5 de marzo de 2017 00:00

Cien años sin la mano dura de la dinastía Romanov en Rusia

Retrato oficial de Nicolás II, el último zar, y su familia. Fueron masacrados el 17 de julio de 1918, en Ekaterimburgo. Todos son santos para la Iglesia Ortodoxa rusa.

Retrato oficial de Nicolás II, el último zar, y su familia. Fueron masacrados el 17 de julio de 1918, en Ekaterimburgo. Todos son santos para la Iglesia Ortodoxa rusa. Foto: Wikicommons

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Alejandro Ribadeneira
Editor de Vida Privada (O)

Hace cien años, la dinastía Romanov dejó de gobernar Rusia, un Imperio colosal repleto de nacionalidades, religiones, riquezas y pasiones. Su caída fue dramática, pero en términos prácticos representó solamente un cambio de membrete porque el estilo de los zares, basado en un autoritarismo salvaje, se mantuvo vigente en los líderes comunistas. Y muchos ven en Vladimir Putin un zar imperial en toda regla.

El final de la dinastía llegó el 2 de marzo de 1917, cuando Nicolás II fue derribado por la Revolución Menchevique y renunció a sus derechos. Rusia se caía a pedazos por su fracaso en la I Guerra Mundial, por el avance de la hambruna y por la violencia interna, azuzada por las ideas revolucionarias del siglo XIX.

Lejos de poseer el carácter y mucho menos la crueldad de sus predecesores, Nicolás se dejó arrestar para luego permanecer exiliado en los Urales con su familia. Un craso error.

La esencia del zarismo radicaba en la proyección de la fuerza, en la necesidad de controlar a los cortesanos, los militares y la burocracia con una autoridad indiscutible que no reparaba en la ferocidad, así sea en contra de los parientes, para mantener el control.

Nicolás no poseía esa mesiánica visión de Pedro el Grande, que luchó toda su vida para convertir a Rusia en una potencia militar, no solo haciendo la guerra a los turcos y a los suecos, sino controlando todo a base de latigazos, torturas y decapitaciones para todo aquel que osara hipar ante sus planes. Incluso ordenó la tortura mediante knut (un látigo capaz de lisiar un hombro de un solo golpe) para su propio hijo, el desgraciado Alexis, acusado de traición.

Nicolás II tampoco tenía la determinación de Catalina la Grande, uroxida y regicida, que en realidad era alemana pero que se rusificó en cuerpo y alma para convertirse en la emperatriz que necesitaba Rusia, y eso incluía mandar a mejor vida al marido, despedazar Polonia como quien parte un jamón y perseguir a los judíos con saña. Los detalles de cómo gobernaban están recogidos en ‘Los Romanov’, una obra de Simon Sebag Montefiore que está disponible en castellano.

El último de los zares tampoco tenía los arrestos para repetir el libertinaje sexual de sus antepasados, un aspecto legendario pero que es clave por una razón: los zares entendían que no había división entre su vida privada y la pública: ambas se complementaban y formaban parte de la política. Amantes fueron al mismo tiempo ministros, confidentes, consejeros y hasta herederos.

Nicolás II tampoco tenía la habilidad de lidiar con las potencias europeas. Alejandro I se enfrentó a Napoleón y llegó a París con sus tropas, en lo que constituye el acto militar de más calado en la conciencia de los rusos. Stalin recordó con nostalgia esa gesta y a Alejandro I cuando las tropas soviéticas ‘apenas’ llegaron a Berlín, en 1945.

Fue una desgracia que el menos calificado de los Romanov, el menos Romanov de todos, tuviera que afrontar una crisis tan demoledora.

Una familia, tres siglos

Los Romanov en el trono fueron 19. El primero, Miguel, heredó en 1613 una Rusia que ya era multiétnica en su interior, un Zarato que afrontaba invasiones de sus vecinos y que apenas podía defenderse, a pesar de los éxitos de Iván el Terrible en darle una unidad política a ese enorme pedazo de tierra que controlaba el Principado de Moscú.

Con Alejo (1645) quedó claro que el país necesitaba una urgente modernización en todas las esferas de la vida. Pedro el Grande fue el encargado de emprender la occidentalización. Su éxito en la guerra opaca su otro triunfo, el de comprender que era imposible ejercer el despotismo (o sea, el gobierno) sin reglas claras, sobre todo en un país tan vasto. Pedro fue una máquina de absoluto control interno y ejecutó a todo del que se sospechara de conspiración, fraude o corrupción. Su ejemplo fue seguido por los demás.

Catalina II la Grande fue otra máquina, incluso aunque se convenció, muy romántica ella, de que debía estar siempre enamorada. Uno de sus amantes fue además el estadista más lúcido de la historia de Rusia, el famoso Grigori Potiomkin. El éxito de Catalina fue perfeccionar el método de Pedro de delegar y escoger adecuadamente a sus ayudantes, sobre todo en la guerra y en el plano diplomático.

La paradoja era que, en el siglo XIX, a pesar de que los zares sentían el agobio de gobernar (Alejandro I confesaba que su mayor anhelo era vivir en una casa pequeña junto al Rin), al mismo impedían el desarrollo de las ideas liberales.

Rusia se mantuvo medieval hasta que la Revolución Bolchevique, en octubre de 1917 tomó el control del país. Si los Romanov hubieran seguido el ejemplo de la casa real de Inglaterra, el reparto de las responsabilidades quizás habría evitado que los nobles concentraran el odio del pueblo, de lo que se aprovechó Lenin para permitir la masacre, sin juicio, de Nicolás y su familia, en 1918.

Rusia se siguió gobernando de manera autoritaria. Lenin se inventó un nuevo imperio, el soviético, y Stalin reprodujo el sistema de control, torturas y muerte. Esto incluye el plano simbólico, pues embalsamó el cadáver de Lenin, una práctica zarista, para elevar a su mentor a un altar.

Putin no es menos zarista en su actuar. La intervención en Siria reedita los anhelos rusos de Catalina en Oriente Medio. Se anexó Crimea. El culto a la personalidad es evidente. El analista Nikolái Mirónov lo dijo el año pasado: Rusia pasó el politburó a un sistema imperial. Sí, a lo Romanov.

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