10 de diciembre de 2016 00:16

Saberes kichwas se comparten con extranjeros en Imbabura 

Entre los visitantes frecuentes están estudiantes de Canadá, como los de la gráfica que lucen los coloridos trajes de las mujeres kichwas. Foto: José Luis Rosales/EL COMERCIO

Entre los visitantes frecuentes están estudiantes de Canadá, como los de la gráfica que lucen los coloridos trajes de las mujeres kichwas. Foto: José Luis Rosales/EL COMERCIO

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José Luis Rosales
Redactor
(F-Contenido Intercultural)

Caluquí es uno de los miradores naturales del lago San Pablo. Desde esta comuna kichwa, ubicada a 2 884 metros de altura, se divisa el cielo celeste que se refleja en el agua del complejo lacustre, a los pies de 'Taita’ Imbabura, el volcán sagrado de los indígenas.

El paisaje es el valor agregado de su oferta turística. Precisamente, eso cautivó a algunos voluntarios extranjeros que arribaron a esta parcialidad, recuerda Elvia Espinosa.

La campesina es una de las 16 integrantes de la Asociación de Mujeres Emprendedoras de Caluquí, que desde hace cuatro años impulsa el turismo comunitario en su zona.

“A los gringuitos les gustó tanto la comunidad que recomendaron a otros. Así comenzaron a llegar más y más grupos de extranjeros”.
Cada año, por ejemplo, arriba desde Canadá un grupo de estudiantes para convivir con las familias kichwas.

Durante la estancia, los chicos, de entre 16 a 18 años, apoyan a las familias indígenas en actividades cotidianas como el trabajo en los huertos, la alimentación de los animales y la preparación de alimentos.

También aprovechan para conocer atractivos naturales como el lago San Pablo, las lagunas de Mojanda y Cuicocha. Los aventureros más exigentes pueden ascender a los cerros Imbabura o Yanahurco.

A partir de esta experiencia sintieron la necesidad de organizarse, comenta Nancy Morales, otra de las socias.
Una de las habitaciones de su casa fue acondicionada para la hospedería. Puede recibir hasta dos huéspedes. Algo similar sucede con el resto de emprendedoras. La iniciativa tiene capacidad para acoger a 32 personas en total.

Cada familia anfitriona posee un huerto en el que siembran lechugas, zanahorias, remolachas... Además, frutales como tomate de árbol y limón.

En estas parcelas no se pone ni un agroquímico, asegura Luzmila Tocagón, una de las emprendedoras de turismo.
En su domicilio, situado en la parte alta de la comunidad, se practica la agricultura orgánica. Las cosechas la destinan para el consumo familiar y comparten con los turistas.

La mayoría de las campesinas aprendió los secretos gastronómicos de sus madres. Por eso, cuando llegan turistas cada familia se esmera por brindar una buena atención.

En la mesa nunca pueden faltar las tortillas de tiesto o el maíz tostado, señala la socia Rosa Tocagón. “En nuestro menú resaltan la sopa de arroz de cebada, caldo de gallina, colada de haba, cuy asado con papas....”

La convivencia familiar también es un espacio de intercambio de recetas culinarias.  Elvia Espinosa enseñó a varios de los extranjeros el punto exacto para una buena cocción del arroz. A cambio aprendió a elaborar los crepés y un arroz con quinua. Este último, comenta, entre risas, se parece al chaulafán.

Las emprendedoras de Caluquí han recibido capacitación en el manejo de alimentos, gastronomía, atención al cliente, huertos orgánicos...

De eso se encargaron técnicos del Municipio de Otavalo. El fin es garantizar un producto y un servicio de calidad, señala Mayra Pérez, técnica del proyecto de Empoderamiento de Género del Cabildo.

Ahora el reto es atraer a los turistas nacionales con esta propuesta de turismo comunitario, comenta Estela Cabascango, líder de asociación.

Aquí el costo diario del hospedaje y alimentación oscila entre USD 15 y 20, por persona. La visita incluye una noche cultural, en la que la invitada principal es la música andina.

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