14 de enero de 2018 00:00

En San Agustín se desempolvan los tesoros bibliográficos

En la biblioteca del Convento de San Agustín reposan más de 20 000  libros antiguos. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

En la biblioteca del Convento de San Agustín reposan más de 20 000 libros antiguos. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

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Evelyn Jácome. Redactora (O)

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Va más allá del encanto casi hipnótico que produce el pan de oro que cubre el púlpito de los templos del Centro de Quito. Las iglesias y conventos del Casco Colonial esconden tesoros que trascienden su monumental arquitectura y el arte barroco que las envuelve. Cada convento tiene una biblioteca. Y cada biblioteca alberga miles de libros. El de San Agustín, donde funcionó la Universidad San Fulgencio -la primera de Quito-, acogió a cerca de 20 000 volúmenes.

Son libros antiguos, de esos que huelen a añejo y a reliquia. Textos de pasta gruesa, forrada con piel de un animal, que al abrirlos desempolvan letras que se imprimieron hace 500 años. Son invaluables, pero estaban destinados a perderse.

Ocultos en un cuarto rancio donde pocas veces el sol tiene cabida, estaban arrumados, casi desahuciados. El polvo y la humedad hicieron cuna entre sus páginas. El padre Wilson Posligua, prior del Convento de San Agustín, describe así la imagen de la biblioteca estropeada. El deterioro inminente de esa riqueza llevó a la comunidad religiosa a restaurar ese espacio y a preservar el patrimonio.

Uno a uno, con cuidado, los textos -algunos tan delicados como una hoja seca- fueron puestos a buen recaudo para que restauradores, expertos en lenguas clásicas y en letras antiguas, teólogos y sociólogos del arte, puedan intervenir lo que algunos historiadores llaman el corazón del convento.

La restauración arquitectónica integral de la biblioteca está en manos de la Fundación Conservartecuador, con Ramiro Endara Martínez a la cabeza. Su trabajo incluye el traslado, conservación de estanterías de madera, limpieza de la colección de bienes documentales y la identificación de los libros más valiosos.
El proyecto, que tiene un valor de USD 70 000, es financiado por el Consejo Provincialicio Agustiniano, y fiscalizado por la Comunidad Agustina.

Caminar entre las estanterías provisionales despierta una curiosidad similar a la que siente un niño dentro de una juguetería.

La mayoría de textos fueron traídos desde España y guardan conocimientos de teología, leyes, filosofía... Como servían de material de estudio, no podían faltar los de medicina, matemáticas, arquitectura, historia y más.

Para limpiarlos, una persona (protegida hasta las pestañas con un traje especial debido a los hongos y bacterias), toma cada texto, con delicadeza, y lo introduce en una cámara plástica transparente.

Con una brocha lo limpia y lo hojea mientras una aspiradora extrae el polvo. Lo etiqueta, anota los datos más importantes y lo clasifica. Hasta el momento se han revisado unos 5 500 ejemplares.

El libro más antiguo de esta biblioteca data de 1502, solo 10 años después de la llegada de Cristóbal Colón a América. Se llama ‘Leyes del estilo y declaraciones sobre las leyes del fuero’. Gustavo Salazar Calle, bibliotecólogo, lo abre con cuidado e intenta descifrar sus letras. El texto reúne leyes relacionadas al Reino de Castilla de aquel entonces. Norma los pleitos entre demandados y demandadores. Dice, por ejemplo, que el hombre no puede tomar los bienes de su “debedor”, a menos de que tenga un poder y lo apruebe el Rey.

Resulta difícil entender el texto por la estructura de las oraciones y por tratarse de una jerga de los doctores en leyes de hace más de 500 años. Sin embargo, con esfuerzos, Salazar lo hace: “El pobre no puede ser dado preso por una deuda”. “Pena al que toma con el hurto. Si es reincidente morirá si se lo encuentra en el acto”.

La Ley 93, inscrita en ese libro, muestra cómo la sociedad resolvía un adulterio. Se lo hacía con sangre. En caso de que el marido sorprendiera a la mujer en el acto, no podía matar a uno de los adúlteros y dejar al otro vivo. “Si mujer casada hace adulterio, ambos en el poder del marido pueden morir. Él podrá hacer con ellos lo que quisiera, pero no matar al uno y dejar al otro. Si mataba a uno de ellos era un delito. Debía matarlos a ambos”.

Todas las portadas tienen grabados. Uno de los principales valores de los libros son las iconografías cristianas que están ocultas en los sellos. Para Víctor Jarrín, artista plástico y sociólogo, las iconografías del siglo XVI encierran alegorías de estilo griego donde usualmente están presentes la corona que representa el poderío, ángeles, personajes como la medusa que representa el bien y el mal, que era la principal preocupación de los religiosos de esa época.

Al inicio de cada párrafo, las letras capitulares también tienen criptografías. Para Salazar eso se debe a que la imprenta, novedad de la época, no fue aceptada por la gente.

Como usualmente ocurre, todo cambio es rechazado en un inicio, por lo que adoptaron ciertas características de los libros manuscritos: una de ellas, la letra capital iluminada, rodeada por un dibujo alusivo al tema del que se está hablando.

En otro de los libros del siglo XVI, se citan las leyes para que los bienes de las arcas del Estado no se pierdan. Habla sobre los deberes del carcelero, el portero. Determinaba lo que ocurría con los bienes de alguien que hubiese muerto. También sobre las cosas que estaban prohibidas y cita algunos castigos por hurtos: uno de ellos era recibir 100 azotes en público.

En medio de tanta riqueza histórica, un texto llama la atención. Es un libro de cartografía, de 1580, escrito por Ortelius, uno de los grandes geógrafos del período de tránsito entre el Renacimiento y la Modernidad.

Orteluis, gracias a su conocimiento de cartografía, y a la ayuda de otros geógrafos que habían hecho mapas del mundo, dio vida a ese libro tipo folio que, sin contar con GPS, logró definir dónde estaba cada continente. Detrás de cada grabado, hay una descripción de los pueblos con sus costumbres y tradiciones.

Esta biblioteca alberga, además, 18 mapas antiguos con cartografías del Ecuador y del mundo, y 30 libros cantorales, de casi un metro de alto por unos 60 cm de ancho, hechos a mano, en pergamino e ilustrados con motivos que se remontan a la Edad Media.

El olvido que deben enfrentar los libros antiguos de las bibliotecas de las comunidades religiosas es evidente
.
Juan Paz y Miño, historiador, aplaude la recuperación de los libros de San Agustín, pero no duda en afirmar que lamentablemente en el país no hay una cultura forjada para preservar ese patrimonio histórico, y que se necesita una política nacional decisiva para salvaguardar ese tipo de archivos porque allí está la memoria histórica y el patrimonio cultural.

Caso contrario, estos libros de incalculable valor no tendrán más opción que seguir palideciendo, a oscuras, sobre alguna estantería empolvada.

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