18 de marzo de 2018 00:00

Hawking hurgó en el universo pero amó vivir en la tierra

Stephen Hawking, en su despacho en Cambridge. Foto: AFP

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Alejandro Ribadeneira

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El famoso libro de Stephen Hawking se ha convertido en lo que alguna vez fueron ‘El Quijote’ de Cervantes o ‘El Capital’ de Marx: todos han oído de la ‘Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros’ e incluso han declarado su admiración por el autor; pero pocos realmente lo han leído y entendido. Y quizás no se ha entendido realmente el aporte de Hawking a la humanidad.

La muerte de Hawking, ocurrida el miércoles a los 76 años, ha generado una ola de artículos que exaltan el legado intelectual y académico de este astrofísico, que desde los 22 años sufrió de esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad incurable que lo paralizó y lo ató a su famosa silla y a un aparato de comunicación electrónica.

Sus teorías sobre los agujeros negros, la gravedad, el origen del universo y el tiempo revolucionaron la manera de entender la realidad misma. Y también nos llenaron de terror, pues la perspectiva de que toda esa realidad será tragada por un agujero negro, inconmensurable tumba celestial de la que no puede escapar ni la luz, solo puede dar paso a un existencialismo tan denso como la misma materia oscura.

Aunque, al final, son solo eso, teorías, hipótesis, ideas sustentadas en rigurosos modelos matemáticos y en trabajos apasionados junto a las mentes más brillantes y curiosas del mundo. Pero suposiciones. No hay manera de probarlas en la práctica. Por más bellas y convincentes que resulten, no podían haberle dado el Premio Nobel de Física.

Hawking, para recordar uno de sus postulados más populares, consideraba que el universo solo tiene dos destinos posibles. Uno es continuar expandiéndose. El otro, recolapsarse y desembocar en el Big Crunch, es decir, en lo opuesto al creador Big Bang, término que acuñó Fred Hoyle. “Sin embargo, yo tengo ventaja sobre otros profetas del reino. Cualquier cosa que pase diez mil años después de ahora, no espero estar allí para probar que estaba equivocado”, expresó Hawking para el documental que produjo Gordon Freedman, en 1991.

Hawking, aceptando con estupendo humor que no podía demostrar empíricamente sus ideas, era considerado el científico más famoso del mundo. Mientras que es muy difícil recordar a los ganadores del Nobel. El año pasado, paradójicamente, lo ganaron tres físicos estadounidenses, Rainer Weiss, Barry C. Barish y Kip S. Thorne, por sus contribuciones a la observación de ondas gravitacionales, predichas (en el colmo de la ironía) hace 100 años por Albert Einstein , justamente el ‘padre’ intelectual de Hawking.

Thorne, para seguir con este paradójico escenario, fue amigo de Hawking. Hoy tiene 77 años y es uno de los más reputados expertos en las aplicaciones prácticas de la Teoría de la Relatividad. Aparece en el mencionado documental de Freedman, ‘A Brief History of Time’, como uno de los entrevistados estelares, no solo por su testimonio académico, sino también humano.

Thorne llegó a hablar con Hawking de los temores de que la muerte lo sorprendiera joven, aunque también de su confianza de que conservaría su lucidez mental hasta el último día de su vida.
Ahí está su mayor aporte a la humanidad: su ejemplo. Stephen Hawking siempre consideró que la fama que le llevó a formar parte de la cultura de masas, saliendo en comedias de televisión como referencia del científico por antonomasia, o invitado por Pink Floyd para poner su ‘voz’ en una canción, era una exageración.

Pero se guardaba la falsa modestia al hablar de su tenacidad. A lo mejor esta actitud formaba parte de su personalidad. Su madre, Isobel Hawking, confesó en 1991 que no sabía de quién había heredado su hijo esa predisposición a la alegría, a ir animoso a todos lados, a ser divertido. La ELA ya le causaba estragos en 1974.

Se casó con bastón. Luego necesitaba ayuda para moverse. En 1985 perdió el habla y recurrió a la conocida máquina de voz electrónica. Pero se reía y hacía bromas. Uno de sus chistes más célebres fue cuando le preguntaron sobre cuán cómodo era comunicarse mediante la máquina. Respondió que bastante, aunque había cambiado el acento británico por el estadounidense, ya que la máquina era ‘made in’ California.

Viajaba, charlaba con reyes, deportistas, papas, alumnos y gente común. Se reunía con sus amigos y bebía vino. No dejó de asistir a charlas y simposios académicos.

En los eventos, no solamente hablaba sobre el ‘principio de incertidumbre’, el ‘tiempo imaginario’ o la ‘singularidad’, sino también sobre la actitud de vivir. “La víctima debe tener el derecho de poner fin a su vida, si él quiere. Pero creo que sería un gran error. Por más que la vida pueda parecer mala, siempre hay algo que puedes hacer, y tener éxito en ello. Mientras hay vida, hay esperanza”.

Su condición no le impidió hacer una familia y tener hijos. Tampoco meterse en esos líos domésticos propios de los seres comunes, terrenales, como cambiar a su adorable esposa, Jane Wilde, por la enfermera que lo cuidaba, que resultó ser más temible que caer bajo los implacables efectos de la gravedad cuántica. El hombre que navegaba entre las estrellas y que elaboraba una teoría para explicarlo todo, fue cruelmente aplastado en casa por Elaine Mason por dos años. “La mujer es un misterio”, dijo Hawking.

Otro legado está en su empeño por encontrar la manera de explicar las teorías complejas de una forma clara para el humano promedio. Por eso accedió a que Freedman produjera el documental de marras en 1991, a pesar de que el científico deseaba que fuera menos biográfico. Freedman lo convenció de mezclar su vida con sus explicaciones de ‘Historia del tiempo: del Big Bang a los agujeros negros’, documental que impulsó a Hawking como el sucesor de Carl Sagan, el gran divulgador de la ciencia de los años 60 y 70, y que escribió el prólogo del famoso libro de Hawking.

El legado es, entonces, enorme. Aunque falta añadir las advertencias apocalípticas que lanzó sobre la destrucción del planeta por la voracidad del humano y pidió explorar el universo. Dentro de mil años, cuando partan las naves espaciales hacia el nuevo hogar de la humanidad, uno de los cohetes deberá llamarse Hawking.

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