22 de febrero de 2017 00:00

Rodríguez Castelo, un adiós al erudito de las letras ecuatorianas

Hernán Rodríguez Castelo durante un recorrido,  en 2015, a la AEL. Foto: Archivo/EL COMERCIO

Hernán Rodríguez Castelo durante un recorrido, en 2015, a la AEL. Foto: Archivo/EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (I)
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Un erudito. Esa la palabra que calza perfecto para definir el vasto trabajo intelectual y académico de Hernán Rodríguez Castelo, quien falleció este lunes 20 de febrero en su casa ubicada en Alangasí.

Dentro del trabajo de Rodríguez Castelo se incluyen investigaciones, ensayos y tratados sobre literatura, crítica literaria, historia, crítica de arte y lingüística. Uno de sus trabajos más conocidos son los 100 tomos que prologó para la Biblioteca de Autores Ecuatorianos de Clásicos Ariel.

Susana Cordero de Espinosa, actual directora de la Academia Ecuatoriana de la Lengua -de la que Rodríguez Castelo fue miembro desde 1975-, sostiene que su muerte es una pérdida inmensa para el país por el aporte singular que hizo a la literatura ecuatoriana.

“Con Rodríguez Castelo se cometió una injusticia terrible en el país porque nunca se le entregó el Premio Nacional Eugenio Espejo. Si alguien se lo merecía era él. Yo lo pondría a la altura de Benjamín Carrión”, dice Cordero.

Uno de sus últimos trabajos se enfocó en la vida de Gabriel García Moreno. Después de una profunda investigación publicó un libro de más de 1 000 páginas que incluyó una vasta documentación sobre la vida del expresidente.

Para el catedrático Fernando Balseca los aportes de Rodríguez Castelo, en el ámbito de la cultura, tienen que ver con la intención de dar una explicación profunda de los acontecimientos literarios ligados a contextos culturales, sociales y políticos. “Fue polígrafo como esos grandes intelectuales del siglo XIX que escribían novela, ensayo, que hacían crítica literaria, que escribían estudios de la cultura y biografías de personajes políticos. Abarcó todos los géneros”.

Dentro de sus aportes en la crítica literaria, Balseca destaca que Rodríguez Castelo fue uno de los que actualizó la teoría de las generaciones que permitió, durante unos años, la comprensión del proceso literario ecuatoriano. “Una teoría que en la actualidad ha sido superada -dice-, pero que en la década de los ochenta facilitó la comprensión de los modos en los que un autor local tenía que ser entendido.”

Rodríguez Castelo ayudó a ordenar la historia de la literatura ecuatoriana a través de estudios como ‘Literatura en la Audiencia de Quito. El siglo XVII’, publicada por el Banco Central, 1980; y también a conocer el panorama de las artes ecuatorianas. Una de sus obras más emblemáticas es el ‘Diccionario crítico de artistas plásticos ecuatorianos del siglo XX’, publicado por la Casa de la Cultura en 1992.

Julio Pazos, su compañero en la Academia Ecuatoriana de la Lengua, destaca su enorme capacidad de investigación, sobre todo, en la literatura y en las artes plásticas. En este último resaltó sus biografías sobre artistas ecuatorianos.

“Destaco la dedicación absoluta que Rodríguez Castelo al patrimonio artístico y literario. Los libros que él ha escrito son un valioso material de consulta para los interesados en estos temas”, dice Pazos.

Entre los estudios que escribió sobre artes plásticas resaltan las monografías sobre Nelson Román, Miguel Betancourt, Luis Moscoso, Leonardo Tejada y Jorge Chalco.

Rodríguez Castelo también fue miembro de número de la Real Academia Española de Historia. Una de sus investigaciones más minuciosas en esta área es ‘Historia general y crítica de la literatura ecuatoriana’, publicada en 2002 y ‘Literatura en la Audiencia de Quito. Siglo XVIII’ (una publicación con más de 1 600 páginas). Este libro recibió el premio Mejía Lequerica a la mejor obra de historia de ese año.

Este erudito también incursionó en la literatura infantil con libros como ‘El fantasmita de las gafas verdes’, un clásico para los niños de la generación de finales de los setenta.

Su gusto por las caminatas se mantuvo hasta el último día de vida en el que subió al Ilaló, una montaña que visitaba todas las semanas.

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