19 de noviembre de 2017 00:00

Rubén Darío, ¿sigue siendo el libertador?

El poeta nicaragüense Rubén Darío. Arriba, a la izquierda, la edición conmemorativa que editó la RAE con PenguinRandom House. Abajo, el facsímil de Pax...!

El poeta nicaragüense Rubén Darío. Arriba, a la izquierda, la edición conmemorativa que editó la RAE con PenguinRandom House. Abajo, el facsímil de Pax...!

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Santiago Estrella G.  Editor (O)sestrella@elcomercio.com

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El título de esta nota es un robo a Sergio Ramírez, quien a su vez robó a Jorge Luis Borges quien, muy probablemente, se lo habrá robado a alguien (en sus infinitas lecturas, ciertas o inventadas, todo es posible). La opinión mayoritaria es que el poeta nicaragüense Rubén Darío liberó la lengua española, con una poética que superaba a la de segundo orden que ofrecía el romanticismo.

Es opinión mayoritaria que Rubén Darío colocó a la lengua española en otro lugar, la tensionó al extremo en el sitio en donde todo idioma potencia su sentido: la poesía.

La historia es conocida. En 1888, cuando tenía 21 años, publicó ‘Azul’. Luego vinieron otros volúmenes: ‘Prosas profanas y otros poemas’ (1896), ‘Los raros’ (1896), ‘Cantos de vida y esperanza: Los cisnes y otros poemas’ (1905), etc.

Un poeta latinoamericano conquistaba a la España arruinada moralmente por la pérdida de sus últimas colonias. Y se volvió una figura aglutinadora de la Generación del 98, sobre todo en Ramón del Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y, en alguna medida, Antonio Machado, con la fortuna de que ellos supieron dar un paso más allá del que habían dado de la mano del nicaragüense.

Ese es, por ejemplo, uno de los debates: Rubén Darío y el hispanismo. Mucho se ha hablado y se ha cuestionado sobre un aparente intento de los hispanistas de apropiarse del poeta. Es una tarea inútil e innecesaria, por cierto.

Es verdad que España fue una de sus preocupaciones y él fue una preocupación para los españoles. Y resulta interesante, en este 2017, leer la crónica que escribió para el diario La Nación de Buenos Aires sobre Barcelona. En medio de la desolación nacional, veía en Cataluña una fuerza pujante para el país en crisis, además de destacar las serias intenciones separatistas de sus pobladores.

¿Por qué leer ahora a Rubén Darío al cabo de 101 años de su fallecimiento? Quizá la mejor respuesta sea porque inició una tradición. No para encontrar fórmulas, sino simplemente porque abrió las puertas para que los grandes poetas de la región recibieran su impulso inicial y luego lo superaran. Cabe pensar en Pablo Neruda y César Vallejo, incluso en Jorge Carrera Andrade. Sus primeros poemas, de adolescencia y primera juventud, tuvieron alguna reminiscencia del modernismo, la escuela poética que inició Darío.

Si algo le debemos a los modernistas es la inauguración en estas tierras de la conciencia del sujeto poético. No solo se pensó en lo que se ha denominado la poética, en una búsqueda incesante de la forma-contenido del texto, en el arte poético, sino en el ejecutor de la poesía y su ser en la sociedad. Es el poeta a secas. El poeta exclusivo. Es el poeta crítico de la modernidad, de la burguesía antipoética. Es el poeta obrero -¿se puede decir eso con el espíritu aristocrático con que se atormentaban algunos modernistas?
De cualquier modo, se conocen al menos 500 páginas escritas previas a ‘Azul’, con “todas las formas métricas, todos los estilos y todos los vocabularios empleados por la poesía castellana desde sus orígenes hasta 1885. No se sabe de ningún otro poeta en ningún idioma que haya tenido un (auto)entrenamiento semejante”, escribió en 1999 José Emilio Pacheco y que el año pasado publicó la Real Academia de la Lengua en la edición conmemorativa por el centenario del fallecimiento de Darío.

Otro aspecto interesante es la permanencia de los modernistas en la memoria colectiva. Varios de sus versos pueden ser conocidos e incluso reconocidos por aquellos que no leen poesía de manera regular o ni siquiera la leen. Seguramente todos han escuchado alguna vez en su vida “La princesa está triste… ¿qué tendrá la princesa?” o “Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!” y sin duda alguna: “Juventud, divino tesoro, /¡ya te vas para no volver! / Cuando quiero llorar, no lloro... /y a veces lloro sin querer...”.

Es algo que nos ocurre a los ecuatorianos con nuestro tardío modernismo. Los decapitados permanecen, con una memoria algo alterada, por sus vidas y sus textos. Muy probablemente, los versos de Emoción Vesperal, de Ernesto Noboa y Caamaño (“Hay tardes en las que uno desearía/ embarcarse y partir sin rumbo cierto”) o Aniversario, de Medardo Ángel Silva (“Hoy cumpliré veinte años: amargura sin nombre/ de dejar de ser niño y de empezar ser hombre,/ de razonar con Lógica y proceder según/ los Sanchos profesores de Sentido Común”) se repitan por varias generaciones más.

Fue un hombre de su tiempo. Con un conocimiento de la tradición poética española, trajo la sonoridad francesa y la combinó con la castellana. No son pocos los estudios sobre su métrica, de los versos alejandrinos, y su innovación definitiva de los acentos, según escribió en 1905 el crítico Pedro Henríquez Ureña.

Con esa variación vio también lo que ningún otro en su tiempo: el surgimiento de los Estados Unidos intervencionistas en la región. “Ellos tenían a Edison, inventor de casi todo lo moderno. Nosotros no teníamos nada”, dice Pacheco.

Su afrancesamiento, sin embargo, que es su virtud, también su defecto, tanto para los lectores de su época, luego los vanguardistas y muchos poetas de medio siglo, cuanto menos. Uno de sus contemporáneos que más lo criticó fue Leopoldo Alas, Clarín, quien había dicho que “es mucho más cursi que decidor (...) No tiene en la cabeza más que una indigestión cerebral de lecturas francesas y el prurito de imitar en español ciertos desvaríos de los poetas franceses de tercer orden que quieren hacerse inmortales persignándose por los pies y otras dislocaciones”.

No es tanto que tuviera en el horizonte a Francia, sino que ni siquiera tuvo como referentes a los grandes poetas, como Rimbaud, a quien no lo mencionó jamás, pero sí al romántico Víctor Hugo, al simbolista Paul Verlaine y al parnasiano Théophile Gautier (uno se preguntaría si son de tercer orden).

No menos crudo -y por razones hegemónicas- fue Luis Cernuda, quizás el mayor poeta de la generación del 27 por detrás de Federico García Lorca, quien por cierto sí admiró al nicaragüense. Cernuda, en su ensayo ‘Experimento en Rubén Darío’ (1959) advierte que lo que menos habrá en el poeta es posteridad. “Reina, pero no gobierna”, escribió. Y se quejaba de que su “mal gusto le llevara hacia los poetas de menos valor, que eran además los más perjudiciales para él, dada su inclinación nativa a la pompa hueca y la ornamentación inútil”.

Con estas advertencias y la admiración de otros, cabe repetir la pregunta: ¿Por qué leer a Darío? Y la respuesta sería: ¿y por qué no? Nada más interesante que un poeta que nunca dejó de ser polémico.

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