1 de septiembre de 2017 00:00

Salasaka mantiene vivos sus conocimientos ancestrales

En la casa de Rubelio Masaquiza aún se mantiene la tradición de reunirse en familia. Las mujeres también tejen. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO.

En la casa de Rubelio Masaquiza aún se mantiene la tradición de reunirse en familia. Las mujeres también tejen. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO.

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Modesto Moreta
Coordinador 
(F-Contenido Intercultural)

Salasaka es uno de los cuatro pueblos de Tungurahua que mantiene su cultura, artesanía, saberes, fiestas ancestrales, costumbres, tradiciones, vestimenta y el kichwa como su idioma. También, practican las reuniones en familia para contar historias y cuentos.

Según una investigación que realiza Jorge Caizabanda, experto en turismo cultural, el 92% de su población aún conserva sus costumbres pese a la migración hacia el extranjero y a otras ciudades del país.

Además, un estudio preliminar que se realiza sobre la situación actual del kichwa en el pueblo Salasaka revela que los niños y adultos son los que mantienen el idioma.

Desde que vivían sus abuelos y padres, Rubelio Masaquiza conserva la tradición de reunirse en familia luego de las tareas agrícolas. Lo hacen al calor del fogón atizado con leña, en una especie de ritual donde hijos, nueras y nietos se reúnen para contar cuentos e historias del pueblo y para saber cómo les fue en el día.

Masaquiza cree que es el momento adecuado para impartir consejos o resolver algunos problemas de familia. Todo el diálogo es en kichwa mientras saborean una taza con agua de hierbas y un pan sin grasa. “Es una costumbre que no se pierde en mi familia y aconsejo a mis hijos para que no lo pierdan. Esto debe pasar de generación en generación”.

Las mujeres de la casa no descansan y trabajan a toda hora. Ellas no dejan de hilar. Amelia Masaquiza es una de las artesanas.
Cuenta que desde niña, su madre transmitió estos conocimientos.

Las mujeres de la localidad ubicada, en la vía Ambato-Baños, trabajan cuando hay encuentros comunitarios. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO.

Las mujeres de la localidad ubicada, en la vía Ambato-Baños, trabajan cuando hay encuentros comunitarios. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO.

Con los dedos de la mano izquierda desprende la fibra apilada en un madero de 25 cm de largo y convierte en un hilo delgado para tejer su propia vestimenta, como anacos y bayetas, en los telares. La materia prima envuelve con la mano derecha en un sigse puntiagudo (un madero), que siempre está girando.

Los artesanos salasakas también son reconocidos por su tejidos, especialmente por los tapices y la confección del poncho, que es una prenda por la que es identificado el habitante de este pueblo ubicado en la vía Ambato-Baños.

Raúl Masaquiza vive en Guasalata, una de las 18 comunidades de esta parroquia de Pelileo. Aprendió a tejer en los telares de sus abuelos y su padre Manuel, a los 12 años. Es una técnica interesante que está vigente en Salasaka. “Creo que no va a desaparecer, porque los niños están aprendiendo”.

Raúl Masaquiza teje un tapiz en uno de los telares de su taller localizado en la comunidad de Guasalata. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO.

Raúl Masaquiza teje un tapiz en uno de los telares de su taller localizado en la comunidad de Guasalata. Foto: Glenda Giacometti/ EL COMERCIO.

El estudioso Jorge Caizabanda explica que la cultura está intacta, puesto que Salasaka mantiene las 22 fiestas que se realizan en el pueblo cada año. Las más importantes son los Caporales, Capitanes, Pendoneros y todas las celebraciones de los raymis.

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