19 de julio de 2014 00:00

El gran cosmopolita; los viajes de Rubén Darío

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Pedro Peña, El País, Uruguay 
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Rubén Darío (Nicaragua, 1867-1916) fue el poeta del modernismo y un viajero consumado entre América y Europa.

Una excelente edición de sus escritos de viaje (‘Viajes de un cosmopolita extremo’) recoge textos aparecidos en revistas y publicaciones de varios países: La Nación de Buenos Aires, España Contemporánea de Madrid, El Heraldo de Valparaíso y La Razón de Montevideo, entre otros.El libro se divide en cuatro partes: Geopolítica y Cultura, Archivo y Experiencia, Espectáculos y Final. Rubén Darío es un observador atípico, un voyeur culto y con conciencia de clase.

Aunque su espíritu es revolucionario, le molestan las cosas fuera de lugar y genera explicaciones que cuadren con el deber ser. En sus apuntes sobre el lazareto de la Isla Martín García, por ejemplo, se detiene en varias oportunidades para demarcar los límites entre la primera clase y la tercera.

Y esa diferencia abismal ante sus ojos no le genera ninguna incomodidad. Algo similar ocurre con su opinión sobre el papel de la mujer española. Si bien exalta el carácter femenino, anticipa su rebeldía y propone una relación más justa entre hombres y mujeres, el lenguaje y el pensamiento que se adivinan tras él dicen otra cosa.

Otros textos, como la crónica ‘En Barcelona’ (1901), parecen actuales: “He recibido la visita de un catedrático de la universidad, persona eminente y de sabiduría y consejo; he hablado con ricos industriales, con artistas y obreros.

Pues os digo que en todos está el mismo convencimiento, que tratan de sí mismos como en casa y hogar aparte, que en el cuerpo de España constituyen una individualidad que pugna por desasirse del organismo al que pertenecen, por creerse sangre y elemento distinto en ese organismo, y quien con palabras doctas, quien con el idioma convincente de los números, quien violento y con una argumentación de dinamita, se encuentran en el punto en que se va a la proclamación de la unidad, independencia y soberanía de Cataluña, no ya en España sino fuera de España”.

Y lo mismo sucede con ‘En Madrid’: “No está por cierto España para literaturas, amputada, doliente, vencida; pero los políticos del día parece que para nada se diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus energías en chicanas interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos parciales de partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar el remedio al daño general, a las heridas en carne de la nación”.

El libro en su conjunto es un testimonio de la modernidad y uno de los aspectos salientes del nuevo estilo de vida: el viaje. Darío se dirige hacia un destinatario que presume cercano, aunque esté del otro lado del océano.

Por eso el texto final, escrito durante su estadía en el French Hospital de Nueva York, transmite una singular tristeza. Es un Darío enfermo y solo, alejado del mundo que conoce y de todo lo que anteriormente ha relatado. Un desconocido en medio de una ciudad nevada, atendido por enfermeras que no saben hablar francés pero lo intentan para él. Un cierre circular perfecto entre aquel texto inicial del lazareto y este sobre un hospital del norte: el que observaba, ahora padece.

El prólogo de la edición a cargo de Graciela Montaldo resulta imprescindible. Permite ordenar los viajes y visualizar la evolución de la escritura de Darío a través de los años.

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