14 de noviembre de 2015 00:00

La religiosidad y la sensualidad del baile afro

Nadia Piechestein ofrece clases de Orixas en la Casa Bhakti en Urdesa y en el Estudio B. (Córdova 810 y V. M. Rendón).

Nadia Piechestein ofrece clases de Orixas en la Casa Bhakti en Urdesa y en el Estudio B. (Córdova 810 y V. M. Rendón). Foto: EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor (I)
agarcia@elcomercio.com

El cuerpo reproduce los movimientos ondulantes del mar en una de las danzas Orixas (u orisha) en honor a Yemayá, deidad africana que representa al océano, esencia de la maternidad. La bailarina argentina Nadia Piechestein imita con sus brazos los movimientos de las olas, ejecuta con su cuerpo desplazamientos circulares o tira y recoge redes imaginarias.

La danza de Changó es mucho más directa y masculina, a tono con rey del fuego. Se trata de otro de los Orisha de la religión yoruba (originaria de lo que hoy es Nigeria y Benim), unos ángeles guardianes creados por el dios Olodumaré, según la cosmovisión que trajeron los esclavos negros a América.

La danzante ejecuta un solo de movimientos vibrantes del torso y la pelvis con las extremidades moviéndose también hacia atrás y adelante, como en una síntesis y una demostración de virilidad.
Nadia Piechestein, bailarina de danza afroamericana, ofrece desde hace cuatro meses - cuando llegó a la ciudad-, funciones en diferentes espacios culturales de Guayaquil. Desde hace un mes abrió talleres para enseñar danzas de Orixas de la tradición afrobrasileña, inspiradas en los cuatro elementos.

Las clases parten de la meditación y el yoga, con un fuerte trabajo aeróbico en la interpretación de cada personaje hasta una fase de relajación final. “Lo que proponen estas danzas es una interpretación corporal de las energías de estos arquetipos o deidades.

Al bailar, personificás y actuás”, indica la coreógrafa bonaerense, que bailaba flamenco y se enamoró de lo afro desde la primer clase hace ocho años. “Conllevan todo un bagaje cultural. Ofrecen una apertura corporal a movimientos que no se experimentan en otras danzas”.

Por su parte, la venezolana Sofiani Figueroa, maestra de la escuela de tango que lleva su nombre, tiene abierta una convocatoria a un taller de kizomba básico, un baile de salón originario de Angola, a mitad de camino entre la bachata y el tango.

Si las danzas Orixas apelan a la religiosidad afro, el kizomba recurre a su sensualidad. “Tengo 17 años bailando tango. Y el kizomba se me parece mucho en la conexión entre la pareja. Es un baile muy fresco, sabroso, un tango un tanto más suelto, si se quiere, con abrazo, movimientos de caderas y pelvis”, explicó Figueroa, de 34 años, que enseña danza en la ciudad hace un año y medio.

La Escuela de Tango Sofiani Figueroa, que funciona en la Casa Bhakti (Costanera Sur 613 y Las Monjas) de Urdesa, es parte de la plataforma de Kizomba Planet con sedes en Colombia y Venezuela, y busca llevar el género a otros países de la región. “Es un ritmo que en Latinoamérica se conoce muy poco, se puso de moda en Estados Unidos, pero en Europa tiene mucha tradición: llegó por Portugal desde Angola y Cabo Verde”.

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