1 de diciembre de 2015 17:35

Ni Žižek ni nadie entiende qué pasa

Zizek Slavoj escribió un ensayo filosófico a raíz de los atentados en las instalaciones de Charlie Hebdo. Foto: Wikicommons

Zizek Slavoj escribió un ensayo filosófico a raíz de los atentados en las instalaciones de Charlie Hebdo. Foto: Wikicommons

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Andrés Cárdenas Matute, para EL COMERCIO

Žižek prefiere escribir con la sensación de calor que sucede, segundos después, a toda bofetada. O con la falta de oxígeno que genera una patada inadvertida en el estómago. Prefiere sentarse en una banca del bulevar Voltaire a reflexionar sobre lo que está sucediendo.

Allí está situada la sala de conciertos en la que murieron 89 personas, la mayoría entre 25 y 35 años, a la que se ha llamado la “Generación Bataclan”. Todavía suena el eco de los disparos y los gritos de hombres y mujeres que perfectamente podían haber sido mi grupo de amigos: en los diarios vienen las fotos de perfil de Facebook de cada uno, con sus gustos, trabajos, empresas, relaciones.

El filósofo esloveno Slavoj Žižek no quiere calma porque, dice, pensar con sosiego no genera una verdad más equilibrada, sino que normaliza la situación, evitando el filo cortante de la verdad.

Con pensadores como Žižek –y con libros como Islam y modernidad– uno se pregunta, con nostalgia, cuánto más hubieran dado de sí aquellas cabezas si los tentáculos de Lacan no las enredaban. Lo que quedó, obviamente, no es poco.

Este ensayo en realidad fue escrito horas después del anterior ataque terrorista en la sala de redacción del semanario Charlie Hebdo. Sus primeras páginas, todavía con la sangre en el ojo, se dedican a análisis político-filosóficos de una sociedad temerosa en la cual, el halo de heroísmo que rodeaba a un Snowden o a un Manning, se ha trasformado en amor por las fuerzas de represión.

Ahora todos estamos más tranquilos cuando vemos gente uniformada controlando las calles. Señala que el fundamentalismo es una reacción engañosa a una deficiencia real del liberalismo, por lo que, aquellos que no quieran hablar críticamente de la democracia liberal, deberían guardar silencio también en cuanto reguarda al fundamentalismo generado por ella.

Žižek ve en este conflicto una posible encarnación del nihilismo pasivo y del nihilismo activo de los cuales hablaba Nietzsche: por un lado la opulencia occidental sumida en el aburrimiento y, por otro, quienes buscan la trascendencia en una autoafirmación religiosa.

En la parte más interesante de la obra, el filósofo esloveno da razones por las cuales es Islam será secuestrado inevitablemente por un poder político. Inicia comparando la distinta relación que tienen con Dios por un lado la religión de Mahoma y, por otro, la religión judía –considerando al cristianismo una derivación de esta.

Para el islam, Alá no es Padre, ni siquiera de manera simbólica. El mismo Mahoma es huérfano y la intervención divina se da, de hecho, cuando fracasa la función paterna. Por eso no le parece extraño que sus ideas triunfen entre jóvenes privados de la seguridad de la familia tradicional.

Tomando palabras del psicoanalista Fethi Benslama, Žižek señala que en el islam existe un “desierto genealógico entre el hombre y Dios”. Este carácter de orfandad justifica la ausencia de una institucionalización, pero, al mismo tiempo, lo hace vulnerable de ser cooptado por el Estado o por colectivos antiestatales. Para Žižek la Iglesia Islámica es, en realidad, el Estado Islámico.

Hasta aquí todo bien. En adelante se suceden lecturas lacanianas de todos los personajes que intervienen en la génesis del islam: Agar, la esclava de Abraham, su hijo Ismael, su expulsión y su visión de la espalda de Dios.

Todos, como es obvio, castrados psicológicamente. Pero cuando llega al padre del profeta con sus dos mujeres, y al propio Mahoma, con sus excepciones a la ley que le permitieron tener múltiples esposas, el material para el psicoanálisis está servido.

El velo islámico termina siendo una clara muestra de una cultura sexualizada en extremo. Aunque, claro, las cosas ya no tienen mucho que ver con los ataques en el Bataclan.

La semana pasada, cruzando por una plaza de Roma, se me acercó un tipo de unos cincuenta años que parecía un turista más. Me preguntó si hablaba inglés, francés, italiano, si era de San Francisco o de Buenos Aires. Me pidió dinero.

Hasta ahí todo normal, un amigable monólogo, inofensivo, al ritmo de mi acelerado paso para no perder el metro de las 12:55. A pesar de la poca atención que le prestaba, me dijo al final: “¿Sabes qué es el ISIS? ¿Sabes que van a poner una bomba? ¿Sabes que pusieron bombas en París?”.

Parece que nadie entiende qué pasa. Las entrevistas a expertos analistas repiten lugares comunes para, al final, concluir cosas contrarias. Que hay que llamar “guerra” a la guerra o que enfrentarlos es seguirle el juego al enemigo.

Que no es algo religioso porque el Islam es paz o que el conflicto es inevitable porque está en el Corán. Que no hay que dejar entrar a nadie a Europa o que todo es culpa de la colonización cultural de Occidente. Que no se necesita otro Bush o que lo mejor sería resucitar a Churchill. Que hay que restringir las libertades para llegar a ser un territorio libre.

Kiko Llaneras citaba estos días en Jot Down a H. L. Mencken: “Para cualquier problema complejo hay siempre una solución clara, simple, y equivocada”. Nadie entiende bien qué pasa y Žižek, con su reflexión teológico-psicoanalítica sobre la personalidad del profeta, no ayuda demasiado.

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