3 de diciembre de 2017 00:00

La solidaridad es el principal aporte teórico de Émile Durkheim

En Pedernales, los refugiados fueron testigos de cómo un hecho puede desencadenar propósitos solidarios. Foto: Archivo / EL COMERCIO

En Pedernales, los refugiados fueron testigos de cómo un hecho puede desencadenar propósitos solidarios. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Los escándalos de corrupción, los abusos sexuales a estudiantes menores de edad y fenómenos tan dramáticos como los terremotos nos han permitido nuevamente estrechar lazos en nuestro tejido social. Y frente a tales situaciones, el pensamiento de Émile Durkheim, de quien recientemente se conmemoraron 100 años de su muerte, nos permite analizar el modelo de sociedad por la cual trabajamos.

En efecto, cuando pensamos en la sociedad, ¿qué es lo que la hace tal y no otra? La respuesta de Durkheim será la solidaridad, pero no entendida como un acto dadivoso y altruista. Más bien, esta solidaridad se la comprende como cohesión social, como un elemento que une a todos bajo un principio: el bien común. Ser solidario no significa, en este contexto, donar ropa para la caridad o aportar en un evento benéfico; para el pensador francés es un principio que va más allá de los pequeños actos y que nos permite encontrar una fórmula para que todos construyan una misma sociedad.

Bajo estos parámetros, hechos como la violencia, la delincuencia o la corrupción son necesarios, y hasta útiles, en cuanto nos permiten ver que determinadas normas y principios se diluyen, ya sea como consecuencia del desarrollo del núcleo social o bien por la presencia de nuevos paradigmas entre el colectivo. Es, en estos casos, donde el ojo crítico del ciudadano común vuelve a revalorizar las máximas que han construido su tejido social; es, en otras palabras, una oportunidad para ver claramente los límites de uno y de otro y visibilizar los fines por los cuales se trabaja.

Para Durkheim, existen dos tipos de solidaridad. En ‘La división del trabajo social’, el francés expone lo que llama ‘solidaridad mecánica’ y ‘solidaridad orgánica’. La primera es propia de los núcleos sociales pequeños y hasta primitivos (entiéndase esto último en concordancia con la primera acepción de la palabra en el ‘Diccionario de la Lengua Española’). En estos, las personas forman comunidad en torno a intereses comunes. El francés expone como ejemplo a los pueblos de agricultores, donde todos configuran un tejido social en base a afinidad. En este modelo no existen grandes diferencias entre unos y otros ya todos realizan las mismas tareas en búsqueda de un mismo fin. Y si existieran ciertos miembros marginados, estos lo son en una mínima cantidad en relación al grupo mayoritario.

Del otro lado está la solidaridad orgánica, cuyo nombre responde precisamente a la disposición de los órganos en los organismos vivos. En esta, cada una de las personas se juntan con base en sus habilidades específicas, las cuales aportan a la gran mecánica social. Este tipo de cohesión es propia de las sociedades capitalistas, en las cuales cada uno se especializa con el fin de trabajar en ámbitos concretos. Esto genera, a su vez, que exista una amplia posibilidad para vivir con mayores libertades, donde la conciencia personal tiene un mayor peso que los fines del bien colectivo. A la postre, como se interpreta en ‘El suicidio’, esto también puede generar que un reducido grupo de personas, en su búsqueda de mayores libertades marginales a la ley que impera para todos, pueda relacionarse para crear grupos de poder que intenten someter a otros.

En la actualidad, la solidaridad orgánica de Durkheim se mantiene vigente en nuestras sociedades. Y es por ello que situaciones como los escándalos de corrupción llegan a lo más profundo de la conciencia colectiva como un llamado de atención a revisar qué tipo de valores y principios se promueven entre los miembros. De este modo, el crimen es algo normal en cuanto nos permite distinguir entre lo que es y no es moralmente aceptable.

Si bien Durkheim explicó parte de su teoría en la contrapartida negativa (crimen, castigo), no resaltó otros casos en los que también se pueden repensar los valores sociales. Aquí se encuentran los desastres naturales, fenómenos en los cuales hemos podido ver cómo las habilidades específicas de las personas sirven para trazar una meta en común: la reconstrucción de las vidas de los afectados.

Una muestra de este último caso fue la última serie de terremotos que azotó a varias zonas de México. En un país donde el narcotráfico y la corrupción han intentado reconfigurar ciertos principios socialmente aceptados -como el bien común o el respeto a la vida humana (violentada por los cientos de asesinatos que asechan a la población)-, los sismos que destruyeron varias de sus ciudades se convirtieron en una oportunidad para volver la mirada sobre sus grandes valores. Aquí la solidaridad orgánica se expresó en actos como dejar de lado el individualismo para aportar con víveres, mano de obra y otras acciones concretas para ayudar a los afectados. Y en este darse la mano fue cuando muchos mexicanos decidieron expresarse contra la corrupción, denunciando, por ejemplo, que los montos económicos que se distribuyen para las campañas electorales deben destinarse a la reconstrucción del país; para ellos, fue un momento para pensar en un nosotros.

La necesidad de volver a pensar en el tipo de sociedad en la que queremos vivir es lo que nos trae de vuelta la lectura de Durkheim al centenario de su muerte. Su pensamiento no solo es vigente como un modelo para explicar la cohesión social, sino que es una suerte de alerta para analizar que hechos como la corrupción y la violencia extrema no deben pasar por alto; que frente a la desgracia, es un imperativo el re-valorar nuestros principios. A fin de cuentas, lo que prevalecerá son los principios que compartamos a las presentes generaciones.

FRASES

'​La vecindad material, la solidaridad de intereses, la necesidad de unirse para luchar contra un peligro común, o simplemente para unirse, han sido también causas potentes de aproximación”.
‘La división del trabajo social’

“Hacen falta circunstancias excepcionales, como una gran crisis nacional o política, para que pase el primer plano, invada las conciencias y se haga el móvil director de la conducta”.
Émile Durkheim, en su libro ‘El Suicidio’

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