13 de agosto de 2017 00:00

Y al séptimo día, dios descansó

En esta imagen se ve a fieles musulmanes iraquíes, rezando un viernes en la mezquita de Kufa. Foto: AFP

En esta imagen se ve a fieles musulmanes iraquíes, rezando un viernes en la mezquita de Kufa. Foto: AFP

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Ivonne Guzmán
Editora (O)
iguzman@elcomercio.com

Dime en qué crees y te diré cuándo (y cómo) descansas. Desde siempre, las prácticas espirituales han comandado la organización del trabajo y el descanso colectivos.

En occidente, por ejemplo, para descansar se sigue la lógica de las llamadas “religiones del desierto”: judaísmo, cristianismo e islam. Esta lógica dicta que de los siete días que tiene una semana, uno se reserva para los deberes espirituales. Ese día no se trabaja, porque los fieles, musulmanes, cristianos o judíos deben practicar el rito de alabanza que corresponde a su dios.

Pero la semana no siempre ha tenido siete días; por ejemplo, en la antigua Roma duraba 8 días y uno de ellos se dedicaba a una especie de feria comercial y a los rituales religiosos de sus múltiples dioses. La Revolución Francesa estableció una semana que duraba diez días, de los cuales apenas uno se destinaba al descanso.

Pero independientemente de la duración de la semana, esta disposición organizaba las demás actividades y horarios de los días restantes. Esta modalidad de un solo día de descanso, actualmente remite más que nada al ámbito religioso, pues en buena parte de occidente y en China se han instaurado dos días de descanso a la semana: sábado y domingo. China implantó este horario recién a mediados de los 90.

Pero esa convención que llamamos fin de semana no aplica los mismos días ni dura lo mismo para todos: para los judíos es el sábado y comienza el viernes en la tarde-noche; para los musulmanes el día de descando es el viernes e igualmente comienza la víspera.

La resistencia al 24/7
La interconexión global también ha permeado las ideas que se tienen sobre el descanso y sus ritmos. Hay una especie de ‘agringamiento’ mundial que riega como metástasis la necesidad creada de disponibilidad perenne de los servicios. Es decir que todo, o casi todo, esté abierto los siete días de la semana, 24 horas al día. El capitalismo no se permite parar.

Mientras en América Latina esa modalidad estadounidense ha encontrado acogida, en Europa se la ha combatido con ferocidad. Alemania es uno de los países que más resistencia opone a que se rompa el acuerdo del día semanal de descanso. En su misma línea están Austria, Suiza, Bélgica y Noruega. Sin embargo, incluso en esos países las restricciones se han ido relajando y ya se pueden encontrar más resturantes y almacenes abiertos en los días de descanso.

Hasta la década de 1990, Italia, España, Francia, Grecia, Portugal, Finlandia, Los Países Bajos y Dinamarca también eran estrictos respetando el domingo como día de descanso y, por lo tanto, la actividad comercial ese día era casi nula. Actualmente, según un estudio del Instituto para Estrategias Zionistas ya casi ninguno de ellos es radical al respecto. El mismo estudio dice que Corea del Sur es el único país que en lugar de relajar sus restricciones sobre el día de descanso las ha intensificado.

La lógica andina
Para los pueblos indígenas andinos, descansar no significa no hacer nada, sino la posibilidad de cambiar de actividad. Como explica Ariruma Kowii, profesor del área de Letras y Estudios Culturales de la Universidad Andina Simón Bolívar, “la manera de descansar es haciendo”.

El descanso, entonces, consiste en un cambio de actividad. Por ejemplo, alguien que ha estado trabajando toda la mañana en la chacra, sembrando, cosechando, deshierbando, al regresar a la casa se ocupa en una actividad más suave y más placentera también. “En el caso de los hombres, pueden trabajar en el telar pequeño, que sirve para hacer alpargatas”, dice Kowii.

En lugar de dedicar una jornada, o las que fueren, a descansar, la dinámica establece que cada actividad va acompañada de un momento previo de relajación: una oración, la contemplación de la naturaleza. Es decir, siempre están ocupados en algo (también los domingos, y mucho más en el campo), pero igualmente siempre se dan un tiempo para estar con ellos mismos en actitud meditativa, ya sea en la quietud total o en movimiento.

Los que nunca descansan, a excepción de en la época del Inti Raymi que se dedican a festejar, son los otavaleños, según Kowii. “Es por su espíritu mindalae -dice-, por eso hasta el domingo aprovechan para organizar lo que van a hacer el resto de la semana”.

Un futuro más relajado
Con el crecimiento de la población, las horas de descanso de las que todos podremos gozar también irán en aumento. Alan Cathey, analista de temas internacionales, explica que a medida que la necesidad de empleo crece hay que liberar plazas de trabajo.

“No me sorprendería que en 50 años lleguemos a una jornada laboral de 20 horas semanales para tener la opción de dar empleo a toda la población. En el 2100 se calcula que habrá 11 000 millones de personas. Entonces se reducirá el tiempo que la gente tiene que trabajar para generar nuevas plazas de trabajo”, dice Cathey.

El analista vaticina que la principal industria del próximo siglo será la del ocio. “Si tienes 11 000 millones de personas trabajando 20 horas a la semana, qué van a hacer las horas que no trabajan. Habrá que darles algo que hacer a esas personas”.

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