistas hacia el mar con sus tablas. Al otro lado del cerro se practica pesca deportiva.

Israel López, quien vive a una cuadra del faro del cerro, ha cambiado el oficio tradicional de pescador por el deporte. Él y tres de sus hermanos tienen a cuesta varios campeonatos nacionales de surf, aunque Israel, de 21 años, ha dejado de competir. Ahora cuenta con una escuela para iniciar en la práctica del surf a los entusiastas que llegan con el deseo de deslizarse sobre las olas.

“Vienen muchos skaters (practicantes de monopatinaje), hay una relación entre los dos deportes y te ayuda bastante la noción de equilibrio, pero no es lo mismo, el surf es uno de los deportes más completos”, dice López, que ofrece clases a USD 15 la hora, un valor que incluye lycra y tabla.

También, cerca al faro, un mirador que ofrece una vista privilegiada del poblado y del océano, se encuentran restaurantes de comida típica. Miguel Alarcón, de 41 años, dirige La Cabaña de Miguelito, que cuenta en su menú que incluye filetes de pescado, corvinas, camarones apanados y langostas al vapor. La especialidad de la zona es el arroz engabadeño, una suerte de arroz marinero con un langostino reventado. En La Cabaña de Miguelito el arroz engabadeño lleva langosta, y se vende en USD 8.

“Tenemos aquí la fuente del marisco, por eso los precios son económicos”, dice Alarcón, quien observa que el circuito de campeonatos de surf ha apalancado el turismo. El puerto cuenta con una docena de hostales, aunque falta obra pública. Al lugar se accede por una vía desde la comuna Engabao, una disputa territorial entre comuneros y empresarios que reclaman propiedad de terrenos ha impedido que la autoridades trabajen en la vía, según comuneros, quienes reclaman la herencia ancestral del territorio.

“La palabra Engabao significa el descanso del rey, en esta playa desembarcó el legendario cacique Tumbalá, quien recorrió toda esta zona, descubrió la punta de Engabao y fundó el primer asentamiento”, indica Alarcón.

El apellido Tomalá es uno de los más comunes en toda la comuna, como una marca de la etnicidad local. “Somos cientos de pescadores nativos, cholos pescadores a mucho orgullo”, indica Johnny García Tomalá, de 28 años, quien habla de la amenaza de la piratería a mar abierto y pide mayores patrullajes -la delincuencia persigue los motores de las embarcaciones-.

La pesca de camarón y de cachema, un tipo pequeño de corvina, sostiene en gran medida la economía local. La artista Liset Abarca tiñó de rojo, azul y dorado una de las alargadas cachemas nadando entre corales en uno de los muros cercanos a la playa.

La obra hace parte de un proyecto de arte urbano de la muralista, que incluye talleres con niños y adolescentes además de una decena de murales de diversos artistas, diseños coloridos que representan aves y peces de la zona, rostros que se toman las paredes de las construcciones. El proyecto tiene de fondo un mensaje de

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