15 de febrero de 2016 19:09

El rescate de un gato alteró la rutina del centro de Guayaquil

Personal de bomberos trató de rescatar al gato que subió a un árbol de mango. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO.

Personal de Bomberos trató de rescatar al gato que subió a un árbol de mango. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO.

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Elena Paucar

Algunos curiosos lo advirtieron. Miraban acuciosamente la copa de un árbol de la plaza de La Merced, ubicada en pleno centro de Guayaquil.

Un ligero maullido era la señal de un gato de pelaje blanco y manchas negras, que se camuflaba en el follaje verdoso de las ramas más altas. Eran cerca de las 15:00 y pocos minutos después resonó la sirena de un camión del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil.

Dos bomberos, equipados con pesada ropa contra el fuego, llegaron para el rescate. Pero no fue sencillo. Ya antes lo había intentado uno de los limpiadores de la pileta del parque, elevando inútilmente la vara plástica de su red para limpiar piscinas.

El felino, por instinto, subía más y más. Lo hacía tentado por algunos pájaros que revoloteaban a su alrededor. Con el paso de los minutos, y mientras los bomberos estudiaban el plan de rescate, más personas se congregaban alrededor del árbol.

Algunos aportaban ideas para bajarlo a salvo. Otros simplemente apuntaban con sus teléfonos celulares a la rama exacta donde reposaba el mínino, para captar alguna foto que aumente seguidores a sus redes sociales.

Casi una hora después el eco de otra sirena sumó más espectadores. Decenas coparon las veredas aledañas; incluso el tránsito se alteró. Cerca de las 16:00, otro camión del Cuerpo de Bomberos tomó la posta. Se estabilizó junto a la calle Víctor Manuel Rendón y comenzó el ascenso de una escalera hidráulica.

El paso de los peldaños metálicos entre la hojarasca alertó al felino. Abajo, la multitud sufría con cada movimiento de los rescatistas, quienes se estiraban golpeando las ramas para atraerlo.

Pero no lo lograron. El gato empezó a trepar más y más, hasta perder el equilibrio y caer. Entre suspiros y gritos se escuchó su golpe contra el suelo, tras desplomarse de una altura de casi ocho metros.

Pese al impacto, se paró y salió disparado. Cruzó la calle Córdova, en medio de los alaridos de asombro de los entrometidos, y se refugió en el motor de un clásico Mercedes Benz, estacionado frente al edificio del Registro de la Propiedad.
Ahí empezó la búsqueda del dueño del antiguo auto negro. Una rescatista de animales, desesperada y enfurecida por la tragedia, pedía a gritos que abran el capó.

También espantaba a los fisgones que ahora se agolparon alrededor del vehículo para averiguar que había sucedido con el sobreviviente. Algunos, insensibles, hasta hacían crueles bromas, como que al sacarlo del auto lo podrían llevar a un restaurante para incluirlo en el menú o que no le pasaría nada porque todavía le restaban seis vidas más.

“¿Qué quieren ver? -les repetía en tono firme la rescatista-, ¿si le falta una pata o un ojo? Si no van a ayudar no estorben; mejor váyanse”. “Ese pobre animalito está asustado y de paso debe tener varias fracturas. Estamos aquí para llevarlo a un veterinario, para salvarle la vida”, decía una acompañante de la mujer.

Unos 10 minutos después, apareció el dueño del auto. Parsimonioso, pedía explicaciones. Después de buscar las llaves, de abrir una y otra puerta, alzó la compuerta. El gato elevó su mirada, confusa; la rescatista lo agarró de inmediato, lo estrechó contra su pecho y salió rápidamente en busca de un taxi para llevarlo a una clínica, aunque con pocas esperanzas. Un rastro de sangre en la nariz del felino era una mala señal.

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