12 de noviembre de 2017 00:00

¿Salas de cine en los colegios?

En un mundo que consume cada vez más pantallas -cada vez más relatos- parece imprescindible formar al espectador.

Carlo Verdone en una escena de ‘La grande bellezza’ (2013).

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Andrés Cárdenas Matute* (O)

Carlo Verdone -uno de los actores italianos más importantes, a quien podemos tener fresco por sus partes en la oscarizada ‘La grande bellezza’ (2013)- dio el puntapié inicial. Comentaba, entonces, la reciente muerte de Jerry Lewis, a quien llamó “el último gran cómico del cine clásico de Hollywood”. Recordó, en su artículo publicado en el diario Avvenire, aquellos días en los que su padre, Mario, uno de los primeros docentes de historia y crítica de cine en Italia, le llevaba de pequeño a ver películas. No recordó, en cambio, cuando su padre le reprobó en una asignatura del Centro Experimental de Cinematografía. “Papá, ¿me estás suspendiendo?”, había preguntado Carlo, después de dar el examen, en los años setenta. “Es mejor que vuelva en octubre. Y tráteme de usted”, respondió Mario. El día anterior el hijo le había pedido de favor que el tema de examen fuera Bergman o Fellini. La pregunta, en cambio, en el momento de la verdad, se dirigió hacia autores alemanes. Meses después Carlo aprobó la asignatura con otra profesora. El cine, en la casa de los Verdone, no era un juego.

Carlo Verdone dio el puntapié inicial en ese texto cuando, a propósito de Jerry Lewis, se aventuró a decir que el estudio del cine debería ser una materia obligatoria en el colegio: “Creo que al menos cincuenta películas clásicas, de diversas escuelas cinematográficas, por lo tanto de diversas culturas, deberían ser estudiadas filológicamente en cuanto obras maestras absolutas, junto a otras obras de literatura, filosofía y arte. El estudio riguroso del cine en el colegio ayudaría al alumno a convertirse en un buen espectador y, en consecuencia, a saber escoger qué cosas ver. Y, no menos importante, ayudaría a desarrollar un importante sentido crítico”. Dice, al final, que si todos los colegios tendrían por norma una sala de cine, asistiríamos a una verdadera revolución cultural.

El Instituto de Estudios Superiores Giuseppe Toniolo, radicado en Milán, ha querido aportar datos a las discusiones sobre las costumbres de la gente joven. Para esto publica anualmente el Rapporto Giovani que, esta vez, incluyó un apartado sobre la relación de los milenials italianos con el cine. En la reciente edición del Festival de Venecia se presentaron los resultados de una muestra compuesta por gente entre 20 y 34 años. Se sabe, por ejemplo, que el 63% de jóvenes ve más de una película a la semana -de hecho, el 13% ve una película diaria-, que el 95% de jóvenes ve alguna serie, o que, aunque el 36% de entrevistados ve al cine como un simple pasatiempo, son un 24% quienes lo ven como un producto cultural que los enriquece personalmente.

Hablaba del puntapié inicial de Carlo Verdone porque, en las páginas del Avvenire, varias figuras de la cultura italiana ya han hecho eco, poco a poco, de su llamado a incluir el cine en las aulas. Eusebio Ciccotti, ensayista y profesor universitario, quiere salir del paso para evitar las soluciones fáciles que no corresponden verdaderamente a la propuesta. Quiere aclarar que no se trata de “una película al mes”, de apoyo visual a otras asignaturas mediante salas multimedia, ni de cinefórums optativos en la tarde que compiten con el fútbol, la piscina o la danza. Se trata, más bien, de un trabajo que requiere la profesionalidad en la comprensión de un lenguaje y su inserción en la tradición cultural de una sociedad.

Para esto entrevistó a Paolo Mereghetti, filósofo y crítico cinematográfico del Corriere de la Sera, quien cree que el cine, además, puede ser una manera de recuperar la capacidad de atención en los jóvenes: “El umbral de atención estos días cede muy fácilmente y a menudo no parecen capaces de aceptar el fluir más lento de la narración cinematográfica. Este tipo de narración reclama una atención y una capacidad de unir información más compleja que aquella necesaria para los videos cortos y las series; estos últimos productos, por la naturaleza del medio al que están destinados, necesitan ofrecer información simple y de lectura inmediata”. Finalmente Mereghetti, autor de once diccionarios de cine, añade que este puede abrir a los estudiantes a experiencias emocionales y narrativas que no están al alcance de ninguna otra manera; experiencias que antes provenían de las grandes novelas que, lamentablemente, se leen cada vez menos. Lo interesante es que estas experiencias emocionales, si se trata de una buena muestra de cine, son experiencias en común, lo cual abre un espacio de diálogo, de encuentro, algo importante en una sociedad cada vez más dividida.

A las páginas del Avvenire también se sumó el poeta Roberto Mussapi, quien firma un artículo en el que, a partir de la celebración de los treinta años del estreno de ‘El cielo sobre Berlín’ (1987), de Win Wenders, agrega que “la capacidad de narrar y leer historias es el fundamento de una civilización. Las historias son manifestaciones del mito, son pruebas de nuestro estupor y nuestra curiosidad, de nuestra necesidad de conocimiento y aventura. El cine, como palabra inseparable de la visión, es un género poético soñado desde los tiempos de las danzas en las cavernas, pintado, cantado por versos rituales. De Bergman a Fellini, de Kurosawa a Weir, de De Sica a Polanski, es una relación que se manifiesta con un éxito a veces extraordinario”.

Si el cine no era un juego en casa de los Verdone, menos lo era la literatura en los ojos de Flannery O’Connor. Es inevitable pensar en la escritora sureña cuando la invitaban a hablar sobre la formación del lector con profesores de literatura de colegio. Allí su primera prioridad era destruir la visión utilitarista del arte -que el arte debe “hacer algo”- para, acto seguido, destruir el enfoque utilitarista de las clases de literatura.

Enseñar a leer no es enseñar la historia de la literatura ni estudiar la psicología de los autores ni aprender técnicas para rastrear una moraleja ni hacer sociología a partir de un problema de actualidad presente en el relato: “Creo que no se puede servir al alumno, ni yo al lector, a menos que nuestro principal objetivo sea la lealtad a la disciplina y a sus necesidades. Esta es la razón por la cual pienso que el estudio de la novela en las escuelas debe ser de carácter técnico. La tarea de la literatura es encarnar el misterio en las maneras”. Carlo Verdone, en su puntapié inicial, hablaba de “saber escoger” y de “desarrollar un sentido crítico”. En otras palabras, diferenciar lo mejor de lo peor. No es coincidencia que Flannery repetía siempre que en el escritor -y se aplica también para el cineasta y para el lector- el sentido dramático generalmente coincide con su sentido moral.

*Periodista y escritor

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