2 de octubre de 2016 00:00

Richard Ford: Matrimonio, mentiras y verdad 

El Día de la Independencia, una de sus obras más famosas, recibió en 1996 los premios Pulitzer y Faulkner.

El Día de la Independencia, una de sus obras más famosas, recibió en 1996 los premios Pulitzer y Faulkner.

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Juan Carlos Moya

¿Es posible que una mujer haga el amor con su amante y, a continuación, suba a Facebook fotografías abrazando a su esposo?

¿Es posible que un hombre simule acudir a un seminario de negocios fuera del país para escapar de casa a un ‘trip sexual’ con su joven compa­ñera de oficina?
¿Es posible que un esposo mantenga la ilusión de poseer un hogar feliz, gracias a que no se ha enterado de que su pareja se acostó con otro? 
Quizá. 


La mentira es para el escritor Richard Ford esa rata que se ­esconde debajo de la cama de los cobardes y que va lenta­mente corroyendo algo más que el amor: la dignidad propia. 
Ciertamente, en sus libros las relaciones matrimoniales se inclinan hacia el adulterio, pero los personajes de sus historias -en un punto del camino- logran vencer el miedo, y por amor (a sí mismos) se abrazan finalmente a la verdad.
El escritor estadounidense (nacido en 1944 en Jackson, Misisipi) este año mereció el Premio Princesa de Asturias. Y es un firme candidato al ­Premio Nobel.


No es noticia que un matrimonio sea susceptible a esconder un secreto oscuro, un pasado oprobioso. El adulterio es conducta vieja y consuetudinaria entre los humanos.
En el siglo XIX, Delphine Delamare tuvo el infortunio de casarse con un provinciano médico francés. El pobre era lapidariamente aburrido, de cuerpo fofo y proclive a la grasa, conservador y sin brillo. Claro que complacía los caprichos de Delphine, pero carecía de algo que a ella la enloquecía: no era seductor ni poseía atractivo sexual.

Fue entonces cuando Delphine halló un amante pleno de detalles salvajes, cautivantes, que azuzaban su libido y su intelecto. Porque si algo conquistaba a esta señora francesa era un diálogo inteligente y chispeante. Y luego, en la cama, una in­timidad imaginativa y rebosante de erotismo. Era sabido que el esposo cornudo espiaba secretamente a su mujer. Un día descubrió sus andanzas. Delphine no soportó el suceso y se suicidó. Gustave Flaubert, vecino de la mujer, recogió esta historia (y detalles de otras) y escribió la célebre novela ‘Madame Bobary’.
Cada escritor, en su tiempo, ha sabido contar las desventuras del amor imponiendo su firma.

En el caso de Flaubert (padre tutelar de Ford) es evidente la importancia de la tragedia. Su fórmula sería (me atrevo): matrimonio + infidelidad + indignidad = tragedia (muerte).
Por otra parte, es pertinente citar el nombre del escritor Raymond Carver, contemporáneo y otro referente de Ford, quien también hizo de la imperfección de los lazos sentimentales su motivo eje.
Carver escribe ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor a principios de los ochentas’.

El éxito de sus historias es inmediato. Me aventuro a borronear su fórmula: 
matrimonio + infidelidad + desesperanza = caída (derrumbe existencial).
Richard Ford da una vuelta de tuerca a estas conocidas cadenas de acontecimientos. Introduce un acto de voluntad, que lo cambia todo: declarar la verdad, ser verdadero.
La fórmula Ford rezaría así (me excuso por tal reduccionismo): matrimonio + infidelidad + verdad = caos. Luego, liberación/renacimiento.
De tal modo, decir la verdad es llegar hasta las últimas consecuencias vitales (y narrativas) de los personajes. Ford se encarga de que ellos se muestren verdaderos/valientes: no callan, no se dan tregua ni escondite, optan por la libertad de sus cuerpos, emociones, deciden saltar del bote que se hunde, abandonar un matrimonio poco excitante; asumen su vida como preciosa y no temen volver a empezar. 


En el relato ‘El mujeriego’, Bárbara presiente que su marido ya no está con ella, está muy lejos, en otra parte de su mente. Y a pesar de que cualquier otra pareja seguiría remando, pues tampoco es para tanto, Bárbara decide poner punto final. Dice adiós, y con esta verdad logra desatar la vida para ambos. Lo que viene a continuación no es mejor (de hecho, nada es mejor o peor, nadie ­fracasa tanto o triunfa tanto), se sucede simplemente otra vida, los senderos se bifurcan y a cada uno de los personajes de esta historia les suceden otras experiencias. 
Y eso bastaría para sentirse agradecido. Pues el matrimonio de Bárbara con Austin había llegado a la inmovilidad, a un estado vegetativo de fines de semana con los suegros, con los abuelos, con las tías, con los niños comiendo pastel y chillando.


En ‘Pecados sin cuento’, Richard Ford nos seduce y convence con un narrador honesto, muy cercano y verosímil.
“Esto ocurrió en una época en que mi matrimonio era feliz”, es el inicio del cuento ‘Intimidad’. 
“Mientras iban en su coche a cenar a casa de los Nicholson, Marjorie Reeves le dijo a su marido, Steven Reeves, que había tenido una aventura con George Nicholson (su anfitrión) un año atrás, pero que todo había terminado entre ellos, y esperaba que no se pusiera celoso y lo superara”. Así, coloquial, como si te lo contara a la oreja, empieza el cuento ‘Bajo el radar’.
“Poder decir la verdad es crecer como seres humanos”, parece exponer Richard Ford. Y no lo hace (atención) con un dejo moralista o evangelizador. Este principio, este riesgo conceptual y formal, configura el temperamento de sus obras.

Por ello, sus lectores lo seguimos fielmente, sentimos identificación o rotunda empatía con los personajes de sus libros, como si fueran nuestros vecinos o nuestros espejos.
Frank Bascombe (protagonista de ‘El periodista deportivo’, de ‘El día de la Independencia’ y de ‘Acción de Gracias’) sucumbe cíclicamente a epifanías de sabiduría interior, se franquea hasta herirse, se incendia para volver a caminar. 
Las relaciones amorosas en la obra de Ford descubren, con un ojo contemporáneo, la imperfección cotidiana: celos, infidelidades, nuevos enamoramientos, sexo mediocre. Los personajes que inventa el escritor de Misisipi son humanos intentando salvar sus matrimonios del hastío, procurando que no decaiga la pasión o la admiración. Y aunque la suerte esté echada, Richard Ford propone una sola salida a sus parejas: la verdad en la comunicación. ¿Para qué? Para ser libres. Porque solo así podremos vivir o amar.

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